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Una historia de Sylvia Plath joven

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Plath, 1956, The Lily LibrarySylvia es muy joven. Solo tiene 18 años y acaba de entrar en la universidad. No ha conseguido todavía ser muy popular, pero tiene buenos amigos. Es alta, esbelta, guapa y muy inteligente, aunque no siempre se vea así. Se siente llena de vida. Lo repite una y otra vez en sus diarios: ¿qué haré con tanto amor? Sorprende las veces que se recuerda a sí misma que debe vivir el presente con la máxima intensidad, aferrándose a la tierra y a la vida. Por ejemplo, después de un día lluvioso en la playa en compañía de unos amigos, escribe: “lo llevarás contigo para siempre tal como era y recordarás ese instante bajo la lluvia en que te sentiste plena y viste las cosas de otro modo”.

Le gusta el verano, tomar el sol tumbada sobre los guijarros de la playa. Allí parece eternamente joven, con la piel enrojecida por el sol, a salvo de las sombras que acechan detrás de sus sueños o, como ella dice, del miedo a no encontrar una salida. Frente al mar, sintiendo cómo bajo sus pies los guijarros se mueven “con un ruido parecido al repiqueteo de las cadenas”, el camino hacia la felicidad parece llano y directo. Desconfía, sin embargo, de la primavera porque nos hace creer que todo se renueva, y dedicado a ella escribió un soneto como una forma de destruir su hechizo: “nos lanzas el anzuelo, y nos engañas haciéndonos pensar que, de algún modo, somos más jóvenes que ayer”.

Es una chica apasionada y a la vez reflexiva, muy madura para su edad. Es atractiva e insegura, responsable y hedonista. Está asustada. Cree que estar en la universidad es un sueño cumplido y ahora, mientras hace planes sobre cuál será la vida que mejor se adapte a su forma de ser, desea no dejar de caminar por esa senda de guijarros que lleva a la felicidad si somos capaces de aguantar hasta el final. Si saboreas el momento, puedes hacerlo tuyo y entonces sentirte entera. Se promete no olvidarlo nunca. Sylvia sabe que, al contrario de lo que dice la primavera, “a medida que una se hace mayor, los acontecimientos se destacan primero nítidamente y luego empiezan a desmoronarse como un castillo de naipes”. El pasado siempre parece irreal, como si los recuerdos llegaran hasta nosotros arrastrados por una tormenta de nieve. Y ella quiere ver las cosas de cerca y hacer que el momento sea solo suyo, como si lo hubiera creado.

No me preguntes quién soy

En el segundo año de universidad, cuando acababa de cumplir veinte años, Sylvia sufrió una grave depresión que la mantuvo aislada durante un tiempo y que incluso desembocó en un intento de suicidio. Ella lo interpretó como una huida, pero ¿de qué podría querer huir si lo tenía todo? Acababa de ganar un premio literario por un cuento que había enviado a una revista, era una estudiante brillante, tenía amigos y muchos proyectos… Sin embargo, a veces era implacable consigo misma: “Soy joven, ingenua, infantil, emocionalmente tengo dieciséis años. Mis reacciones son demasiado obvias, me entusiasmo por nada, hablo de un modo demasiado efusivo de trivialidades, complico demasiado los hechos objetivos”. Su carácter apasionado, nervioso y competitivo se convierte en su peor enemigo cuando las cosas se tuercen. 

La depresión es el olvido de uno mismo. Al menos, así se refleja en sus diarios. Quizá agotada por la tensión a la que se sometía por su exceso de responsabilidad y autocrítica, se siente asustada, hueca por dentro en medio de una vida caótica, titubeante y anárquica. Se ahoga en el pesimismo, el desprecio a sí misma, las dudas y la locura. Siente que ha perdido la capacidad de disfrutar de la vida, como si el mundo le cerrara una puerta tras otra. En sus diarios, cada vuelta de página es una callejón sin salida, la señal de la pérdida del ciego optimismo que necesita para escribir. Cuando se mira al espejo, ve en la inexpresividad de sus ojos y en los labios caídos, los síntomas de su degradación interior, el desmoronamiento de su actitud creativa ante la vida, el vacío interior. Las estrellas, antes misteriosas islas de luz, no son ahora más que “simples puntitos inanes en un cielo sofocante de tela barata”. 

