Una mirada desde la alcantarilla

puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos.

 

Árbol de Diana. Alejandra Pizarnik

♫ Landslide

 
 
Contemplo la caja de cartón e imagino el día en el que desaparecerá de mi vista. Ahora guarda el contenido de la antigua cajonera, a la espera de que reciba el mueble bajo, blanco, que compramos el jueves junto con el resto de cosas que ayudarán a que esta habitación, medio vacía ahora, se convierta en el estudio que siempre ansié tener.

“Es tan bonita… Pero cuesta más que el pie, al final la lámpara que iba a salir tan barata, será cara si compramos esto”. Lo tuvo claro desde que la vio, pero cuando le pedí que me ayudase a transformar este espacio en mi refugio le dije el presupuesto que tenía y Amanda se aferra a él como la buena gestora que es. “El pie ha costado 13 euros, incluso poniéndole una pantalla de 85, al final no costará más que lo que pagaríamos por una lámpara normal y hará que destaque esa zona, que es lo que yo quiero. Comprémosla.”. Tengo que darle argumentos, a pesar de que es ella la primera que me ha imaginado disfrutando de esa luz. Sujeta el paisaje pintado en azules y grises, absolutamente versallesco, que descansará sobre el esquivo escritorio, que estoy esperando desde julio y se resiste a llegar. Al final la convenzo y nos la quedamos.

Llevamos ya dos horas mirando, tocando, comparando, sopesando y comprando las cosas que faltan. La mesa baja, donde reposarán el té y mis novelas, decidimos que sea sencilla, para que destaque otra lámpara, esta vez de latón, que iluminará mis lecturas en futuros atardeceres que imagino tranquilos y alargados en el tiempo.

El sillón, maravilloso, está justo en la entrada de la tienda. Me he fijado en él nada más entrar. De cuero marrón, bruñido, parece haber sido hecho para mí. Pero ese sí que haría añicos el presupuesto. “Busquemos más. Demasiado caro.”. No me deja opción. “A mí me gusta…” me atrevo a decir. Me siento, doy pequeños cuartos de giro y lo disfruto durante medio minuto apenas. Ella me mira, sonriendo casi como lo hacía de pequeña y sentencia: “Demasiado caro, Fran, hay que mirar más”. Se acabó. Me quedo sin sillón. Otra persona me hubiese dicho que me lo merezco, que para algo está el dinero, o cualquier cosa por el estilo; alguien que no fuese ella me habría echado un cable para que yo hubiese podido comprarlo sin remordimientos. Luego, en casa ya, me hubiese sentido culpable de gastar tanto en un antojo, claro. Y ella, como me conoce bien, lo sabe.  He pasado los últimos años en un acogedor rincón de esta habitación. Una licenciatura y un máster avalan que el lugar era perfecto para estudiar: recogido, cómodo… pero no era “la habitación propia” con la que yo soñaba. Ahora sí que empieza a parecérsele, pero eso no quita que todo esto no sea más que un capricho.

Todavía sobre una mesa vieja, trabajo, ya sola, en este cuarto. Observo las paredes blancas, el marco de madera color marfil sujetando el cristal que ocupa casi la totalidad de una de las paredes laterales, la que da a la escalera por la que se baja al salón. Sobre el diván, una manta ligera, color lavanda y apoyada en las puertas del armario empotrado, la alfombra blanca y plata enrollada todavía en su funda original, a la espera del escritorio que descargará sobre ella su peso.

Las cosas importantes son las que te dan placer no solo cuando las tienes, sino también mientras las construyes. Por eso sé que esta habitación es una de ellas.

Si todo está en silencio, me parece oír las risas que la poblaron hace años, cuando era un cuarto de juegos y los niños se divertían viendo como yo intentaba sin éxito que un pingüino saltarín esquivase unos enormes agujeros en el hielo del Polo Sur. Puedo vernos a todos tumbados en el suelo, que entonces estaba cubierto por una moqueta verde. Dicen que recordar no se distingue de vivir y debe ser verdad, porque yo soy feliz cuando evoco aquellos días.

No necesito mucho más para sentirme a gusto aquí.

Pero ese sillón es tan bonito… ay…


 

Esta semana los días han volado sin darme casi cuenta. Y es que todo vuelve a ser como antes de agosto, ese mes casi letárgico en el que la vida parece suspendida, como si nos sobrevolara. Cuesta volver, pero lugares, personas y libros regresan poco a poco a su estado natural. He empezado a leer “La hija del optimista” de Eudora Welty y me está gustando tanto que ya planifico la lectura de la siguiente novela de la misma autora. Con la mejor de las compañías. Como debe ser.

Pero entre una cosa y otra se ha colado Pizarnik y su visión del mundo y a mí, que no me gustan las rosas, la suya me ha conmovido, pulverizada de tanta mirada necesitada de belleza.

Puede que tenga ella razón y la rebelión sea eso, concentrarse en lo bello, pese a todo.

Tal vez, mi pequeña rebelión consista en disfrutar de una mañana de compras con Amanda.

¡Feliz domingo, socios!