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No hay mejor hogar que una balsa

sir_william_mctaggart_rsa_the_fisher_boy_d5631532h Tenía poco más de treinta años cuando lo conocí. Vivía como si todavía los días más intensos de la juventud le llevaran en volandas. Era alto, delgado y nervioso. Cuando lo encontraba a la salida de la oficina, con el nudo de la corbata deshecho y el pelo desarreglado parecía alguien que hubiera sido expulsado de un sueño inquieto. A veces su agitación era contagiosa y temíamos por él, pero sus ojos verdes se cubrían de un velo de serenidad en los momentos en que más perdido lo veíamos, cuando se empeñaba en variar el rumbo de su vida un instante antes de comprender hacia dónde iba. El más prudente de nosotros solía decirle que si uno no tiene un lugar adonde ir da igual el camino que elija. Él lo miraba con expresión compasiva y ni se dignaba contestar. Repetía una de sus frases favoritas: “Cuando las cosas se ponen lentas y aburridas…”, apuraba la copa, salía del bar y desaparecía.

Yo no lo sabía entonces, pero ahora pienso que era inevitable que él iba a desaparecer, no como hacía algunas noches, deslizándose entre la gente detrás de alguno de sus extravagantes planes, sino de una forma definitiva, como quien se va al otro lado del mundo. Me pregunto si él lo sabía o cuándo se aprenden esas cosas y si el hecho de aprenderlas nos incapacita para comprender lo que entonces ocurría. Si ahora pienso en él lo que me preocupa es si habrá encontrado un hogar. Pero eso es en lo último en lo que él pensaba, como el resto de nosotros, por aquel entonces. Cuando volvíamos de madrugada él siempre se detenía un rato en la plaza mojada por la lluvia y se sentaba en un banco, como si fuera una balsa que, flotando a la deriva, pudiera mostrarle lo que las corrientes profundas nos descubren en tan contadas ocasiones a lo largo de la vida, antes de que las cosas se pongan lentas y aburridas.

Todos intentábamos salir adelante por el camino que nos habíamos trazado y, aunque no lo reconociéramos, empezamos a mirarlo con desconfianza y casi con pena. Se empeñaba en no avanzar. Es maravilloso vivir sin rumbo, decía él, y se acostaba de espaldas en el banco, con el cielo lleno de estrellas encima y, debajo, el brillante lecho de la plaza.

(Dedicado a Miguel)

Imagen: Sir William McTaggart (1835-1910). The Fisher Boy.

Artículo publicado el 21 de mayo de 2015 en el periódico La Opinión de Murcia.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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