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Por la parte de dentro

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L'Épicerie

Madre, esta es mi mujer, se llama Blimunda de Jesús.

Debería bastar esto, decir de alguien cómo se llama y esperar el resto de la vida para saber quién es, si alguna vez llegamos a saberlo, pues ser no es haber sido, haber sido no es será, pero otra es la costumbre, quiénes fueron sus padres, dónde nació, qué edad tiene, y con esto se cree que uno sabe ya más y a veces todo.

Memorial del convento. José Saramago.

Una vez me dio por hacer punto de cruz y eso me sirvió para aprender que la perfección de lo visible depende de la delicadeza con la que uno teje lo que no ha de verse. En el revés del bordado no debe haber nudos, ni intersecciones entre los hilos de colores, porque eso engorda la tela y la deforma, hasta el punto de que a algo bonito se le priva de la gloria de ser maravilloso.

Yo busco descubrir esa cara oculta de las personas y cuido la mía, porque al fin y al cabo, en el amor y en la amistad, nos unimos por esa parte de dentro -más frágil, pero también más limpia-, con la que se tejen los poemas y los milagros. Y el amor verdadero. Pero es difícil no caer en la tentación de lo liviano ¡dentro son necesarios tantos esfuerzos, mientras que fuera basta con tan pocos!

En Barcelona el otoño está siendo perezoso, tanto que se ha olvidado de deshojar los árboles antes de que llegue un frío que, por repentino, asusta. Aunque a mí el frío me da igual, lo que me da miedo de verdad es el olvido. No el que consiste en olvidar al otro, sino el de olvidarse de cómo era uno, mientras el otro todavía no era un puñado de recuerdos, un manojo de melancolía.

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A pesar de todo -cuando nos quedamos quietos es cuando las lágrimas que debemos vienen a nuestro encuentro, para que paguemos la deuda del duelo pendiente y yo siento que estoy a punto de dejar de moverme frenética de un lado para otro con mi carpeta verde-, ha sido una buena semana y han habido hasta sorpresas, como la de acudir a una exposición fotográfica sobre el modernismo, salir fascinada y descubrir más tarde que la había organizado alguien con quien coincidí en una etapa muy bonita de mi vida. O como la de ir a la búsqueda de un restaurante francés encarecidamente recomendado y tropezar por el camino con un rincón encantador, donde sirven la mejor tarta Tatin imaginable. Y quedarme allí y descartar el paraíso prometido por ese purgatorio -seguramente menos exigente, más amable- donde suena música de la Piaf y la camarera tiene un marcado acento francés y a veces se confunde de plato y te hace probar algo con lo que no contabas, pero que enseguida notas que era lo que debiste pedir desde un principio. Nada ocurre sin motivo y nada pasa sin consecuencias.

P.S.: El viernes no compré nada, ni siquiera libros. Las tiendas daban miedo.

¡Feliz domingo, socios!

 

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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