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La mujer del teniente francés, de John Fowles

La historia comienza en un pueblo costero del sudoeste de Inglaterra una mañana de marzo de 1867, en plena era victoriana. Charles Smithson conoce a una mujer misteriosa que vive proscrita por su oscura relación en el pasado con un marino extranjero y que le ha valido el sobrenombre de ‘la mujer del teniente francés’. El encuentro llevará a Charles, atrapado en una red de convenciones, mentiras e hipocresías, a replantearse la verdad de su vida en un momento en el que creía tenerlo todo bajo control como corresponde a un caballero de la época.

Nos adentramos en sus páginas como en un melodrama al estilo de Thomas Hardy, pero ya desde el principio el lenguaje y el punto de vista del narrador nos sitúan a la distancia de un siglo para, desde allí, observar con ironía y compasión el destino de los personajes. Esa distancia y la valentía con la que el narrador asume la responsabilidad de su mirada a la hora de juzgar a los personajes otorgan profundidad y originalidad a esta novela, que destaca también por la belleza de su estilo.

A menudo se ha considerado esta obra como una parodia de la novela realista del XIX. Yo no lo veo así. Es cierto que hay imitación del estilo y del tono, pero no desprecio, desdén ni afán de ridiculizar el modo decimonónico de contar. El distanciamiento del narrador da cabida al humor y a un cierto tono de escéptica superioridad al principio, pero conforme avanza en la construcción del relato se pasa a una actitud de respeto hacia un mundo que desconoce e intenta conocer. El narrador asume la forma realista y la omnisciencia propia de la novela decimonónica, pero lo hace aceptando su carácter de convención novelística y subrayando sus limitaciones con el propósito de romper con la ilusión de la ficción. Lo sorprendente es que no lo consigue. Y eso ya no sé si es premeditado o se trata, como me gusta creer, de un triunfo de la ficción.

Cuando la novela realista pretendía describir con objetividad el mundo echaba mano de la cercanía del testigo para conseguir verosimilitud. Aquí la distancia asumida por el narrador imposibilita cualquier afán de exhaustividad y es el reconocimiento de su impotencia lo que hace creíble su relato. Si describe con detalle o analiza comportamientos, a continuación advierte que su visión no es más que la interpretación subjetiva de alguien que pertenece a otra época. Y si su visión parece prepotente, el lector cuenta con la libertad de ponerse de parte de los sujetos parodiados, pues aunque el narrador se vanagloria de que los personajes son invención suya también parece creer que estos gozan de autonomía.

Todas estas cuestiones están muy presentes en esta novela. La investigación sobre ellas por parte del narrador y las reflexiones que le plantean convierten la novela en un continuo desafío para el lector sobre el sentido de la ficción. Se puede disfrutar como una novela por la profundidad y vigencia de los dilemas humanos que plantea, fundamentalmente la emancipación individual en sociedades cerradas y el compromiso moral de la relación amorosa, pero también por la reflexión sobre la relevancia del acto de escribir y leer. El propio narrador se pregunta qué es lo que está haciendo: ¿un engaño? ¿una broma? ¿un juego? ¿una autobiografía camuflada? ¿un ensayo disfrazado?

Veo esta novela como un combate entre la ficción y la realidad, entre el fabulador consciente de lo artificial de sus métodos y los fantasmas de su imaginación, librada con tanta lucidez analítica como entrega emocional. Pero ¿quién gana?

Se escribe desde el presente del siglo XX sobre una historia del XIX conservando la plena implicación en la vida de los personajes, que no actúan exactamente como son, sino bajo la mirada severa (a veces compasiva) del futuro. La libertad que intentan imponer los personajes se pagará a cambio de esa mirada sin inocencia. Esa libertad permitirá que una nueva realidad posible (que asiente la ilusión de la ficción) se imponga sobre la realidad destruida (la imposibilidad de narrar como en el siglo XIX).

Las tribulaciones de Charles, su tormentoso viaje interior, son contadas por un narrador cuya perspicacia contrasta con la absoluta confusión del protagonista, que es incapaz de comprender lo que le ocurre, pues se enfrenta a un reto que no encaja en su época, el reto de la inocencia envolviendo las convenciones más cínicas. Este punto de vista otorga profundidad y veracidad a la historia a través de un distanciamiento racional que se mezcla con las sensaciones de un personaje perdido en su realidad inmediata, de forma que con esta técnica el lector percibe una doble visión del relato, desde dentro y desde fuera.

“Los victorianos no eran gentes propensas al escarceo dialectal; no era connatural en ellos contraponer positivos y negativos como aspectos de una misma cosa. Las paradojas les irritaban. No eran aptos para ellos los momentos existencialistas, sino las concatenaciones de causa y efecto, las teorías positivas y esclarecedoras cuidadosamente estudiadas y estudiosamente aplicadas. Desde luego, ellos se afanaban en edificar; y hace ya tanto tiempo que nosotros nos afanamos en demoler que hoy toda nueva edificación nos parece efímera como una pompa de jabón. De modo que Charles se encontraba a sí mismo inexplicable”.

