Ligeras como sombras, las manos de la mujer le acariciaron la cabeza y luego descansaron plácidamente; las puntas de sus dedos se inmovilizaron sobre las sienes del hombre, latieron con el cálido ritmo lento en el interior del cuerpo masculino, y con sus palmas cubrió su sólido cráneo. […]

Carson McCullers, El instante de la hora siguiente

♫ (There Is) No Greater Love

 

Querer no es poder. Si lo fuese yo no cantaría como una grulla, por ejemplo. Años de solfeo y piano solo consiguieron que, en palabras de la profesora, “tocase con energía y provocase un cierto sentimiento”, o lo que es lo mismo, que al escuchar como yo aporreaba las teclas, a ella le entrasen ganas de llorar… Nunca conseguí distinguir un “sol” de un “fa” a pesar de que yo, lo que es querer, quería con todas mis fuerzas. ¡Y fui constante! me mantuve firme aún viendo un día tras otro como mis aciertos en clase de solfeo seguían las implacables reglas de la probabilidad estadística. Nadie puede reprocharme que no lo intentase con la cabezonería que me es propia. Por eso opino que es una crueldad cuando alguien, en lo que a mí me parece un claro ejercicio de confusión entre igualdad y uniformidad, añade a la frustración que siente un niño (y un adulto) al no conseguir algo que desea, el sentimiento de culpa: si quisieras, podrías.

No vendí el piano hasta hará cosa de 8 años y, contra todo pronóstico, lo que siempre creí que sería la puesta en escena de una rendición, fue en realidad una auténtica liberación. Ahora disfruto con la música de otros. Y me esfuerzo en otros asuntos, cada uno tiene su propia habilidad.

Otra cosa muy distinta sería que nos avisasen de que, aunque puedas, si no quieres…


Amo Barcelona, pero a veces es para mí una ciudad llena de calles que ya no existen mas que en mi memoria y de esquinas nuevas que sin embargo parecen haber existido siempre. El lugar donde di el primer beso fue tirado abajo y ahora han construido en su lugar un edificio con una tienda de ropa barata en los bajos, justo donde estaba la cafetería oscura y probablemente algo sucia, que solo en mi mente tiene al fondo un patio con un pequeño y luminoso jardín. El cine al que me escapaba cuando nos saltábamos las clases en la escuela hace mucho que desapareció y ya no queda ni rastro del edificio antiguo ni de las farolas y los árboles que lo custodiaban. El mundo de mi infancia ha sido sepultado, dividido, escondido, reciclado… y aún así sigue siendo mi ciudad, por eso ayer, cuando despertó nevada, no pude evitar querer visitarla.

Junto al mar la nieve es una visión efímera y hay que aprovechar el momento. En las montañas que a veces olvidamos que enmarcan la ciudad y la delimitan, la blancura duró hasta la tarde, pero entonces nosotros ya estábamos de regreso en casa. Antes, como el frío parece pedir novela negra, entré a ver a mi librero y compré “En busca de April” de John Banville, alias Benjamin Black, un viejo conocido ya, y dos libros de escritoras nuevas para mí: “Nadie lo ha visto” de Mari Jungstedt y “Elegidas” de Kristina Ohlsson.

Preparé té y lo serví junto al resto de los maravillosos dulces que ma frère Thérèse trajo el jueves, cuando vino a ayudarme en la ardua tarea de recoger los últimos datos para la tesis. Hacía calor en el estudio y fuera el cielo siguió blanco, hasta que anocheció sin que nos diésemos ni cuenta, devorando historias de asesinos despiadados y agudos investigadores.

Lo normal en una tarde invernal.

¡Feliz domingo, socios!