¿Habéis hojeado alguna vez un álbum familiar de hace muchos años, con todas sus fotografías descoloridas, teñidas de amarillo y con unas palabras en uno de los bordes, escritas de través con tinta marrón y llenas de signos de exclamación? Aparecen ante vuestros ojos fisonomías queridas y lugares queridos, cosas desaparecidas pero no olvidadas.

Una postal de 1939. Marcella Olschki.

♫ How Insensitive

Tengo una amiga que divide a las personas entre aquellas que dejan huella y las que no lo hacen, como si fuese posible atravesar una vida de puntillas, sin rozar las paredes del otro, sin explorar sus límites. De amor o desamor, perennes como las iniciales marcadas en el tronco de un árbol joven o fugaces, como las pisadas en la arena, pero, visibles siempre o solo recordadas, todos dejamos huellas en el otro sin remedio. Queriendo o sin querer nos entrecruzamos, nos atamos y nos desatamos, nos herimos, nos acariciamos, fingimos olvidarnos para volver más tarde, cuando el pasado es ya más vivo que el presente, a rebrotar en el otro, como el sueño del que fuimos entonces.

Dejar huella es inevitable, incluso en el caso de personas que como yo, apenas guarden objetos asociados al recuerdo de momentos decisivos (ni siquiera esa flor prensada entre las hojas de un libro que nos recuerda que un día lo fuimos todo para alguien). Estamos destinados a vivir en la engañosa memoria de los demás, de la misma forma que ellos habitan la nuestra, intercalados entre la densa niebla del olvido, que hace que los instantes en los que un día fuimos felices, acaben brillando como luciérnagas nocturnas.

Luego, algunos, intentamos poner negro sobre blanco los recuerdos, y en nuestro afán por buscar la palabra perfecta, mezclamos de tal forma el aquí y el allá, el entonces y el ahora, el antes y el después, que acabamos confundidos de tanto entrelazar lo de un quién con lo de otro. La vida contada es pura elucubración literaria.

La memoria no se deja domesticar en unas líneas y juega malas pasadas porque lo escrito, al haberse sentido siquiera un instante, pasa. El que escribe debe aceptar que, algún día, recordará retazos de su vida que sucedieron sin ocurrir.


En estos tiempos en los que parece que algunos desean conocer los límites de nuestra capacidad de resistencia y tan cerca nos sitúan del punto en el que todo parece romperse (y para algunos lo hace, abocándolos al desastre o a la libertad), siento a veces como si la vida se hubiese convertido en un circo solo apto para funámbulos, donde se nos obliga a andar sobre la cuerda floja, sin titubeos ni preguntas. Pararse es caer y la vida se ha parado para muchos.

Ayer paseé por una Barcelona llena de esquinas que parecen haber sido hechas para mendigar. Triste en su mismo centro, oía palpitar el corazón de un tercer mundo que aflora en la ciudad y al que ya no es posible ignorar porque se extiende, ensombreciendo la calle para siempre. Caminaba sin ver la luz rojiza del atardecer, sin sentir el olor dulzón que salía de las cafeterías, ni la brisa que se filtraba entre las ramas de los árboles. Todo lo llenaban ellos y su doliente historia escrita en un trozo de cartón.

¡Feliz domingo, socios!