Al comenzar esta novela se puede tener la impresión de que esta historia ya ha sido contada muchas veces. Una mujer que se rebela contra los convencionalismos de su época, que en este caso es la hipócrita, represora, machista, mediocre y materialista sociedad burguesa de finales del siglo XIX. ¿Por qué leerla otra vez? La respuesta está donde siempre cuando se trata de arte: en la verdad que desprende la mirada sincera y valiente con la que se atrapa un trocito de vida, en un lugar concreto, con el afán de comprender lo que nos pasa a todos. 

Kate Chopin no necesita muchas páginas para envolvernos en su mundo y hacernos cómplices del destino de su heroína. Supongo que a cada lector lo seducirá por motivos diferentes (se suele destacar su atrevimiento feminista). A mí lo hizo por la atmósfera mágica, romántica y sensual de los escenarios donde se desarrolla la acción. En el primer capítulo encontramos a la joven protagonista, Edna, en un complejo de veraneo en la bahía de Jefferson (Luisiana) a través de los ojos de su marido, un hombre de negocios que en cuanto se acabe el verano desaparecerá del mapa para seguir de cerca sus inversiones en Wall Street: 

“Fijó la vista en una sombrilla, que avanzaba a paso de tortuga desde la playa. Podía distinguirla claramente entre los descarnados troncos de los robles de Virginia y los tramos amarillos de manzanilla. El golfo se veía a lo lejos, confundido con el azul del horizonte. La sombrilla continuaba aproximándose lentamente. Bajo el cobijo forrado de rosa venían su mujer, la señora Pontellier, y el joven Robert Lebrun. Cuando alcanzaron el cotagge, ambos se sentaron con aspecto cansado en el escalón superior del porche, frente a frente, recostado cada uno contra una columna”. 

A él le preocupa que se haya quemado por el sol y la observa “como se mira una valiosa propiedad que ha sufrido algún daño”. Ella le tiende la mano para que le devuelva los anillos que le guardó mientras se bañaba y él los deja caer en la palma abierta. “Ella los deslizó en sus manos; después, agarrándose las rodillas, miró a Robert y se echó a reír. Los anillos destellaban en sus dedos”.

El verano, que ocupa el primer tercio de la novela, discurrirá entre baños, paseos por la playa, té en el porche, excursiones en bote de remos, veladas nocturnas, conversaciones. Apenas pasará nada y, sin embargo, en cada detalle parece estar gestándose todo lo que ocurrirá después. Las grandes transformaciones llegan de forma repentina, pero, cuando lo hacen, se puede apreciar en ellas cada uno de los indicios que no se ven en su momento. Como lectores podemos sentir cómo vibra cada fibra del ser de la protagonista. También la seguimos en su desconcierto:

“Su mente vagabundeó, pensando en su estancia en Grand Isle, e intentó descubrir en qué había sido este verano diferente a todos y cada uno de los veranos de su vida. Solo podía darse cuenta de que ella, su actual yo, era de algún modo distinto de su yo anterior”. 

Todavía no sospecha qué significa que por primera vez sus pensamientos y sus emociones adquirirán voz propia. El interior de Edna permanece todavía adormilado y velado para el lector, como envuelto en las fragancias embriagadoras del verano. Pero la hemos visto ya en el agua, aprendiendo a nadar.  

En el resto de la novela nos trasladamos a Nueva Orleans, a la casa señorial del matrimonio, blanca, con columnas en el porche, celosías verdes y patio floreado, a los jardines frondosos, las cenas con vestidos de satén, los paseos al anochecer por las calles envueltas en el olor de lo jazmines. Allí, en la soledad de su casa, en los refugios que encuentra en rincones apartados de la ciudad, y en la compañía de unos cuantos personajes secundarios que le sirven de confidentes, Edna deberá descubrir qué hay de verdad y de mentira en las señales de su despertar y, sobre todo, de qué debe despertar y hacia qué. Siguiendo los pasos de Edna atravesamos un mundo sensorial, pleno de sugerencias, en el que cada detalle, cada objeto, parece ir velando y desvelando su sueño y su despertar, entre las promesas del verano y la amenaza de la soledad.

“Siento como si me hubieran tensado demasiado fuerte y algo hubiese estallado dentro dentro de mí”. 

Hay una escena cerca del final en la que se describe un jardín en las afueras, un rincón con mesas verdes bajo los naranjos, un lugar oculto en el que ella se refugia durante sus paseos para sentarse con un libro y tomar café, con una gata como única compañía. En esa sencilla soledad imaginamos un momento de paz y serenidad, donde las turbulencias de las pasiones encuentran un amago de comprensión, cuando el ansia de vivir parece ajustarse con naturalidad a la realidad y el destino parece que va a ceder ante los sueños. 

A Edna no la domina el capricho, no se ve arrastrada por una pasión, no escapa sin rumbo, sino que despierta a una vida más libre. Siempre hay un momento así en la existencia, cuando palpita en nosotros la fuerza de la vida. Su historia muestra la maravilla del despertar hacia la vida plena, el desafío de la autoafirmación, pero también advierte de sus peligros. Nos desplegamos hacia el sol embriagados por la fuerza del viento y el vértigo de la distancia, y olvidamos que tenemos las alas rotas y entonces…

“Es un triste espectáculo ver a los débiles, magullados y agotados cómo aletean de vuelta a la tierra”.

  • Título: El despertar
  • Autor: Kate Chopin (USA, 1850-1904)
  • Traductor: Olivia de Miguel
  • Editorial: Alba. Año: 2011

Imagen: Invierno (R. A. 2020)