¿Cómo juzgarlos entonces desde nuestra época? La respuesta a esta pregunta es el camino que va de la ironía a la compasión. Ese camino se llama literatura. Una vez emprendido ya no hay vuelta atrás. El narrador termina desembarazándose de sí mismo, arrastrado por la fuerza de su relato, sumergido en la frondosidad de sus propias imágenes, para transmitir al lector toda la verdad de la historia, como si lo pueril fuera seguir pretendiendo que todo es fruto de su imaginación.

Compartiendo los padecimientos de una mujer desesperada ante las sombras de la vida, la soledad, el miedo al amor; el lector, entregado por completo a la ficción, contará el número de páginas que le quedan para el desenlace hasta que vuelva a ser interrumpido por el narrador que, en medio de la hipnosis, le advertirá de que todo es un engendro de su imaginación y que, por lo tanto, tanto vale un final como otro. Cuando en uno de los momentos culminantes de la novela, el protagonista quema la carta y trata de olvidar a la mujer, el lector (al menos, este lector) no se lo cree, aunque, acostumbrado a la autoridad del narrador, no lo discute. El narrador miente, se burla, juega, pero no se puede decir que engañe, pues ha advertido varias veces a lo largo del relato de su condición de mero fabulador, y así se llega al primer final de la novela.

Pero habrá más finales. ¿Cuál es el verdadero? ¿El que ocurrió, el más verosímil según las convenciones de la época, el que deseamos hoy que hubiera ocurrido? La libertad que se dio a los personajes, lejos de romper la verosimilitud, es el último triunfo de la ficción. Un triunfo paradójico: la libertad de los personajes es la prueba de la imaginación creadora. No hay una sin la otra. De esta forma la realidad de la ficción se vuelve más auténtica que la realidad. La ficción tiene sus propias reglas y exigencias y si el autor no las respeta, se rebela y se autodestruye. Así saldrá triunfante la verdad del relato sobre el juego posmoderno, la pasión del lector de la mano de un narrador que no se impone sobre sus criaturas.

“¿Que esto es absurdo? ¿Que un personaje tiene que ser forzosamente real o imaginario? Si alguien lo cree así, no puedo menos que sonreír. Ni siquiera vuestro propio pasado os parece totalmente real; vosotros os lo disfrazáis, dorándolo o pintándolo de negro, pasándolo por la censura o echándole remiendos… lo noveláis, en una palabra, y luego lo colocáis en la estantería; es vuestro libro, vuestra autobiografía hecha novela. Todos huimos de la realidad real. Es una definición básica del homo sapiens”.

SOBRE EL AUTOR

John Fowles (1926-2005) publicó ‘La mujer del teniente francés’ en 1969. Era su tercera novela, después de ‘El coleccionista’ y ‘El Mago’. A pesar de ser un autor de obras exigentes, muy ambicioso, renovador de géneros y que recurrió a la experimentación con las técnicas novelísticas, fue muy popular y alcanzó gran éxito de ventas, sobre todo con ‘El coleccionista’, una historia narrada por un asesino en serie.

Sus novelas suelen tener un fondo filosófico e intelectual, pues reflexionan sobre los grandes problemas humanos y sociales de su tiempo. Son extensas y complejas, pero también amenas. Una buena introducción a su obra puede ser la colección de relatos ‘La torre de ébano’, publicada por Impedimenta, donde se encuentran sus temas y estilo habituales, con la precisión realista de la novela inglesa del siglo XIX y la profundidad psicológica del modernismo.

En España su obra ha sido reeditada recientemente. Tras permanecer años descatalogada, aunque podía encontrarse en ediciones de colección, Anagrama la reeditó hace poco con la misma traducción de Ana María de la Fuente. ‘El coleccionista’ está en Sexto Piso. E Impedimenta tiene también su ensayo ‘El árbol‘, sobre la relación entre la naturaleza y la creatividad humana.

Varias de sus novelas han sido llevadas al cine, por William Wyler en el caso de ‘El coleccionista’, que obtuvo tres nominaciones a los premios Óscar, y por Karel Reisz, que convirtió a Meryl Streep en ‘La mujer del teniente francés’.

En una entrevista en la BBC de los años 70, al ser preguntado si en sus novelas le gustaba jugar con el lector, Fowles respondió que en ‘El Mago’ sí había ese tipo de juegos posmodernos, pero no así en ‘La mujer del teniente francés’, donde las dudas sobre la construcción de la narración formaban parte de su propia reflexión sobre la ficción: “En un momento dado, me salí de la ilusión de la ficción para entrar en otra ilusión. Pero no creo que se trate de un juego, sino de verdades literarias relacionadas con la naturaleza de la ficción”. Y sobre sus referencias como escritor dice lo siguiente: “Me siento muy bien en la tradición inglesa, aunque la cultura francesa me ha influido mucho más que la mayoría de los escritores ingleses”.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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