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Una semana más

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Barcelona

Lo que hace que los hombres obedezcan o toleren, por una parte, el auténtico poder y que, por otra, odien a quienes tienen riqueza sin el poder, es el instinto racional de que el poder tiene una cierta función y es de uso general.

 

Los orígenes del totalitarismo. Hannah Arendt.

Estos días, al amanecer, ha hecho frío en Barcelona. Un frío suave, como el que ha hecho el resto del invierno, pero sorprendente en primavera. Así es que el miércoles estrené una bufanda -lo único decente que he tricotado desde que me entró el ansia por volver a tejer- y cogí los cascos que había olvidado junto a ella en el estante del armario. He vuelto a escuchar mis ya viejas listas de Spotify, sobre todo una que está formada en su mayoría, por canciones que me recuerdan a mi adolescencia. O, mejor dicho, a la juventud de mi hermano, que fue quien trajo a casa el primer disco y gracias al que yo escuchaba -y bailaba- canciones de los artistas de Tamla-Motown, mientras mis amigas hacían lo propio con Fórmula V. La música que cuando eras joven te hizo creer, aunque solo fuese por un instante, que tenías el poder de hacer que el futuro fuese como tú quisieras, es la música más bonita del mundo. Si no me he pasado de parada todavía en el autobús que me lleva al trabajo, es porque justo en la anterior a la mía, se detiene frente a una especie de parque de árboles perdidos en medio del asfalto. Como son los únicos que veo en el trayecto, hacen que se despierte mi radar interior y me prepare para bajar.

Con música o no, mi viaje mañanero suele ser distraído. Por aquí no abunda la excentricidad -y menos a esas horas en las que nos movemos todavía entre el sueño y la realidad-, por eso, a veces pienso que cojo el único autobús en el que siempre pasan cosas. Esta semana una pareja joven ha arrastrado su discusión hasta allí y los he escuchado romper, aunque hay gente a la que les gusta tanto reconciliarse que rompen con frecuencia y nunca de forma definitiva. No sé si será este el caso, no he vuelto a coincidir con ellos.

Esta semana me han dado la posibilidad de hablar de algo “colectivo”, justo cuando yo ya no creo en el espíritu lúdico y sin egolatrías del trabajo colaborativo, en el que antes sí creía, y tal vez soy demasiado crítica para que mi opinión sea tenida en cuenta; aunque al parecer lo seré y espero impaciente que llegue mi turno…

He realizado también un viaje corto. Una visita de cortesía. Agradablemente saludable, pero sin rastro de nada conmovedor ni impresionante, aunque fuese improvisado para mí e inesperado para los que me recibieron. A mí me dio la sensación de estar terminando algo, como cuando rematas uno de esos trabajos que nadie te pide que hagas, pero tú deseas hacer, y luego se complican y resulta que todo el mundo lo considera un compromiso y ya no hay vuelta atrás… bueno pues, cuando eso pasa y pones el punto final, al menos yo, suspiro hondo y me juro a mí misma que no volveré a embarcarme en algo así nunca más. Eso pensé a mi regreso. Ya veremos si lo cumplo.

Y ya para terminar, sabed que el viernes fui a ver una película que me encantó por muchos motivos, uno de ellos que no entendía una palabra y los subtítulos no eran un apoyo, sino lo único que me informaba de lo que se decía; eso hizo que el énfasis se pusiese en la esencia del cine: la gestualidad de los actores, el significado de los objetos en las escenas silenciosas -la lámpara encendida a deshoras, el agua que fluye bajo una puerta, un coche circulando en medio de la noche…-. Con ma soeur Thérèse hemos retomado la costumbre de ir al Boliche y, por azar, -íbamos decididas a ver una película que no se proyectaba allí- nos topamos con “El caso Fritz Bauer“, que no narra una trama de espionaje -o al menos yo no me fijé en eso-, sino la necesidad ética de enfrentar a un pueblo con su horrible pasado, antes de encaminarlo alegremente hacia el futuro.

¡Ah! casi olvidaba lo más importante: me he enamorado de un perfume. Yo debo ser rarita para esas cosas, porque cuando me entusiasmo por uno lo dejan de hacer -que no lo compra nadie, vaya- y he andado dando tumbos desde que retiraron del mercado el que he estado utilizando los últimos años. Por eso este descubrimiento es importante para mí, justo ahora, que todo parece estar cambiando.

Me han pasado estas cosas y más, pero las otras, creedme, han sido -aunque parezca imposible- más aburridas.

¡Feliz domingo, socios!

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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