“La inteligencia –escribió Susan Sontag en sus diarios– no es necesariamente algo bueno, algo que se haya de cultivar o valorar. Es más como una rueda de recambio, necesaria o deseable cuando las cosas se averían. Cuando todo va bien, es mejor ser estúpido…”.

La protagonista de esta novela podría objetar: ¿Y cuándo no están averiadas las cosas? En ese caso ¿de qué sirve la lucidez si no hay mirada que alcance lo suficiente? ¿Cómo puede ayudarnos la inteligencia y la ignorancia? ¿Y qué hay entre una y otra? Algunas de estas preguntas podemos encontrarlas en la historia que Tara Westover cuenta en primera persona sobre el laberinto que fue su vida.

El libro se abre con sendas citas muy reveladoras de Virginia Woolf, sobre la importancia del tiempo para completar las emociones, y de John Dewey, sobre la educación como “una continua reconstrucción de la experiencia”. La narradora se sienta a escribir sobre su vida cuando cumple 29 años “a partir de los ecos y gritos de una memoria fatigada” y se da cuenta de que hay “un fantasma en el relato”. Toda la novela será el diálogo con ese fantasma: las trampas de los recuerdos, las distorsiones de la inteligencia, el desgarro de las emociones, el consuelo de la ignorancia, los huecos de las palabras.

La educación como reconstrucción de la experiencia es el camino que la narradora inicia para liberarse de una existencia que no puede ser más destructiva: tres accidentes de coche antes de cumplir los 16, un hermano que la maltrata, una madre que la ignora, un padre fanático que la tiraniza, todos completamente chiflados. Si finalmente la protagonista logra encontrar la salida del laberinto es algo que deberá descubrir el lector. Aquí podemos decir que el combate con el fantasma se libra en el interior del relato y con las armas del relato, es decir, con las palabras: las que conocemos, las que nombran la realidad, las que imaginan lo que todavía no existe, las que hacen daño, las que no comprendemos, las que nos atrevemos a utilizar.

Somos lo que pensamos del pasado, pero también lo que el pasado piensa de nosotros. El de la protagonista es un pozo de resentimiento, vergüenza y culpa que envenena el presente. Al principio, todo es puro fingimiento, formas diferentes de autoengaño que le ayudan a soportar el dolor al precio de eludir la realidad de su personalidad. La ignorancia le salva de la destrucción. El lector asiste a una serie de catastróficas desdichas, algunas de ellas de una violencia y humillación tal que solo son soportables por la ligera objetivación de un narrador que cuenta desde la distancia temporal de un final que solo ella conoce.

El relato de la memoria se percibe como un desgarro. En varias ocasiones ella dice que no tiene las palabras para nombrar lo que le pasa y lo que siente. Y a falta de palabras propias, no le queda más remedio que utilizar palabras heredadas:

“Creí –y una parte de mí siempre lo creerá– que las palabras de mi padre debían ser mías”.

El poder de la palabra nos sujeta a la vida y a lo real. Sin las palabras se cae en el vacío. Por eso, antes de disponer del vocabulario, ella prefiere el engaño o la negación. En su diario, las palabras, aunque sean mentira, la protegen. La imposibilidad de contar es el obstáculo de su libertad porque al ser incapaz de nombrar la verdad la sustituye por un mito que obstruye su autoconocimiento.

Hasta que encuentra una llave que la hará avanzar en el laberinto para acercarse a la persona que puede llegar a ser y que, como le dicen cuando llega a la universidad, pueda convertirse en quien siempre ha sido, la que fue en el pasado cuando este ya no se imponga como un tirano. Esa llave es también la palabra, la que nace de la inteligencia y la ignorancia, de la imaginación y de la fe. De la valentía para tachar y reescribir, de la humildad para aceptar la incertidumbre, del aprendizaje de la duda. La narradora la llama educación y lo expresa con lúcida y sensible sencillez:

“La paciencia para leer lo que aún no entendía”.

Hay mucho más en este libro. Como pasa con las mejores novelas, cada lector descubrirá cosas diferentes. El libro que cada uno lea no será el mismo porque el relato desprende tanta desesperada sinceridad (como si estuviera escrito por una necesidad vital) que nos encara con nuestra propia experiencia sobre aquello que a cada cual más lo define.

  • Título: Una educación
  • Autor: Tara Westover
  • Traductora: Antonia Martín
  • Editorial: Lumen. Año: 2018

IMAGEN DEL POST: Natalia Arroyas. Instagram: @nataliabyart