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Treinta minutos

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England

Son tantas las cosas de las que uno puede empaparse sin que por ello cambie en absoluto su cuerpo, su manera de andar y de comportarse. Beber con avidez de millones de recipientes, no saciar nunca la sed, pasar de un color a otro como un arco iris, sin dejar de ser nunca un arco iris con la misma gama cromática.

Hotel Savoy. Joseph Roth.

Yo no vivo en Barcelona, sino a diez quilómetros de la entrada sur de la ciudad, entre las nubes, de manera que entro cada día por lo que antes llamábamos “Ciudad Universitaria” y ahora ya no sé cómo la llama la gente, caso de que la llame de algún modo especial.

Me bajo del autobús, que me deja alrededor de las 7 de la mañana en Diagonal, una parada antes de lo que debería, para poder andar bajo el sol recién amanecido hasta el otro autobús, el interurbano, que me deposita en la puerta del edificio donde trabajo.

Bajo la ligera pendiente, cruzo los seis carriles que empiezan a despertar al tráfico y me dirijo a la parada que hay enfrente de la facultad de Economía y Empresa. En la calle de arriba está un antiguo cuartel al que en mi antigua Barcelona llamábamos “exín castillos”, así, en plural, porque parecía una de las reproducciones del juego que estaba de moda en aquel entonces y que dudo que exista todavía. Era una versión moderna del Mecano, pero me temo que ha envejecido mucho peor que su predecesor. El cuartel también. Alguien vive allí, porque a veces, a la hora que yo llego a la parada, tocan la corneta. Tarde me parece para que se despierten los reclutas, pero para algo digo yo que la tocarán… La facultad antes se llamaba “Ciencias Empresariales” y era la hermana menor de Ciencias Económicas, que era la carrera que hacían los que querían ser alguien en el mundo de los balances de resultados, y yo llegué a estar matriculada en ella; asistí unos meses, no recuerdo bien cuántos, aunque no llegué a presentarme a ningún examen, así es que no debieron ser demasiados. Enseguida vi que ni era el momento de retomar los estudios, ni me importaba lo más mínimo lo que allí decían. Y vosotros –si habéis tenido la paciencia de leer hasta aquí- os preguntaréis ¿y por qué te matriculaste? Pues porque tenía un amigo que iba a clases de Ciencias Políticas en la facultad de al lado y me podía llevar en su coche. Así de simple. Casi tanto como lo que hizo otra amiga mía, que se matriculó en Ciencias Geológicas porque era la única facultad en la que no había una enorme cola de gente esperando para matricularse y ella quería irse de vacaciones cuanto antes. A pesar de su escasa motivación, sé que acabó la carrera, aunque dudo que haya ejercido nunca de geóloga, es más, dudo que algún geólogo haya trabajado como geólogo alguna vez… En fin, que me despisto, lo que quiero decir es que en las grandes ciudades uno tiende a moverse siempre por los mismos sitios, convirtiéndolas así en pequeñas. Las personas construimos hábitats a nuestra medida y, unos más que otros, somos de recorridos cortos.

En todo caso, el primer sol de la mañana sienta bien tomarlo en la Ciudad Universitaria, aunque la tentación de dejar pasar el autobús y caminar hasta el Frankfurt Pedralbes a comerse una cervela con una cocacola sea grande los días en los que una se siente animada por la ligereza de la juventud recordada. A la vuelta, si por lo que sea regreso tarde a casa, la tentación está en ascender por la misma calle del franckfurt y pararse antes, en el Tritón, a tomarse una bandeja de pescadito y una caña.

Debo confesar que todavía no he caído en ninguna de esas tentaciones. Soy disciplinada y subo al autobús un día tras otro, saludo al conductor y espero a que arranque. Entonces apoyo la cabeza en el cristal y dejo volar la imaginación hasta que la megafonía automática me avisa de que he llegado a mi parada.

Treinta minutos, ni uno más, ni uno menos.

 

¡Feliz domingo, socios!

P.S. Se acercan las vacaciones y este año serán diferentes. Todavía falta, pero lo mejor será que me vaya preparando…

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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