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Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan

Nada se opone a la noche

 

Ya no recuerdo cuándo surgió la idea de escribir sobre mi madre, en torno a ella, o a partir de ella, sé cuánto rechacé esa idea, la mantuve a distancia, el mayor tiempo posible, esgrimiendo la lista de los innombrables autores que habían escrito sobre la suya, desde los más antiguos hasta los más recientes, para demostrarme de qué manera ese terreno había sido pisoteado y el tema degradado, alejé de mí las frases que se me venían a primera hora de la mañana o a la vuelta de un recuerdo, tantos principios de novela en todas sus posibles formas de los que no quería oír ni la primera palabra, establecí la lista de obstáculos que no dejarían de presentarse ante mí y de los riesgos imposibles de determinar que correría metiéndome en un lío como ése.
Mi madre constituía un campo demasiado vasto, demasiado sombrío, demasiado desesperado: en resumen, demasiado arriesgado”.
Nada se opone a la noche. Delphine de Vigan.
Traducción de Juan Carlos Durán.
Editorial Anagrama, 2012.

Si os contase detalles del argumento de la novela, si os mostrase frases o párrafos concretos, os lanzaríais a leerla, pero lo haríais buscando lo que ya sabéis y os perderíais buena parte de su valor, porque lo mejor de Nada se opone a la noche es la forma como Delphine de Vigan cuenta al historia. El ritmo con el que descubre el horror, a base de breves pero indelebles pinceladas entre las que brilla todo lo bueno que ocurre en esos años, en los que cualquier otro solo hubiese visto y mostrado lo malo. No debe ser fácil enfrentarse a la narración de dolorosas historias familiares evitando la autocompasión y el morbo.

El tono que emplea y esa metanovela en la que la autora nos habla de las emociones que le provocó escribir sobre la vida de su madre abren caminos luminosos en medio de la niebla, de forma que solo al girar la cabeza sabemos que hemos avanzado entre las brumas ¿cómo he llegado a esta escena tan terrible sin darme cuenta de hacia dónde me encaminaba? te preguntas, por muy entrenado que estés como lector. Después recapacitas y asumes que la línea que separa la realidad de la ficción es muy delgada y no siempre de naturaleza generosa.

Los hechos que cuenta Delphine de Vigan son reales, pero las artes de las que se sirve la autora para explicar lo inexplicable, incluso para las personas que estuvieron allí, son las propias de la ficción. Todo escritor domina el arte del engaño, embaucar al lector forma parte de su oficio y es lo que se le exige, pero Nada se opone a la noche se lee sabiendo de antemano que la manipulación será mínima, que se escribe desde el dolor y el respeto y que solo ellos, el dolor y el respeto, pueden mitigar como un velo compasivo lo que ocurrió realmente. Probablemente los recuerdos que la autora recopila para reconstruir la historia estén suavizados y aún así… es todo tan aterrador que incluso yo, que tiendo a apiadarme más de los supervivientes que lo amaban que del propio suicida, puedo comprender a Lucile cuando le dice a su hija “quiero morir viva”.

La literatura de no ficción entraña una gran dificultad, porque la primera persona debe estar presente, todo se basa en su punto de vista, pero en ningún caso debe ser la única voz y desperdigar las opiniones del autor a lo largo del texto, sin que este resulte ficticio para el lector, es una de las cosas más difíciles de lograr y sin duda le aporta un valor extraordinario a esta novela.

Nada se opone a la noche es la crónica de una vida que conduce a un suicidio, pero también es un ejercicio de buena literatura en el que De Vigan trabaja con dos niveles temporales trenzados con gran habilidad. Por un lado nos cuenta una tragedia familiar que cercenó todas las posibilidades de su madre de que el mundo viese en ella a la mujer excepcional que era y por otro la autora narra la forma como consigue darle forma narrativa a los duros secretos que va descubriendo a medida que investiga el pasado de su progenitora y la fuerza con la que la figura de la madre emerge de entre las imágenes desenfocadas que hasta ahora había tenido de la realidad.

Ante nuestros ojos lectores el boceto se convierte en un gran cuadro de proporciones equilibradas y colores densos y, a pesar de todo, capaces de extraer brillo de su propia oscuridad.

Escribo de Lucile con mis ojos de niña que creció demasiado deprisa, escribo ese misterio que siempre fue ella para mí, a la vez tan presente y tan lejana, ella, que, desde que cumplí diez años, nunca más me cogió en brazos.

La mujer que aparece en la fotografía de la portada es la auténtica protagonista de esta mezcla de amor y memoria con forma de novela: Lucile. La belleza puede ser, también, una condena.

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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