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Malos tiempos

A mis amigos. A todos.

Corren malos tiempos para la amistad porque su crecimiento es lento y delicado y no vivimos tiempos de lentitud ni delicadezas.

Al amor lo salva el sexo y la imposibilidad de saber cuando surgirá ese destello que nos hará caer irremisiblemente en los brazos del otro. El amor puede nacer de una mirada o de un roce inesperado y puede encontrarse en cualquier lugar al que hayamos llegado por error y al que no pensemos volver nunca más. Y, al principio, avanza sin ayuda. No siempre en la dirección adecuada, en eso estaremos de acuerdo, pero mientras esa mirada, ese roce primigenio, arda, lo cierto es que no necesitará de nada más para sostenerse.

La amistad sin embargo exige nuestra atención a los detalles. No hay flechazo, ni temblor, ni mariposas que la sustenten. Los cimientos de la amistad están formados de admiración y asombro, sí, pero también de evaluación continua de la valía del otro. Y ni siquiera en eso existe una regla fija: para algunos lo decisivo es la generosidad, mientras que para otros la bondad es lo más importante, muchos se encandilan ante el valor, unos pocos valoran la reflexión y la crítica… Todos tenemos una vara de medir diferente, pero todos tenemos una.

Corren malos tiempos para la amistad porque es de las pocas cosas que mejoran con los años y la vejez no es precisamente un valor al alza. El profundo conocimiento mutuo permite la economía de la palabra: los viejos amigos entienden la mirada esquiva, la mueca leve, el ligero temblor y saben cuando callar y cuando seguir hablando, distinguen el momento propicio para tocar la herida y curarla, de ese otro en el que un breve roce nos haría sangrar. La amistad entiende las ganas y las desganas, los gustos y los disgustos, el amor y el desamor… aunque eso da igual, porque entender al otro no es indispensable ni para acompañarlo y ni para quererlo.

Corren malos tiempos para la amistad porque es indestructible y lo que no se puede destruir da miedo.

Es mentira lo que algunos dicen de que si se pierde un amigo por una tontería (las cosas que duelen suelen parecerlo cuando se las observa desde la distancia) es que nunca fue amigo de verdad. Los desafectos no funcionan con retroactividad y uno puede añorar a alguien al que hoy no desea a su lado, pero al que en su día quiso (y por el que se sintió querido). Sin embargo, la amistad tiene una virtud que es un tesoro: su calor dura eternamente. A un amigo no solo se le perdona lo que en su momento dijo, sino también lo que no dijo por miedo a herirte o simplemente a perderte. Y ese perdón no tiene que ir precedido de una disculpa, porque la amistad carece de dramatismo y le basta un “cuánto tiempo…” para retomar la conversación, por más años que hayan pasado desde que creímos haber dicho la última palabra.

Quienes fueron amigos siempre serán sospechosos de traición, porque por más distantes que nos parezcan, sabemos que bastará una señal para que uno vea la parte de razón que encierra el argumento del otro y para que antepongan su afecto a todo lo del otro con lo que no comulga. Como si de una novela se tratase, la amistad sabe que ningún capítulo debe anteponerse a la tensión de la trama principal.

Con un amigo “la conversación siempre se volverá más profunda, incluso si la amistad no lo hace” (*), porque la conversación y la amistad recorren el camino a distinta velocidad. Pero el camino es el mismo… no hay prisa… ¡tiempo habrá!

(*) La mujer singular y la ciudad, de Vivian Gornick

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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