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París, el paraíso de las damas

Lafallette

Estaba en la edad en la que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.

Tokio Blues. Haruki Murakami

Leer a los clásicos no es siempre sencillo, pero suele ser un acierto, así es que, tras “La muerte en Venecia” pensé que lo mejor sería leer algo ligero y escogí, con la ayuda de mi librero preferido, “El Paraíso de las Damas” de Émile Zola ¿qué otra cosa, excepto ligera, podía ser una novela con semejante título? Sabía que en ella estaban inspiradas varias series de televisión famosas (como The Paradise, de la BBC) y que al fin y al cabo, el texto que estaba a punto de leer no era más que una historia de amor con final -lo intuía- feliz.

El caso es que estaba equivocada. ¿Me ha gustado leer El Paraíso de las Damas? Sí, mucho. ¿Es El Paraíso de las Damas una novela ligera? Para nada. ¿El argumento principal es una historia de amor? Yo creo que no. Pero todas esas preguntas podría responderlas otra persona, diciendo justo lo contrario y yo no tendría demasiados argumentos para defender mi tesis. Demasiados no, pero algunos sí que podría esgrimir. Vamos a ello.

Me ha gustado leer “El Paraíso de las Damas” porque la novela es un texto social, una radiografía de la sociedad parisina, donde se analizan los cambios que el capitalismo desatado introdujo en el tejido comercial de la Europa de finales del siglo XIX y que se concretan en la lucha desigual que se entabló, a raíz de la aparición en París de los primeros grandes almacenes, entre estos últimos y el comercio tradicional. ¿Qué otra cosa representan la pobre huérfana, sobrina de un tendero arruinado, que acaba trabajando para la infame competencia y el joven emprendedor con visión comercial y cuyo único empeño en la vida es demostrarle al mundo que conoce el secreto de cómo hacer más y más dinero?

La huérfana se llama Denise y es una cenicienta virtuosa. El joven, Octave y, por supuesto, es un conquistador. Lo que pasa entre ellos no os lo voy a contar, porque no os quiero destripar el primer párrafo de la novela. Y digo el primero, porque en el segundo ya intuiréis algo, de hecho estoy segura de que en este mismo momento ya intuís lo que va a acabar pasando… y creédme, tenéis razón, pero da igual, porque esta, ya os lo he dicho antes, no es una novela de amor.

Zola describió con todo lujo de detalles –a veces demasiados si no eres un entusiasta de los tules y las sedas- las armas con las que el comercio moderno derrotó a los tenderos tradicionales: la mezcla de mercancías dispares en un mismo espacio, que intentan aturdir al consumidor; las rebajas agresivas con las que el pequeño comerciante no puede competir; los márgenes minúsculos con los que los fabricantes veían amenazada su supervivencia, que ahora dependía de un único cliente; las devoluciones que incitan a comprar dando una falsa sensación de control al cliente, aunque luego solo se devuelva un porcentaje pequeñísimo de lo que se ha comprado; los precios baratos como tentación irresistible; la rivalidad sangrienta que se crea entre los vendedores gracias a las ventas a comisión y, finalmente, el máximo exponente de la economía de mercado: la publicidad.

-¿No lo comprende? Quiero que dentro de ocho días la París-Paraíso revolucione el ramo. Es nuestra jugada de la suerte; va a ser nuestra salvación y nuestro lanzamiento. Todo el mundo hablará de lo mismo; el orillo azul y plata lo van a conocer de punta a punta de Francia… Y ya oirá usted cómo rabian y se quejan nuestros competidores. El pequeño comercio se dejará en esta empresa la poca salud que le queda. ¡Enterraremos a todos esos chamarileros que andan reventando de reuma en sus sótanos!

Todo eso y mucho más que seguro que se me escapa, representa el universo mecantil de El Paraíso de las Damas, una máquina perfectamente ideada para obtener dinero que no es más que el buque insignia de un sinfín de elementos culturales que explican los cambios en los hábitos sociales de finales del siglo XIX, el más interesante de los cuales es la aparición de una nueva clase social: los asalariados que conocen los hábitos y gustos de la clase dominante, y por tanto los manejan a su antojo cuando se encuentran en su entorno laboral, pero que a cambio son tratados con especial despecho por aquellos, que les temen, precisamente por conocer sus debilidades. La mayoría de las jóvenes dependientas de El Paraíso de las Damas no aparentan ser mejores que las señoras a las que atienden. Excepto, claro está, Denise.

Pero en El Paraíso de las Damas también encontramos la otra cara de la moneda. No es oro todo lo que reluce en el bando de esos asalariados que se sienten superiores a los comerciantes a los que el gran almacén ha arruinado la vida. Los trabajadores, en su mayoría desclasados, sufren además unas condiciones de trabajo pésimas, con despidos arbitrarios en épocas de pocas ventas, horarios que incluyen jornadas de más de 12 horas y sin más vida que la que les ofrece el lugar de trabajo, en el que muchos pernoctan.