Igual que la caída en la depresión la entendió como un olvido de sí, la salida es como volver a recordar quién era. Un reencuentro con uno mismo que debe producir el mismo alivio que el despertar de una pesadilla. Cuando resurge, parece como si se abrieran ventanas en el diario, y Sylvia, otra vez describiendo el mundo, deja entrar los pequeños placeres del día: “La luz del crepúsculo invernal a través de la celosía que forman los árboles oscurecidos, un farol brillando en la calle a través de las ramas congeladas, el cielo azul y claro, el sol reflejándose en la superficie helada de la nieve”.

La semilla de un ángel

Han pasado dos años, que en sus diarios han quedado completamente en blanco. Ahora la reencontramos montada en su bicicleta, vestida con falda y suéter de lana, atravesando el aire “gélido como el champán” y la luz brillante, fría y limpia de los primeros días de primavera, canturreando camino de la lavandería, después de hacer un alto en el camino para comprar libros, naranjas y nueces, y tomarse un café expreso, exultante a pesar de los pequeños contratiempos, dispuesta a “derrotar a los dioses”.

Parece otra, aunque solo tiene 23 años, esa edad única en la que podemos ser la persona más vieja de la vida de uno. Nunca más volverá a ser tan sabia y a la vez tan inocente como en ese momento en el que la sensación de soledad y angustia es tan grande y extraña que pedimos ayuda creyendo todavía que esa ayuda puede llegar. Sabe que la vida se embarra en un instante y se echa a perder. Lo ha visto de cerca. Ha sentido cómo la vida huía de ella con cada latido de su corazón y, sin embargo, ahora su voz suena más fuerte que nunca, segura de sí, poderosa. Ese cambio se nota en sus diarios. De repente nos parece que escribe para nosotros, ya no solo para sí misma. 

No olvida que la primavera es un engaño, pero la recibirá en pie, junto al mundo. No implorando en un rincón que, por favor, ocurran cosas buenas, sino en movimiento, detrás de todo lo que hay que leer y ver. En busca del amor, un amor “pródigo, dulce y desbordante” como la primavera que llega brotando a través del invierno. ¿Será eso posible? ¿Encontrará el equilibrio que anhela entre la soledad creadora y la compañía, entre “los hijos, los sonetos, el amor y los platos sucios”? Dice que lo que más teme es la muerte de la imaginación, ¡y hay tantas formas de matarla! El mundo no es nada si no inventamos sueños. Pero ¿Cómo sacarlos a la luz? ¿Cómo evitar que mueran antes de nacer, ahogados en el miedo? ¿Encontrará finalmente el amor que hará brotar el ángel que lleva dentro?

Lo que ocurrió en los años siguientes es demasiado triste para consignarlo aquí en esta pequeña historia que empezaba con el engañoso sueño de la primavera. No la seguiremos en su viaje. Mírala pasar como un ángel cargado de libros y naranjas.

SOBRE LA AUTORA

Sylvia_Plath Diarios A Sylvia Plath (Boston, Massachusetts, 1932-Londres, 1963) le costó mucho demostrar que era una gran poeta. En sus diarios hay muchos fragmentos dedicados a su vocación como escritora, a su aprendizaje como poeta a partir de la lectura de los grandes autores, a su constancia en el trabajo, con muchos momentos de desaliento y frustración cuando ve cómo las mejores revistas de la época y las editoriales le devuelven sus manuscritos.

Aunque durante su vida publicó muy poco (la colección de poemas ‘El Coloso’ y -con pseudónimo- la novela autobiográfica ‘La Campana de Cristal’) ahora está considerada una autora fundamental de la poesía norteamericana. En los años 80 se le concedió el Premio Pulitzer por la publicación del libro ‘Collected Poems’. También de forma póstuma se publicó el poemario ‘Ariel’, editado en España por Hiperion, y sus ‘Diarios’, que acaban de salir en España por primera vez completos en una impecable edición de Alba con traducción de Elisenda ­Julibert.

También fue una buena dibujante y el arte fue uno de los motivos inspiradores de su poesía. “Me da tal sensación de paz dibujar; más que la oración, los paseos, más que nada”, explica la poeta en una carta enviada a su marido.

Estuvo casada con el poeta Ted Hugues en 1956 y tuvo dos hijos. Su breve y turbulenta vida la convirtieron en un mito que ha dado pie a innumerables estudios, ensayos y biografías.

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