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Si prestamos atención

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febrero1

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”

Instrucciones para dar cuerda a un reloj. J. Cortázar

Por fin he salido de un resfriado rabioso, que me ha tenido entretenida prácticamente dos semanas. Ni siquiera sé cuándo empezó ni por supuesto dónde me contagié, pero se resistió a irse como si tal cosa. El miércoles pasé una noche espantosa, me desperté a las cuatro y media y ya no conseguí volver a dormirme. Cuando llevaba un buen rato dando vueltas en la cama, decidí levantarme y entretenerme con algo hasta la hora de ir a trabajar. Lo que hice fue un ovillo con dos madejas de lana rosa y peluda, que ha acabado convertido en el extremo de una bufanda que hasta entonces era solo blanca. También me di el lujo de desayunar en casa –pan de pueblo tostado al horno y zumo de naranja recién exprimido-.

Fui al trabajo todos los días que pude -hasta el jueves, que tuve que rendirme y regresar a casa, fuera de combate-, porque a mí por la mañana me resulta todo más llevadero, también el catarro, y lo cierto es que resistía bien hasta la hora de la comida. Después no hacía más que pensar en llegar a casa. Aquí mis chicos me cuidaron bien, pero no les dejé acercarse demasiado para no contagiarles ni la tormenta de estornudos, ni la afonía. Mantuvieron el piso caliente y, cuando que por fin me levanté, me obligaron a permanecer tapada con la manta en el butacón, leyendo y bebiendo zumos, también cocinaron o compraron comida de mi cocinero preferido. Viví mi malestar entre algodones, que no es mala forma de pasar la vida.

Cada uno de nosotros demuestra el cariño de una forma diferente y hasta que no encontramos la nuestra podemos parecer fríos o insensibles. Puede haber mucho amor en el silencio: en cómo ellos entraban a taparme y me besaban en la frente, cuando creían que dormía o en cómo mantuvieron mi copa siempre llena de agua o zumo; en la conversación que no me daba mi madre con la esperanza de que, callada, recuperase antes la voz perdida.

El domingo pasado vino L. y le dije lo que a todos, “manténte alejada, no vayas a contagiarte”, pero ella, tan obediente siempre, no me hizo caso. Me abrazó y me besó y me dijo “no seas tonta ¿cómo voy a hacer yo eso?”. Luego se sentó junto a mí “¿vemos una peli?”.

El amor se nota en los pequeños detalles, si prestamos atención.

¡Feliz domingo, socios!

 

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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