Al llegar la temporada baja, pasó una ráfaga de pánico por El Paraíso de las Damas. Llegaba el espanto de los despidos, de los licenciamientos en masa de los que echaba mano la dirección para aligerar de empleados los almacenes, que los calores de julio y agosto vaciaban de clientes. Todas las mañanas, Mouret, al hacer la ronda con Bourdoncle, se llevaba aparte a los jefes de sección, a los que había animado, durante el invierno, a contratar más dependientes de los precisos, para que la venta no padeciera, alegando que siempre estaban a tiempo de recortar la plantilla. De lo que se trataba ahora era de reducir gastos, poniendo de patitas en la calle a más de la tercera parte de los dependientes, a los débiles, a los que permitían que se los comiesen los fuertes.

Émile Zola, que fue al parecer un entusiasta de la sociedad moderna que veía gestarse ante sus ojos, tenía talento y lo demostró creando personajes en algunos casos ridículos, en otros claramente caricaturescos y en los menos, con un sentido de la dignidad fuera de su tiempo.

Octave Mouret es el ejemplo del hombre de acción, del entusiasta del progreso, del hombre hecho a sí mismo, que es consciente de que puede pasar a la historia y desea hacerlo con todas sus fuerzas. No es el dinero lo que le mueve, sino el deseo de ser él quien trace la senda por la que el resto de almacenes andarán.

Denise es la razón, la cordura, la ética, la única persona capaz evitar que los negocios de Mouret sean despiadados. Las mejoras laborales de El Paraíso de las Damas no se consiguen en honor a la justicia, sino gracias al amor.

Todo: la historia de amor, el florecimiento del gran almacén, el hundimiento del pequeño comercio, el empecinamiento de unos, las pequeñas mezquindades cotidianas de otros, la obsesión consumista de una burguesía floreciente, la defensa encarnecida que hace Denise de su virtud, la obsesión que ello provoca en Octave… Todo, como he dicho, está contado con parsimonia, detalle y maestría.

El Paraíso de las Damas forma parte de una saga de 11 novelas –Zola no era hombre de un solo libro-, pero puede leerse sin problemas de forma independiente, tal y como yo he hecho. Supongo, no obstante, que alguno de los defectos que le adjudico más adelante, no los hubiese hallado de haber leído los tomos que le preceden, pero en todo caso, la novela no necesita de preámbulos ni de epílogos para entenderse.

Nada puede reprocharse a El Paraíso de las Damas, excepto que su trama es previsible, que algunas subtramas no quedan cerradas –como si el autor se hubiese aburrido de ellas-, que Zola repite conceptos y descripciones hasta la saciedad –reconozco haber leído algunos párrafos en diagonal, entono por ello el mea culpa, pero es que no me daba la paciencia para más-… pero si lo que estáis buscando es una historia bien escrita, interesante y sin sobresaltos, esta puede ser una buena opción para a leer un clásico este verano.

EL AUTOR

Nacido en París, en 1840, fue el principal exponente de lo que dio en llamarse “Naturalismo Literario”, el cual intentaba retratar de la manera más fiel posible la sociedad a través de la literatura, dado que mantenía la creencia de que las condiciones sociales eran determinantes para la configuración del carácter de las personas. Se considera que el Naturalismo nació como respuesta tanto a la idealización exagerada del Romanticismo, como a la subjetividad del Surrealismo.

Zola

Compañero de estudios y amigo de Paul Cézanne, al morir su padre se trasladó a París y tuvo distintos trabajos administrativos antes de empezar a publicar sus artículos periodísticos en Le Figaro, Le Petit Journal y Le Salut Public.

Su obra es numerosa y cuenta con varias sagas. Baste como ejemplo la que incluye la novela que analizamos hoy.

Los Rougon-Macquart, está integrada por: La fortuna de los Rougon (1871), La ralea (1871), El vientre de París (1873), La conquista de Plassans (1874), La caída del Abate Mouret (1875), Su excelencia Eugène Rougon (1876), La taberna (1877), Una página de amor (1878), Naná (1879), Lo que se gasta (1882), El Paraíso de las Damas (1883), La alegría de vivir (1884), Germinal(1885), La obra (1886), La tierra (1887), El sueño (1888), La bestia humana(1890), El dinero (1891), La derrota (1892) y El Doctor Pascal (1893).

Profundamente involucrado en la vida política y social de su país, tuvo un papel relevante en la revisión del proceso de Alfred Dreyfus (baste leer la famosa carta ¡Yo acuso!), que le costó primero el exilio y finalmente, o eso se sospecha en la actualidad, la vida.

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