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Lo que fingimos no desear

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paraguas

A cierta edad, un poco por amor propio, un poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.

Marcel Proust.

Nunca me he imaginado a mí misma recogiendo un Óscar, ni colgándome una medalla olímpica, ni siquiera realizando una heroicidad digna de ser reflejada en la portada de un periódico. El mero hecho de verme sometida al escrutinio de cientos de miradas críticas, cuya opinión además no me importa demasiado, me ha hecho siempre preferir la discreción (y la libertad) del anonimato. Sin embargo (sobre todo esas mañanas en las que el cielo amanece cuajado de nubes pero no acaba de arrancarse a llover, aunque sientes que se muere de ganas), a veces voy en el autobús camino del trabajo y, con la cabeza pegada a la ventanilla, me imagino con un vestido muy elegante y alguna joya (uno de esos pares de pendientes en los que de una hilera de brillantes cuelga una enorme perla australiana sería más que suficiente), recogiendo un gran premio literario (el Nobel, por ejemplo). La sala llena de personas en pie, aplaudiendo a rabiar durante mucho rato, como en la ópera (recuerdo especialmente un día en el que yo estaba embarazada y se me hizo eterno el aplauso, porque mi timidez de entonces me impedía ser la primera en sentarse o en dejar de dar palmas, hasta que mi marido me susurró al oído “esto debería ser más que suficiente para cualquier ego, por muy artístico que sea” y guió mi hombro suavemente hacia abajo y nos sentamos).

Supongo que si imagino eso cuando la vida me parece gris, es porque lo deseo, aunque últimamente no encuentre ni las ideas ni las palabras necesarias para contar una historia. No digo esa gracias a la cual me otorgarían el premio de mi vida, digo ninguna historia, ni siquiera una de medio pelo, nada más que cuatro líneas que me sirvieran para alimentar mi sueño unos cuantos viajes más. Se acerca el invierno y esos cielos que me sugieren el vestido de noche y los pendientes van a ser cada vez más frecuentes ¿en qué soñaré entonces? (no quiero ni pensar en volver a los viajes con cascos y podcasts de English as a second language).

Por más que finja que me da igual, pasan los años y deseo lo mismo que deseaba la niña de las trenzas: ser escritora (puede que incluso ser una escritora que no escribe sea suficiente, o deba serlo).

¡Feliz domingo, socios!

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2 Comments

  1. Tu reflexión me ha hecho preguntarme ¿qué deseo? … no me atrevo a escribirlo…

    ¡Feliz semana! y muchos besos

    • Hola Juana ¡qué alegría volver a verte por aquí!
      En realidad, no hace falta que digamos nuestros deseos “en voz alta”, lo importante es que sepamos qué es lo que realmente queremos que atraviese nuestras vidas y se quede en ellas, por el único y simple motivo de que nos hace felices.
      Un abrazo fuerte y gracias por venir.