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La señora Dalloway, de Virginia Woolf

Clarissa Dalloway es el personaje principal y toda la trama gira alrededor de su decisión de organizar una fiesta en su casa la tarde de un día de julio de 1923 en el que empieza la novela. No es una fiesta cualquiera ya que tiene algo de recapitulación de toda una vida. Desde el principio, la novela avanza durante las horas previas a la fiesta, señaladas como un estribillo por el sonido de las campanas del Big Ben (el primer título en el que pensó la autora era ‘La horas’), mientras el día se mezcla con el verano de sus dieciocho años, recordado por Clarissa como un instante mágico de felicidad. Esos dos momentos reunirán a varios de los personajes, su marido y sus dos amigos de juventud, en un frágil entramado de recuerdos, deseos y ensoñaciones de donde tendrán que extraer el sentido de sus vidas.

“…abría de par en par el balcón, en Bourton, y salía al aire libre. ¡Qué fresco, qué calmo, más silencioso que este, desde luego, era el aire a primera hora de la mañana..! Como el golpe de una ola: como el beso de un ola; fresco y penetrante, y sin embargo solemne, con la sensación que la embargaba, mientras estaba en pie ante el balcón abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir”

Clarissa abre una ventana y mira al exterior, el aire es fresco, pero también solemne, la dicha le embarga, aunque no puede desprenderse de la sombra del horror. Sin apenas comprender, sin atreverse a juzgarse a sí misma, perdida entre el ruido de la ciudad a la vez que fascinada por la vida que no cesa, la única certeza que la sostiene, lo mismo al principio que al final, es que el aire la golpea como un beso, la capacidad de sentir: “No temas más al ardor del sol”.

La historia admite múltiples lecturas. La narración interna que pasa como un río subterráneo de un personaje a otro, las frases que se extienden oscilantes como pensamientos, el poder evocador de sus imágenes, el léxico luminoso, equilibrado entre lo abstracto y lo material o la incorporación de las emociones en las escenas de la vida cotidiana construyen un viaje mental en el que el pasado está insertado en el presente. Nada se ve desde fuera. No hay un momento de reposo. Incluso el tono suave, como susurrado, con el que se cuentan las escenas más dramáticas envuelve al lector para hacerlo partícipe de esa misma sensación de vida suspendida, entre el deseo y la fatalidad, en la que naufragan los personajes.

Todos los personajes parecen abocados a una soledad esencial (“había un vacío alrededor del corazón de la vida”), más solos cuanto más abren los ojos, como si la vida exterior solo tendiera trampas para el desvarío y el único asidero de la cordura pasara por conservar los restos de algún instante de plenitud antes de que desaparezca para siempre aplastado por el sinsentido de una sociedad mediocre e hipócrita que ha destruido el significado de las palabras o pervertido el valor de la emoción.

Solo el sentimiento humaniza la vida, pero el mundo está destruyendo lo que era puro. La guerra mundial ha sido la culminación de una época de embrutecimiento cuyas víctimas son los seres más sencillos e indefensos, a quienes Virginia Woolf llamaba “personas color ratón”. Con el personaje del veterano de guerra, Septimus Warren, la novela enlaza el drama interior de los individuos en escenarios domésticos con la tragedia general de una sociedad espiritualmente enferma que exige el olvido de sus crímenes como precio de la cordura.

Hay crítica social, pero la fuerza de esta historia, lo que la hace universal y tan vigente hoy, es su indagación en la fragilidad del individuo que, perdido en un mundo desolado, intuye que su vida depende de sí mismo en una lucha cuya victoria o derrota cuelga de un hilo del que no tiene el control. La integridad de la vida depende de la sustancia que une los diferentes momentos vividos, como el sonido de las campanas que atraviesan el tiempo y nos impulsan hasta situarnos al borde del balcón de la felicidad o del horror. En la fiesta, ante el balcón, culmina el deseo y el amor, el miedo y la soledad. Bajo el ruido de la ciudad, aterrados ante el silencio que cae sobre Londres y sobre la mente, para resistir al vértigo de la caída, la señora Dalloway (y los demás) solo tiene su vida secreta, inexpresada e incomprendida, pero orgullosa de la intimidad del alma.

