La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

Julio Cortázar, Rayuela

♫ Just A Little Lovin’

 
 
 

Yo sabía que hoy me dolería la cabeza. He pasado la noche en una especie de duermevela, despidiéndome de alguien que, aunque vuelva, ya nunca ocupará el lugar que era suyo por derecho. Seremos distintos y como la bondad se pierde con la erosión de los días, seremos también irremediablemente peores. Adaptaremos el pasado, para que cuadre con los presentes que nos están esperando. Pero tal vez un día, dentro de mucho tiempo, más por curiosidad que por nostalgia, removamos entre los recuerdos de estos años buscando ternura. Y esperanza.

Yo ya sabía que hoy me dolería la cabeza. También sabía que todo es mentira. Lo sé desde el fatídico día en el que me enteré de que el beso frente al Hôtel de Ville era fingido. […]

Y ahí estoy, en ese punto se ha quedado un cuento que tengo emborronado en la cabeza, todavía sin ordenar. Hay historias que uno nunca las entiende hasta mucho después de que se acaben, como en la vida.

Me paré ahí porque de repente vi el working title de la recopilación de cuentos que llevo un tiempo preparando y que acabará probablemente convertida en un ejemplar autoeditado encima de mi mesa. Ahora puedo nombrarlo y para mí eso es importante. Nada es real hasta que no se nombra. El caso es que me detuve, contenta con el descubrimiento y porque ese triste párrafo se había llevado buena parte de la mañana y yo quería volver a la novela que estoy ahora leyendo. Va a ser difícil regresar a mi cuento, porque no hay como leer a un buen escritor para ver las propias limitaciones. Si quiero terminar alguna historia voy a tener que cambiar de gustos literarios.

Ando ahora con “El hombre que amaba a los perros” de Leonardo Padura, un escritor que yo no conocía hasta hace poco, cuando me lo recomendaron y busqué información y referencias. Dudaba porque conozco la trama de antemano y cuenta unos sucesos de los que nunca me ha apetecido saber más. Trata de espías, de gente traicionera, de fingidores. En general no me gustan las biografías ni los libros de historia novelada, sin embargo Padura ha escrito algo diferente. No dejo de consultar Internet en busca del dato, ni a J. en busca de la interpretación. Eso me obliga a retomar la lectura lenta que tanto me gusta y a la que tenía un poco olvidada, tras el atracón de novela negra que me he dado las últimas semanas y del cual me quedo sin dudarlo con Ohlsson y sus Elegidas.

El caso es que tengo working title, una novela magnífica entre las manos y una larga tarde de fiesta por delante…

(Y un dolor de cabeza importante. No, no todo es mentira).


Un amigo mío se acaba de pasar a Mac y con la fe del converso todavía impoluta, me llamó el jueves solo para contarme lo listo que es y como ha sido abrir la caja y ponerse el cacharro a funcionar casi solo. Yo hace tiempo que utilizo casi todo lo que Apple saca al mercado, pero nunca he sido mujer de fe, así que para tomarle el pelo le pregunto cómo es que a ellos les proporciona encantado los datos que tanto se queja de haberle dado a Google. Al principio se sorprendió, porque casi sin sentir le había entregado su dirección, su número de teléfono y hasta los datos de su tarjeta de crédito, según la máquina se los había ido pidiendo («y gracias a que no me pidió más, que en ese momento también se lo hubiese dado») aturdido como estaba ante el asombro de que baste con darle al botón (aunque primero hubo que encontrarlo, claro; para eso también me llamó) para que el engendro se pusiera en marcha.

Mi amigo es hombre y como a él le gusta decir, venera la belleza. Eso le ha causado más de un disgusto, pero en este caso, parece que tiene asegurado que la belleza le sea fiel y no se reconfigure a la medida del primero que le ponga unos drivers. “Por si acaso no se lo dejaré tocar a nadie” me dice, receloso tras mis preguntas. “¿Tú el tuyo lo tienes protegido?”. Con contraseña de 8 dígitos, de letras, símbolos y runas célticas, le contesto. ¡No lo toca ni Dios! “Pues entonces yo lo mismo. Anda, sé buena y dime qué contraseña le pongo.”

Pues eso…

¡Feliz domingo, socios!

 

La foto es de Amanda, la bella sirena.