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Solenoide, de Mircea Cartarescu

‘Solenoide’ (Impedimenta, 2018) es una novela diferente. Una novela que por su riesgo, estilo y ambición, por su propósito incluso, no se parece a nada de lo que se ha hecho antes, o a casi nada. Andrés Ibáñez la compara con las de Pynchon, DeLillo y Bolaño, obras cumbre de la literatura posmoderna, con las que comparte el afán por forzar los límites de la percepción y destruir la frontera entre la ficción y la vida. Se coloca a su autor, el rumano Mircea Cartarescu, también bajo el amparo de Dante, Kafka y Borges. Yo he leído su novela en el extraño mundo que abrió Marcel Proust con ‘En busca del tiempo perdido’: la literatura como el viaje interior que se emprende con un empeño final y desesperado de enfrentarse a las preguntas últimas sobre el sentido de la vida y de la realidad con las únicas armas de la poesía.

El resultado, como no podía ser de otra manera, es un fracaso, y el mismo narrador parece reconocerlo al insistir en que el único posible destino de estas páginas malditas es la destrucción, pues lo que descubre más allá de la mente y del cuerpo, en la negrura de la noche y los espacios infinitos, es incomunicable o pura invención. Quiere ser un trozo de vida, tan real como la realidad, y no ficción, del mismo modo en que podemos considerar reales los sueños, pero finalmente solo se sostiene como arte. Sin embargo, es un fracaso maravilloso porque es un intento loco, suicida, que en los límites de la locura, en el riesgo máximo, rescata vestigios de algo verdadero, inalcanzable, pero que sentimos como existente más allá de lo concebible.

La riqueza léxica, el ritmo hipnótico de sus frases, la invención metafórica, la fuerza de sus imágenes, el fulgor de sus descripciones, la plasticidad de sus detalles… todo ello convierte la lectura de este libro en una experiencia sensorial que nos lleva de la angustia al júbilo, del asco al gozo, del terror a la serenidad mientras atravesamos un mundo cuya inconsistencia real e incertidumbre temporal nunca antes habíamos percibido con tanto horror. La vida entera se desintegra mientras nuestra conciencia se expande en el tiempo y en el espacio hasta chocar con la nada. ¿Es la nada todo lo que hay? ¿No hay nada real? ¿Es todo una ilusión? ¿No hay escapatoria de este festín de la destrucción que es el mundo? ¿No hay cura para un alma devorada por los demonios interiores?

En una buena parte, este libro es un tratado de la desolación con el que el narrador se propone inventariar sus anomalías, la locura triste de su vida, en la ciudad tétrica de Bucarest, que representa “la ruina de todas las cosas”. Nunca hubiera pensado que pudiera dar tanto de sí la imaginería de la muerte, la negrura de los mundos inferiores de los parásitos, el horror de la podredumbre. Los laberintos de oscuridad por los que nos lleva el narrador son asfixiantes y agotadores, páginas y páginas para recrear la pegajosa mugre de la parte invisible del mundo, el vacío ciego sobre el que dormimos. Y sin embargo, lo hace con una prosa tan serena, precisa, rica y exquisita que nos dejamos arrastrar sin poder evitarlo hacia lugares a los que nunca nos hubiéramos atrevido a ir. Se podría definir el estilo de Cartarescu con las palabras que utiliza el narrador para calificar su informe: fantasmagórico y transparente, “pues así son los mundos en los que vivimos simultáneamente”. Con él consigue algo que es señal de su indudable grandeza: este libro remueve al lector, lo trastorna, abre grietas en su pensamiento y en sus sueños, expande la mente y los recuerdos. Al menos conmigo así ha sido. Entre el horror y la belleza, me ha hecho soñar.

Es por lo tanto un tratado de la soledad y la destrucción, a vista incluso de microscopio, pero también es un grito desesperado y a ratos tierno contra la muerte, una búsqueda de una realidad real, un intento de unir el mundo tangible y el mundo del ensueño, un plan de fuga de la prisión de la realidad hacia nuestra verdadera vida, como dice el narrador, en busca del enigma, del rostro secreto de la vida. ¿Pero dónde está el enigma: en la realidad o en el sueño? ¿Cómo llegar a él? El narrador dice que ninguna novela puede contar la verdad, descubrir lo único importante: la realidad interior de la vida del que escribe. Se refiere a la falsa literatura, aquella que dibuja “puertas falsas en las paredes”. A esa misma literatura se refiere Andrés Ibáñez para defender, frente a las novelas del “ilusorio realismo”, la escritura a oscuras que representa ‘Solenoide’, la única bajo la que puede crujir el hielo de la realidad. Pero tanto una como otra nos pueden acercar al enigma. Y también alejarnos de él. ¿No puede ser el delirio de los sueños un desvío también, una puerta falsa? ¿No se puede hallar también en los límites de la percepción humana, en el pobre realismo de nuestra ceguera, el misterio simple e insondable de lo que somos? Quizá el viaje hacia la nada de ‘Solenoide’ pueda servir también de advertencia sobre los peligros de la oscuridad. Hay algo en su plan de fuga que resulta desalentador porque en su búsqueda de una especie de esencia cósmica nos aleja de lo humano, nos roba la esperanza.

“Todos somos una sonrisa del vacío y de la noche…”.

En el mundo de Proust había el mismo horror y similar desesperanza, pero al menos quedaba la belleza. Puede que al fin y al cabo solo encontramos lo que buscamos.

SOBRE EL AUTOR

Mircea Cartarescu está considerado el escritor rumano más importante de la actualidad. En España lo podemos leer gracias a la editorial Impedimenta, que ha publicado toda su obra (poesía, relatos, novelas) con maravillosas traducciones de Marian Ochoa de Eribe.

En una entrevista reciente en El Mundo decía lo siguiente sobre su forma de entender la literatura:

“El espacio está vinculado a la vista y a la luz. Pero existe también una mirada visionaria para la cual utilizamos el ojo interior, que no se dirige al mundo, sino hacia el cerebro (…) Entonces generamos espacios visionarios, construidos por nuestra mente como una especie de alegorías de la vida y del destino”.

“Cuando escribo, enciendo la luz, sucesivamente, en todas las estancias de mi palacio interior. Soy como una termita melancólica que recorre cada pasillo y cada sala de su gigantesco edificio. Los espacios que describo en cada uno de mis libros son como los sueños de un feto en el vientre antes de saber que existen un mundo y una luz exterior”.

“No existe una droga más fuerte que la poesía. Las drogas químicas, comparadas con Rilke, Lorca, Ezra Pound o Ginsberg, son poetas malos”.

“Los libros son como las iglesias: nadie te obliga a entrar. Pero si quieres recogerte, fundirte con la divinidad están ahí y te esperan. Los libros son portales, algunas veces embaucadores, como las suntuosas fachadas de las basílicas italianas tras las que se esconden unos edificios mezquinos. De mil libros, sólo uno es verdadero. La gente busca en el amor a su alma gemela. Hay gente que busca también su libro gemelo, el que querría vivir leyéndolo y releyéndolo. No hay nada más maravilloso que el amor entre una persona y un libro”.

“Solenoide es el sarcopto de la sarna, el emisario del Apocalipsis y de la desesperación. A pesar de todo, al libro no le falta esperanza. Su respuesta es la de todos los poetas de todos los tiempos: el amor lo redime todo”.

La fotografía es de una entrevista de JotDown.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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