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Nápoles

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Napoles

Me hizo una serie de preguntas sobre las declinaciones, los verbos, la sintaxis. Contesté aterrorizada, en especial porque me dedicaba una atención que hasta ese momento no había manifestado por ninguno de nosotros. Después me entregó la hoja sin comentar nada más. Había sacado un nueve.
A partir de ese momento todo fue un crescendo. En el ejercicio de italiano me puso ocho, en historia no fallé una sola fecha, en geografía supe a la perfección superficies, poblaciones, riquezas del subsuelo, agricultura. Pero, sobre todo, en griego lo dejé boquiabierto. Gracias a lo aprendido con Lila, demostré una familiaridad con el alfabeto, una destreza en la lectura, una desenvoltura en la fonación que al final arrancaron al profesor una alabanza pública. Mi habilidad se impuso como un dogma al resto del cuerpo docente. Hasta el profesor de religión me llamó aparte, una mañana, y me preguntó si quería inscribirme en un curso gratuito de teología por correspondencia. Dije que sí. Al acercarnos a Navidad todos me llamaban Greco, algunos Elena. Gino empezó a demorarse en la salida, a esperarme para volver juntos al barrio. Y un día, por sorpresa, me preguntó otra vez si quería que nos hiciéramos novios, y yo, aunque fuera un chico rechoncho, lancé un suspiro de alivio: mejor eso que nada, y acepté.

La amiga estupenda. Elena Ferrante.

Estas semanas no he podido escribir en el blog, porque he estado en Nápoles compartiendo todo mi tiempo libre (y cuando digo “todo”, lo que quiero decir es que he leído en la parada del autobús, en el autobús, en la pausa para comer, mientras removía la crema de champiñones de la cena…) con una escritora (o con un escritor, o con un grupo de escritores y/o escritoras, ¡yo qué sé!) italiana: Elena Ferrante. Y es que me he leído prácticamente del tirón la tetralogía Dos amigas (casi, casi, 2000 páginas de nada).

Había comprado el primer tomo “La amiga estupenda” con el escepticismo que despierta en mí cualquier bestseller, pero las críticas eran tan unánimes que decidí comprarme la primera, aunque solo fuese para comprobar que no me gustaba. Pero me gustó, vaya que si me gustó, me gustó tanto que fue soltar una novela y coger la siguiente. Pero empecemos por el principio.

La novela se plantea como una autobiografía (de hecho la narradora se llama Elena, como dice llamarse la autora) y como tal, va in crecendo, también en calidad, en una especie de juego que refuerza la idea de que la protagonista y la autora son la misma persona: a medida que Elena Greco avanza en su relato, la novela de Elena Ferrante va ganando en dominio del lenguaje, profundidad de las descripciones y compromiso con la historia política e intelectual de Italia, durante las décadas en las que se desarrolla.

La novela nos cuenta la amistad entre dos amigas que viven en un mísero barrio de los suburbios de Nápoles: la brillante y bella Raffaella Cerullo y la voluntariosa y discreta Elena Greco y la narración arranca en el presente, cuando esta última, desde la libertad que le da la vejez incipiente, decide contar la historia de una amistad que se extiende durante tres décadas de cambios políticos y sociales y lo hace de una forma densa pero fresca, íntima pero alejada de la sensiblería, utilizando la ficción pero respetando los datos históricos que nos sirven para apuntalar en la realidad nuestra lectura. En “La amiga estupenda”, primera parte de la novela (porque si decidís embarcaos en su lectura, debéis tener claro desde el principio que no estamos hablando de 4 novelas, sino de 1 contada en cuatro libros), Ferrante nos explica la niñez y adolescencia de las protagonistas, la madurez de sus padres, las estructuras sociales que se dan por sentado en el barrio, pero, sobre todo, establece las fronteras territoriales y culturales que para una de las niñas irán cambiando, mientras que para la otra no se modificarán en absoluto.

En “Un mal nombre”, quizás el volumen más reivindicativo de la condición femenina, el más valiente, pero también el más predecible, Elena Greco no explica los años de la juventud, que transcurren en una época marcada por el sexismo y el patriarcado y frente a los cuales ellas adoptan actitudes que las conducen a separar irremediable sus destinos. Al menos eso parece. Fue tras la publicación de “Un mal nombre” cuando la autora se vio obligada a contar lo poco que sabemos de ella –y que tal vez no sea cierto-: que es una mujer napolitana, instalada en Turín, divorciada y con hijos, que se dedica a la docencia y la traducción. Desde entonces hasta ahora ni un dato más, ni –sorprendente en los tiempos que corren- una simple fotografía.

Pero por si me quedaba alguna duda de que el autor pudiese ser un hombre, en la tercera parte, titulada en español “Las deudas del cuerpo”, me encontré con una aproximación a la forma de interpretar la sexualidad y, sobre todo, la maternidad –vivida como una crisis con la que lidiar para no perder su condición de mujer y resuelta de forma distinta por cada una de las protagonistas- que, en mi opinión, me hace descartar esa posibilidad. Elena Ferrante puede que haya mentido en todo lo demás, pero parece claro que es una mujer. Cuestiones como el combativo feminismo de la década de los 70, las Brigadas Rojas y la corrupción política, irrumpen con fuerza en la trama y obligan a las dos amigas a posicionarse.

La tetralogía acaba con “La niña perdida”, nominada para el Man Booker International y probablemente la parte más sólida, sincera y visceral de la novela. Un canto a la auténtica literatura, sin concesiones de ningún tipo. Siempre en mi opinión, es el mejor de los cuatro volúmenes, aunque tal vez por eso, es difícil hablar de él sin descubrir el drama que siempre las ha enfrentado. Solo os diré lo que yo he visto: dos mujeres que en los peores momentos se creen una burda copia la una de la otra y, en los mejores, dos amigas que no hacen sino querer ver en la otra lo mejor de sí mismas.

Mientras leía recordé un pequeño prisma de cristal que tenía de pequeña y que, cuando lo atravesaba la luz, hacía que se descompusiese en los colores del arco iris. La luz era muy distinta a uno y otro lado del prisma y, sin embargo ¡era la misma luz!

LA AUTORA

Dicen que su éxito se debe en gran parte a que la identidad de su autora está rodeada de misterio. Mentira: Estamos ante una gran novela. En realidad, el verdadero misterio está en cómo ha podido mantener el anonimato durante 25 años, sin que los editores hayan logrado convencerla para que haga promoción de sus libros (¿es ese el motivo por el que muchos creen que son precisamente sus editores los que se esconden tras un pseudónimo que al parecer fue creado como homenaje a Elsa Morante?). Solo concede entrevistas que contesta por correo electrónico y su editora reconoce que eso complica muchísimo su trabajo.

Sin embargo, Elena Ferrante, no es ninguna novata en esto de la escritura, porque en 1992 ya publicó “El amor molesto”, aunque tardó diez años en publicar su segunda novela “Los días del abandono”, que enseguida se transformó en película (participó en la escritura del guión) y que fue declarada de interés cultural en Italia.

El resto poco importa, coincido con ella cuando dice: “Para mí escribir es una actividad bajo un control riguroso, que contempla una única confrontación posible: la lectura.”

Y eso es precisamente lo que debe hacer quien desee conocerla: leer sus novelas.

¡Feliz domingo, socios!

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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