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Sueños sin almas

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image-2 Era una mujer apasionada. Sin embargo, podía resultar fría o distante a primera vista, una de esas personas que parecen andar por la vida absortas en sus pensamientos. Pero yo que la conocí bien puedo asegurar que era capaz de entregarse a alguien sin reservas cuando lo sentía cerca espiritualmente. Además, su temperamento artístico convertía en poesía ese contacto con el otro a través de las palabras en forma de largas conversaciones en momentos íntimos. A menudo decía que el sueño puede ser más pleno que la realidad porque en él las almas se encuentran.

He dicho que la conocí bien, aunque en verdad nuestra relación fue frustrante y perturbadora. Creo que recurría a mí cuando se perdía en alguno de sus desvaríos entre la realidad y el sueño, los dos territorios en los que vivía sin encontrar su sitio en ninguno de ellos. La realidad se le quedaba pequeña por la intensidad con la que quería atraparla. Y el sueño le llevaba a lugares donde nadie podía alcanzarla. A mí me daba miedo, lo reconozco. Quise ser su alma gemela, si es que ella creía en eso, o al menos una más de sus invenciones. La quería y como ella no me quería, la odiaba, y nunca se lo dije.

Me llamaba por teléfono a cualquier hora, aunque tenía predilección por las madrugadas. Me decía que alguien la había abandonado y me pedía que por favor fuera a buscarla. A veces, después de levantarme de la cama y vestirme deprisa, llegaba y me la encontraba bailando en medio de un bar envuelto en humo y todavía lleno de gente. Yo no me atrevía a arrastrarla fuera y llevarla a casa (aunque todavía lamento no haberlo hecho más de una vez). Me quedaba observándola. Se movía con los ojos cerrados bajo la turbia luz del bar. Sabía que estaba buscando un sueño artificial y me daba pena ver cómo la miraban lo demás. Me entraban ganas de golpearles y gritarles que no sabían nada de ella. Pero lo que más rabia me daba era que yo tampoco la reconocía. ¿Cómo podría ayudarla entonces? Solo alguien que fuera tan libre como ella podría hacerlo.

Cuando por fin se acercaba a mí, la cuidaba en silencio, avergonzado porque solo veía en ella un ser que habitaba en los sueños de los que yo huía.

Imagen: *Para Inés*, 2015, de Nazaret Barceló, en ‘Disparar los olores‘.

Artículo publicado el 29 de octubre de 2015 en el periódico La Opinión de Murcia.

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