Vronsky. FC (2011)
Easy come, easy go. Diana Krall

Por las noches 
en sueños
más de un amigo muerto 
resucita
al despertar
me pregunto
si ellos también
me han soñado.

Ayer, al final de la tarde, me detuve de pronto. No podía seguir. Fue como esos relojes que funcionan con precisión suiza, hasta que de repente se paran, como si las pilas se agotasen de golpe, como si no se fuesen descargando poco a poco.
Se me acabó la energía y recordé que llevo muchos días durmiendo poco y despertándome ya con prisa, deseando comerme las horas, acabando, puliendo, revisando una y otra vez, sin ser capaz de detenerme en ese ansia por mejorarlo todo un poco más… hasta llegar a ese punto en el que notas que te mueves en círculos y debes parar.
El caso es que decidí no pensar y ver un capítulo de una de esas series donde salen policías que te lo van explicando todo mientras tú ves lo que pasa, como si fueses incapaz de deducir por ti mismo o ellos no supiesen contar con imágenes, que es lo que corresponde al medio y tuviesen que robarle las palabras a la literatura. El caso es que ni siquiera acabé de ver la primera escena y me he despertado de madrugada, pensando que no había escrito todavía nada aquí y recordando el último sueño de esta noche. Extraño y melancólico. Con ese leve toque de dulzura que encierra todo lo que nos sirve para encontrar nuestro lugar en el mundo.
Estaba en una estación, aunque para ser precisos debería decir que estaba en el escenario de una novela antigua, porque había un tren oscuro que exhalaba humo blanco y espeso, creando un ambiente lleno de algo que parecía niebla, pero que no era más que una bruma cálida y un poco maloliente. Fuera de la estación debía hacer mucho frío, porque todo el mundo iba abrigado y con sombrero. Luego ha sido como si saliese de mí y nos he visto a los dos, de espaldas, la suya mezclándose rauda entre el gentío, casi alineados bajo la bóveda de hierro. Ninguno de los dos arrastraba una maleta. Él andaba con decisión y yo permanecía quieta, pero su imagen nunca desaparecía de mi vista. Los sueños no se doblegan a las leyes de la física. Recuerdo que no sabía quién de los dos subiría al tren y quien debería regresar a casa. Pero de alguna forma tenía la certeza de que era una despedida. Sin embargo no era una escena dramática, o no más de lo que lo es una situación a la que ya te has resignado.
Ahora, mientras escribo esto, recuerdo que ayer hablé de fantasmas y que desde que los mencioné aquí la semana pasada, ando pensando en releer a esos rusos míos. Así que debo haber soñado con el espíritu de Vronsky o algo así. Por eso, a pesar del frío del amanecer, del humo sucio, del ruido del gentío, que le daba a todo un toque un poco sórdido, la única conclusión que saco de ese sueño que ha sobrevivido al despertar (después de tanto tiempo sin que ninguno lo consiguiera), es que debo regresar a los inicios. Los novelistas rusos e ingleses del siglo XIX, que junto con los americanos del XX forman el grueso de mis preferencias como lectora. 
Cuando el tiempo de que disponemos para dedicar a nuestras pasiones escasea, hemos de trasformar su disfrute en una experiencia única.
¡Cuántos propósitos nos trae la noche!
………….
«La tarde era dorada y la enredadera de glicina del porche estaba en plena floración, incólume. La glicina era como una cascada de color lavanda. La brisa fresca olía a flores calentadas por el sol. El cielo estaba azul y sin nubes. Era el primer día cálido de la primavera»
Muchacho obsesionado, Carson McCullers
Lo releí una y otra vez, atenta a lo que sentía al hacerlo, incólume yo también entre la brisa, aunque ya los años le hayan quitado a mi vida buena parte de su luz. Supe enseguida que era una gran escena, de esas que se alejan tanto de la realidad cotidiana, que te acercan a la vida.
Podía oler la glicina y recordé de pronto que hace poco descubrí el perfume justo, el iris perfecto. No lo compré. Cómo si algo así no fuese imprescindible. Iré mañana a buscarlo, porque ya está ligado a esa tarde y al racimo de flores color lavanda.
Un fantasma que me hace pensar en Tolstoy y una glicina que huele a iris. Qué raro empieza el día.

¡Feliz domingo, socios!

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