Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!
Pages Navigation Menu

Mi versión

[…] se sumergía, hedonista, en las novelas. Leía a Dickens con el mismo ánimo que le habría embargado si se hubiera fugado con él.
La palabra heredada, Eudora Welty♫ Christmas time is here

 
 

De la casa que ahora es de mis padres y durante muchos años llamé mía, me traje la colección de Agatha Christie publicada por Editorial Molino que fui comprando con el dinero que me daban los domingos. No lo hice para releerlos sino para recordar, al contemplar sus lomos pulcramente alineados en la librería, aquellos años de mi infancia.

Enid Blyton y Agatha Christie escribieron las primeras novelas que compré. El que mis únicas posesiones fueran libros seguramente indica mis ganas de vivir otras vidas además de la propia, libre y protegida gracias a la imaginación. Me aferraba a las palabras como otros lo hacen a la escalerilla de un carguero, anhelando descubrir una isla inexplorada. Supongo que leer es de cobardes.

Un sábado, con el dinero dispuesto para el libro y la bolsa de pipas saladas de mi primera tarde de fiesta semanal, esperaba impaciente a que abrieran la librería que había debajo de la casa donde vivíamos entonces. Estaba ansiosa por sentarme sobre la alfombra que me transportaría a la campiña inglesa de entreguerras, donde intentaría descubrir al asesino mientras la sal resecaba mis labios hasta el dolor.

Las cinco se acercaban lentamente en el reloj de la cocina y yo, creyendo que podía hacer que el tiempo pasase más deprisa, bajé corriendo las escaleras que me separaban de la calle. Recuerdo muy bien que estaba impaciente y que eso no pareció servir de mucho, porque la tienda seguía cerrada, tal y como mi madre me había dicho una y otra vez. “Ten paciencia” es probablemente la frase que más me han repetido en la vida (y siguen repitiéndome), con razón, porque me falta.

Bajé demasiado pronto como digo y al regreso subí atropelladamente, hasta que resbalé y mi frente fue a dar contra el bordillo de uno de los escalones. Me dolió menos que encontrarme cerrada la papelería, pero pensé que quizás me había manchado la cara e intenté limpiármela con el borde de la bata de cuadritos que llevaba puesta para estar por casa y que se convirtió de inmediato en un manto de sangre. Me asusté. Mi madre me había dicho muchas veces que esperase, que no eran las cinco, que qué nervio eres, todo lo quieres “para ya”… Además, había cometido el error, me acababa de dar cuenta, de salir con la bata puesta; le había mostrado al mundo el secreto gracias al cual mi vestido siempre estaba limpio. Regresaba humillada, sangrante y culpable de mi estúpida excursión.

Llamé a la puerta y esperé una regañina que nunca llegó. En vez de eso, mi madre se asustó. Luego fuimos a la farmacia para que nos dieran un remedio que cortara la hemorragia sin tener que darme puntos, en un intento por evitar una fea marca de la infancia.

Funcionó y no hubo que coser la brecha, pero afortunadamente me quedó una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha.

Todo adulto que haya tenido una infancia saludable tiene una cicatriz y toda cicatriz que se precie tiene una historia. O dos. Probablemente lo que recuerde mi madre de aquel suceso sea muy distinto. Esta solo es mi versión.


 
Este año es el primero en el que no me apetece huir en Navidad. La ciudad es más real estos días, más triste que otras veces, sí, pero paradójicamente, también más feliz. La felicidad sabe vivir en medio del desastre. Uno puede reconocerse en los conciudadanos que miran los escaparates con prudencia, temerosos de ser engullidos por esta crisis en un ataque de efímera prosperidad que, por fin, nos avergüenza. Mi infancia en un colegio religioso tal vez se halle detrás de la espiritualidad que me apetece vivir estos días. No lo sé. Las luces navideñas se limitan al centro de la ciudad y los que nos movemos en los márgenes esperamos las fiestas sin algarabías, buscando únicamente el calor que compense el frío en el interior de cada uno y, si hay suerte, en el corazón de los que nos aman.

Barcelona parece recuperar una dignidad antigua y olvidada, oscuramente bella.

¡Feliz domingo, socios!

 

Avatar

Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

  • facebook
  • twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *