La jirafa coqueta

[…] Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

Jorge Luis Borges, fragmento de «El instante»

♫ I Must Have Left My Heart

 

Ya ha transcurrido un mes desde que me alejé de este blog, que aprovechó mi ausencia para cumplir 6 años en una especie de silencio cómplice.

Han sido días de trabajo precioso y antiguo, pero también de cine. He visto “En la casa”, una película sobre la fascinación de las historias y sobre lo que estamos dispuestos a hacer los que somos víctimas de ella, para que el otro no se detenga y nos siga contando. También disfruté con la visión de unos tristes delincuentes escoceses a quienes el whisky consigue redimir en un último intento de alcanzar la prosperidad y que te hace reflexionar sobre la porción de ingenuidad que perdemos en el camino hacia nuestros objetivos, que en la película viene a ser es algo así como el tributo que se cobran los ángeles, cada vez que le ganamos al mundo la partida.

Este mes el azar ha hecho que ma soeur Thérèse y yo alarguemos el paseo cinematográfico, que ahora nos lleva a un pequeño local lleno de pasteles de colores, que parecen fabricados por duendes (aunque nunca serán como los que hace la dulce Luisa). Allí vamos después de comer la pasta fresca que nos sirve un simpático italiano con pinta de caballero austro-húngaro. Tenemos pendiente añadir el gintonic after work a nuestra ruta, ahora que empieza a oscurecer tan pronto.

He pasado también estos días lejos del Club empezando y acabando lecturas salteadas del volumen de cuentos dublineses que compré pasado el verano. Ayer me dio la noche con “El diablo que nos habita”, una historia sobre las pequeñas y crueles mezquindades que los Don Nadie de la tierra descargan sobre los que creen débiles, para saciar su ansia de sentirse poderosos. En este caso la víctima era nada menos que Maeve Brennan y, claro está, al cabo de los años escribió un cuento asombroso con el que se convierte en ganadora de aquella batalla, pero que demuestra lo mucho que entonces le dolió.

He alternado ese libro con La muerte del corazón de Elizabeth Bowen, una novela soberbia editada por Impedimenta, de una escritora que quiero volver a leer, aunque solo he encontrado traducidos un par más de libros suyos.

Estos días he esperado al atardecer, en una especie de intermezzo necesario entre la tesis y la noche, para procurarme la desconexión física que supone levantarme de la silla (me regalaron por fin, en un acto imprevisto que sin embargo debí prever conociendo a mis padres como los conozco, el asiento de cuero bruñido y acero volador que anhelaba) y tumbarme en el diván a leer historias. Leo lento y eso me gusta.

Pero lo más importante, sin duda ninguna, es que alguien muy esperado ha llamado por fin a nuestra puerta y trae la magia de la felicidad entre sus dedos diminutos. Crecerá e irá perdiendo poco a poco la inocencia que atesora, pero ahora es una especie de milagro que encierra en su pequeño ser la fuerza de todas las promesas.

Han sido días de disfrutar el presente, borgianamente tenue, eterno y, a veces, afortunadamente fugaz.


 

Yo sé que lo hago todo a destiempo y desconozco adonde me van a llevar esas ganas de hacer las cosas a mi modo, pero hace unos días envié por fin el primer borrador de la tesis doctoral y siento que me hallo un poco más cerca del objetivo que me marqué hace unos años. La gente de mi alrededor se sorprende porque pensaba que ya lo había olvidado, pero soy memoriosa, como Funes y no abandono mis sueños así como así.

Este mes me he refugiado en la rutina, porque para redactar un texto de más de 100 páginas y que no parezca que cada una de ellas está escrita por un autor diferente, hay que ser constante y mantenerse centrado en el asunto. Ocurre además que la escritura de la memoria de tesis implica revisar todo lo que se ha hecho hasta ese momento, a sabiendas de que acabará en la papelera. Sin que al parecer ninguna de estas dos acciones, releer y escribirlo todo de nuevo, sea evitable.

El caso es que regreso por fin, a la espera de unas correcciones que si son voluminosas me volverán a enterrar en la sombra, pero que hasta que no lleguen prefiero imaginar livianas.

Y me alegra estar otra vez aquí, con vosotros, como entonces pero con 6 años más.

¡Feliz domingo, socios!