Hay en la novela mucha soledad, amargura, desesperanza, pero por encima de todo eso hay también belleza, amor y delicadeza. El alma es resbaladiza y frágil, pero no se destruye. Todo está envuelto en niebla y nada es completamente real.

“Uno recibía una semilla, aguda, cortante, incómoda, que era el encuentro en sí; casi siempre horriblemente penoso; pero en la ausencia, en los más improbables lugares, la semilla florecía, se abría, derramaba su aroma, le permitía a uno tocar, gustar, mirar alrededor, tener la sensación total del encuentro, su comprensión, después de haber permanecido años perdido”

SOBRE LA AUTORA

Como destaca una de sus biógrafas, Lyndall Gordon, Virginia Woolf pensaba que la novela tenía que apartarse de la mesa del té, es decir, de la laboriosa reproducción del detalle externo, a fin de explorar los hechos ocultos en las cuevas de la conciencia. Autora fundamental del proceso de renovación de la novela moderna, Woolf experimentó con el lenguaje para incorporar a la novela el flujo de conciencia e indagar en la vida interior vinculada al tiempo hasta dar con una forma que captara fielmente la experiencia interior. Así lo explicó en sus Diarios: “Excavo hermosas cuevas como telón de fondo de mis personajes. Creo que eso ofrece exactamente lo que quiero: humanidad, humor, profundidad. La idea es que las cuevas se comuniquen entre sí y todas se abran a la luz del día en el momento presente”. Su profundidad y extrema sensibilidad convierten esta búsqueda en una aventura sin fin que exige del lector una implicación máxima.

Empezó a escribir ‘La señora Dalloway’ en el verano de 1924 y la publicó al año siguiente. Tenía 42 años y consideraba que estaba acercándose a su momento de madurez artística. Esta era su cuarta novela y la primera en la que ensaya un estilo que alcanzaría su cumbre tiempo después en ‘Al faro’ y ‘Las olas’.

Se acaba de estrenar una obra de teatro basada en ‘La señora Dalloway’ con la interpretación de Blanca Portillo. Según cuenta Manuel Hidalgo, en la adaptación que ha hecho Carme Portaceli no aparece Septimus. Me parece una decisión sorprendente porque es uno de los personajes más complejos y que da pie a las escenas más intensas, tanto por lo que tienen de viaje por la frontera de la locura como por la luminosidad que surge en algunos instantes en medio de la oscuridad en la que sucumbe finalmente el personaje. En la escena en la que su mujer está cosiendo un sombrero bajo la atenta mirada de Séptimus, se describe la felicidad más plena y completa que se puede hallar en esta vida. Eso está ahí, en medio de esta novela llena de soledad. Confiemos en que la obra de teatro no lo haya ocultado. Habrá que verla.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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1 comentario

  1. Avatar

    Dices que la historia admite múltiples lecturas y no sabes cuánta razón tienes. Tu reseña me pilla disfrutando de esta novela por tercera vez y sé que no será la última. Virginia Woolf es una de las grandes y por más que se diga nunca será bastante. Leo a la Sra. Dalloway mientras espero “Al faro”, encargada ya en la biblioteca del pueblo.
    Como no creo en las casualidades, tendré que creer en los milagros y pensar que Virginia ha querido volver a nuestras vidas -¡y espero que a la de muchos otros!- al mismo tiempo (no es por dar envidia, pero en mi caso lo ha hecho en una edición preciosa de la Macmillan Collector’s Library, con las hojas ribeteadas en oro y un magnífico postfacio de Anna South, que además me regaló alguien que me conoce y me quiere).
    Gracias por la reseña, Enrique. Un abrazo.

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