Pachulí, mirra, rosa damascena

Llevo unas noches durmiendo como ya no recordaba que se pudiese hacer. La ciudad me ha regalado un sueño largo y profundo, y eso que no hemos hecho más que empezar nuestra relación. En este penúltimo viaje antes de instalarnos, nos hemos familiarizado con la casa y con el barrio. Ayer, unos jardineros montados en pequeños tractores segaron el césped del jardincillo que separa el portal de la calzada y que le recuerda a mis ojos que hemos tomado la decisión correcta. Los árboles están desnudos, pero ya puedo imaginarlos en primavera, verdes y frondosos, como todas las plantas que hay en un lugar en el que el encargado de regarlas es el cielo -y doy fe de que lo hace con mimo y puntualidad-.

Por fin el norte ha dejado de ser el sueño que me ayudaba a atravesar los días de la respiración contenida y las habitaciones en penumbra. Ya puedo disfrutar de esa mezcla de sencillez y abarrocamiento que me sorprende en sus calles y sus gentes.

No todo el mundo puede entender nuestros gestos. A veces, incluso los que más nos conocen, lo interpretan todo al revés, pero esta ambición es antigua y compartida, y pronto será nuestro mayor logro.

Mañana volvemos para organizar la mudanza y calculo que en un par de semanas regresaremos para quedarnos. No quemamos las naves, esto podría acabar siendo un intento fallido, pero que sea posible no quita para que esté convencida de que es poco probable.

La casa ya tiene calefacción. Esta semana han llegado la nevera, la lavadora y el lavavajillas y ha venido el carpintero a medir los armarios. Estamos construyendo un nuevo nido, en la bahía más bonita del mundo.