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‘Max Perkins, el editor de libros’, de A. Scott Berg

Leer libros, escuchar a los autores que escriben libros, escribir cartas para aconsejar a los autores, beber martinis entre libro y libro o mientras escuchaba las lamentaciones de autores en crisis de inspiración… a esto dedicó la mayor parte de su tiempo Maxwell Perkins (1884–1947), uno de los editores más importantes de la literatura estadounidense del siglo XX.

La biografía escrita por A. Scott Berg en 1978 y publicada recientemente en España por Rialp se centra en la relación de Perkins con tres de los autores más importantes a los que descubrió: Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y, sobre todo, Thomas Wolfe. El libro se basa principalmente en las miles de cartas que escribió el editor a sus autores y a su amiga y confidente Elizabeth Lemmon para trazar un retrato humano y profesional de una persona que vivió entregada a la literatura sabiendo cuál era el papel que a él le correspondía en ella: ayudar a los autores a sacar lo mejor de ellos mismos. Solía decir que el editor no añade nada a un libro, no crea nada, sino que sirve al autor y, como mucho, “logra que se liberen ciertas fuerzas” y permanece vigilante para que la explosión del genio se ajuste a sus propios límites y a las condiciones de la vida, con una especie de equilibrio entre la inocencia y la madurez, la confianza y el escepticismo. “Un hombre hábil puede lanzar su sombrero al otro lado del despacho y colgarlo del perchero si se limita a hacerlo con naturalidad”, escribió Perkins, “pero fallará siempre que lo intente conscientemente. Sé que es una analogía ridícula y extrema, pero hay algo en ella que apunta a la verdad”.

Dos cosas llaman la atención de esta edición. La primera es que no incluye ninguna fotografía del personaje, algo muy raro en un libro del género biográfico. Para la portada se ha optado por un fotograma de la película interpretada por Colin Firth como Perkins y Jude Law como Wolfe. Aparte del indudable gancho comercial de esta imagen, quizá se ha querido resaltar el carácter narrativo del texto, que alcanza su más alto nivel en el excelente primer capítulo, donde se cuenta la llegada de un Perkins ya celebre a la editorial donde le espera un grupo de estudiantes dispuestos a escuchar sus consejos. El otro aspecto llamativo, aunque este suele ser habitual, es el título: ‘Max Perkins, el editor de libros’, que también se hace un tanto extraño, pues la palabra editor ya remite a la producción de libros y solo parece necesario el matiz cuando se edita otra cosa, revistas o periódicos, por ejemplo. Como siempre ocurre, el título original es más preciso y bonito: ‘Max Perkins: editor de Genius’, que era el apodo con el que se conocía a Thomas Wolfe.

¿Qué opinaría el propio Perkins? Seguramente se hubiera tocado levemente el sombrero, habría dado un sorbo a su martini y durante un rato no habría dicho nada. Después quizá habría sugerido algo que hubiera incitado al autor a darle unas vueltas al título y traer al día siguiente algunas alternativas. Así actuaba cuando trabajaba con las novelas de sus autores, según se cuenta en el libro. Las mejores entre las que publicó, consideradas posteriormente como obras maestras de la literatura universal, fueron fruto de un trabajo durísimo de años, y todas estuvieron a punto de no ser publicadas, bien por la desesperación de sus autores, que se lo jugaban todo en cada una de ellas, bien por las altas exigencias de la editorial para la que trabajaban, la conservadora y comercial Scribner’s. El libro refleja muy bien ese milagro de la gestación de una novela y su azarosa vida pública camino del éxito, el olvido o la posteridad. Se cuenta con pasión los esfuerzos de Perkins por convencer a la editorial para que asuma riesgos (negociando hasta la lista de palabrotas que podían ser aceptables en una novela de Hemingway), su infinita paciencia con la vanidad o las inseguridades de los autores, su decepción ante el fracaso de obras en las que tanto empeño se había puesto. Las conversaciones sobre el proceso de construcción de novelas como ‘Adiós a las armas’, ‘Suave es la noche’ o ‘Del tiempo y el río’ nos llevan a apreciar tanto la inspiración como el trabajo artesanal que hay detrás de ellas y nos ayudan a conocer, y a admirar, a un editor que compartió con sus mejores autores la convicción de que la literatura era “un asunto de vida o muerte”.

Algunos momentos del libro muestran el extraño esplendor de la creación literaria, cuando la fuerza del genio brilla a costa de la vitalidad de sus creadores. Como si en cada gran novela publicada, sus autores, y Perkins con ellos, entregaran un trozo de sus vidas. Destaca entre ellos la intensa y tortuosa relación con Thomas Wolfe, un joven escritor tan genial como caótico, cuyas desbordantes novelas exigieron de Perkins lo mejor de su talento de editor, y cuyo temperamento impulsivo arrastró su amistad por una montaña rusa de emociones. Junto a la muerte de Wolfe, el fracaso de una novela como ‘El gran Gatsby’ (descatalogado a los diez años de su publicación) y la incapacidad de su autor, Scott Fitzgerald, de armonizar su talento, su intensidad vital y la pérdida de la juventud, o las querellas de Hemingway con sus extraños códigos de lealtad y virilidad, son capítulos en los que el don de Perkins para la amistad y la inspiración literaria se vio sometido a la gran prueba de la madurez y la decadencia pues él “transmitía a todos sus autores la sensación de que le interesaban tanto sus trabajos como ellos mismos”.

Pasaba días enteros en su despacho, se tomaba sus martinis en el Ritz, volvía en tren a su casa, donde pasaba los fines de semana leyendo manuscritos enviados por nuevos novelistas, y cada año se le ve más solo. A pesar de que ha alcanzado cierta celebridad, algo que no le gusta y solo a regañadientes acepta que el New Yorker le haga un perfil, y aunque sigue comprometido con la vocación de su vida, en los capítulos finales el personaje aparece rodeado por un aura de melancolía, soledad y tristeza, como si hubiera algo que no ha comprendido o que le hubiera decepcionado, como si hubiera descubierto que, después de todo, ha olvidado la forma de lanzar el sombrero.

LA MARCA DE LA INSPIRACIÓN

“Cada cual ha de dar con su propia forma de escribir, y el lugar donde forjar ese modo personal está muy lejos de la literatura”.

Imagen: Portada de la biografía de Perkins en la edición de Simon & Schuster Ltd; UK, 10 de septiembre de 2013.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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