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Retrato de una dama, de Henry James

– Quieres apurar la copa de la experiencia.
– No, no tengo deseos de apurar la copa de la experiencia. ¡Es una bebida envenenada! Lo único que quiero es ver las cosas por mí misma (…) Cuando la gente se olvida de que soy una pobre criatura, a menudo me incomoda, pero es aún peor cuando me lo recuerdan.

En un artículo titulado ‘Criticar ficción’, Edith Wharton sostenía que en una buena novela las conclusiones generales que se desprenden de la historia no deben buscarse en el destino de los personajes ni en sus propios comentarios al respecto, sino en “el tipo de atmósfera que se crea al contar la historia, en la luz que se proyecta sobre cuestiones que van más allá de sus propias fronteras”. De esta forma, cuando la ficción ilumina la zona creada entre la imaginación del autor y la del lector, se crea la ilusión de que los personajes siguen vivos más allá de la lectura.

Desde ese punto de vista, entre otros muchos, ‘Retrato de una dama’ es una obra asombrosa. E interminable. No porque sea muy larga, que lo es, sino porque no tiene fin. Isabel Archer sale de la escena y el resto de personajes y los lectores nos quedamos esperándola. Nada se nos dice de su destino, pero la luz de la narración, ciñéndose a la historia, se extiende más allá de sí misma, como quería Wharton.

Es una novela escasa en situaciones imaginativas y escenarios. Se repiten las escenas estáticas: dos personajes conversando delante de la chimenea. Hay pocos personajes y pocas peripecias. La trama es muy delgada, como si se asumiera que engordarla bloquearía la potencia de la vida que debía emerger por sí misma. Según la propia confesión del autor, el germen de esta obra no fue un argumento sino “la percepción de un solo personaje”, una joven atractiva que viaja de Estados Unidos a Europa con el objetivo de ver mundo, tener experiencias y ser libre. La visión de esa mujer, a través de las complicaciones de la existencia, debían revelar su personalidad con la suficiente fuerza para que su aliento vital se expandiera a la mente del lector. De esa conexión entre el asunto y el intelecto del lector provocada por el relato de una experiencia sincera surgiría el sentido moral de la novela.

Una joven que se enfrenta a su destino es el tema de la novela. Pero ¿qué joven y qué destino? Aquí encontramos otra de las claves de esta historia, porque Isabel Archer resulta ser una joven insignificante y bastante insípida. El narrador es un observador meticuloso y objetivo, pero el personaje, pese a su insignificancia o gracias a ella, se le escapa una y otra vez. Cree conocer bien a Isabel, pero su falta de identidad la vuelve esquiva y a la vez interesante. “¿Por qué proceso de adición lógica -se preguntaba James- esta ligera personalidad, una simple sombra exigua de una muchacha inteligente pero presuntuosa, iba a verse dotada de los elevados atributos de un Asunto?”.

El narrador se mantiene fiel a su punto de vista, lo que hace que el centro de la novela se coloque en la conciencia de Isabel Archer, cuyas propias limitaciones harán que el tema (la conquista de la libertad) resulte interesante. Su desconocimiento de la vida y su ceguera ante las intenciones de los demás se levantan como obstáculos ante su destino y consiguen que el lector se sienta implicado en la vida interior de la protagonista, como quería su autor: “el máximo de intensidad con el mínimo de tensión”.

Para mí, lo mejor de la novela es que la protagonista no es consciente de sus limitaciones, mientras que el narrador las disimula para no obstaculizar nuestro conocimiento gradual y atento a través de la evolución de la conciencia del personaje. Elegir a alguien tan frágil y a veces tan insustancial como centro absoluto de la trama y como agente único del atractivo del tema entrañaba un gran riesgo. Pero en la mitad de la novela, el lector se sorprenderá sintiendo la misma ansiedad que el narrador expresa a través de un personaje:

“Iban a pasar más cosas, y no se resignaba a perdérselas. Quería ver lo que iba a ser de Isabel… Ese era solo el primer acto del drama, y estaba decidido a ver la representación hasta el final”.

SOBRE LA OBRA

Según cuenta él mismo, Henry James comenzó a escribir ‘Retrato de una dama’ en Florencia durante los tres meses que pasó allí en la primavera de 1879 y la continuó durante una estancia de varias semanas en Venecia. Al año siguiente empezó a publicarse en The Atlantic Monthly mientras que posteriormente apareció en Macmillan’s Magazine en entregas mensuales y simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos. Era su sexta novela y todavía no había cumplido cuarenta años. Antes ya había publicado ‘Los europeos’ y ‘Washington Square’.

En España pueden encontrarse varias ediciones tanto en tapa dura como en bolsillo, entre ellas la traducción de Ana Eiroa en Random House, Penguin Clásicos y Debolsillo. Las citas de esta reseña proceden de la edición especial que realizó Círculo de Lectores en 2015 con ilustraciones de Eduardo Arroyo en la cubierta, también con traducción de Ana Eiroa.

Más sobre James en el club:
‘Los papeles de Aspern’
‘La musa trágica’.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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