Pachulí, mirra, rosa damascena

Era una ocasión misteriosa y alegre, como si a todos los ciudadanos les hubieran repartido su dosis estacional de tiempo y hubieran descubierto que tenían mucho, de sobra, mucho más tiempo del que nunca hubieran imaginado.

Crónicas de Nueva York. Maeve Brennan. 

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¿Cuándo empieza de verdad una mudanza? ¿cuando uno deshace las cajas que contienen sus cosas en el lugar de destino o cuando reconoce que el runrún interior que siente hace meses significa que necesita irse? Lo más probable es que sea en un punto indeterminado entre esos dos extremos, que ni siquiera son el inicio y el final del proceso, porque todo se origina inevitablemente con una idea aparentemente descabellada y solo tras mucho tiempo de que algo acabe podemos afirmar en qué momento terminó.

A mí me han gustado los cambios desde pequeña y, aunque a veces me han llevado a callejones sin salida en los que he debido recular y volver al punto de partida, siempre he sentido que valían la pena. Asirse a lo permanente es renunciar al infinito. Cambiar significa volver a sentir ilusión y temor, recuperar las ganas de los nuevos proyectos y sumirse en momentos de nostalgia por lo que hace ya mucho que te abandonó, porque el tiempo pasa y ni lo bueno ni lo malo puede revivirse, excepto en nuestra memoria. Eso es importante saberlo cuando uno decide irse: la memoria se viene con nosotros.

Mañana empieza el verano y hoy la primavera ha decidido despedirse con una lluvia fina y refrescante. Alguno de los muchos ángeles de la guarda que acumulo quiso que me excediese ayer haciendo las tareas, así es que tengo por delante un día sin obligaciones. ¿Qué haré con esa libertad inesperada? De momento he vuelto aquí y escribo mientras un café muy cargado se enfría sobre la mesa, luego tengo intención de acabar de leer el manuscrito de un amigo y de seguir aprendiendo de Jung, siguiendo las recomendaciones de otro. Espero hablar con A. como cada día, ayer nos prometió venir a vernos en cuanto acabe el curso; ella también se está mudando a su manera. Y mientras, J. organiza su partida con la esperanza de que la vacuna sea el último trámite y no el primero; eso añadirá cambio a nuestra ya cambiante vida.

Yo selecciono mentalmente las poquísimas cosas que deseo llevarme. Lo que me hace feliz, lo bello, lo esencial. Hay que ser parco con lo que uno acarrea, para que mudarse sea realmente irse. A los sentimientos, sin embargo, no les pondremos límite, todo el cariño, toda la amistad, todo el compañerismo, todos los gestos amables, todas las sonrisas, todos los que queremos y nos quieren, se vendrán con nosotros.

Tenemos meses por delante para hacerlo bien, para no olvidar nada. Esto solo acaba de empezar, pero la travesía del desierto que ha supuesto la pandemia pronto llegará a su fin y hay que plantearse llenar con ilusión el espacio que el miedo dejará vacío en nuestras mentes.

Además, estoy absolutamente convencida de que ha llegado el momento de tomarse el amor un poquito más en serio.

Foto de Henry & Co. en Pexels