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Una isla en el tiempo

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Erase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida

El lobo estepario. Hermann Hesse.

Lo intenté pero no pude hacer balance del año 2016, no se me ocurría nada y sigue sin ocurrírseme, por eso creo que debió ser tibio, al menos en lo emocional, que es lo que recordamos al pasar el tiempo. O tal vez solo fue anodino por comparación, tras el tumulto y el ruido de su predecesor. No hubo gloria, es verdad, pero tampoco hubo sufrimiento excesivo y ese no es mal balance después de todo. ¿Propósitos? Por supuesto, faltaría más.

Si algo he hecho en los últimos tiempos es perfeccionar mi capacidad de resignación y una vez que uno acepta que lo peor puede pasar en cualquier momento, que lo peor no pase se convierte en una especie de milagro que nos dota de una felicidad inmotivada. Todavía no he llegado a ese punto, pero espero alcanzar el momento en el que cualquier cosa, salvo la pérdida de la delicadeza, me parezca aceptable. Cuánta palabrería para decir que mi único propósito para el nuevo año es el de vivir como si todo me sucediese por primera vez, aunque eso me obligue a anteponer la sensibilidad al razonamiento.

Como yo empiezo el año un poco más tarde que el resto del mundo, entre las campanadas y mi cumpleaños tengo tres días en los que miro lo que me rodea como si estuviese soñándolo, como si el año permaneciese todavía intacto y nada ocurriese realmente, como si fuese la única habitante de una isla en el tiempo y los relojes se detuviesen solo para que yo hiciese planes.

Y es que al final nadie puede evitar imaginarse lo que pasará, profetizar sobre los errores que cometerá y sobre lo que al final mejor nos define, que no es lo que nos sucede, sino lo que, estando a punto de suceder, no lo hace y permanece en nuestra memoria para siempre, porque uno olvida fácilmente lo que fue, pero lo que pudo ser… ¿cómo se olvida?

Pero esa es otra historia, de la que sin duda hablaremos más adelante, en realidad yo hoy solo he venido a compartir con vosotros un deseo:

¡Feliz año, socios!

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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