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La noche en el día

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“… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.”.

El viaje definitivo, en Poemas agrestes. Juan Ramón Jiménez.

A veces la noche se cierne sobre los días, cubriéndolo los objetos con una bruma densa que nos obliga a adivinar los contornos. Es entonces cuando más necesitamos la compañía compasiva (esa que resiste ante el nerviosismo, el malhumor y las ausencias), de los que nos quieren. Asociamos los días oscuros a la muerte y la enfermedad y, sin embargo, no es eso lo que más duele, sino el rencor contenido que se enquista y supura el peor de los humores, ese que degenera en el desamor o en la inquina de los que deberían amarnos.

Las relaciones no llegan al final de repente, sino poco a poco y uno ya sabe que están acabadas mucho antes de que alguien diga “hasta aquí hemos llegado” o simplemente “se acabó”. Pero parece que necesitamos marcar un momento para poder conmemorar lo bueno y lo malo. Hoy hace tantos años que nos casamos, mañana hará tantos que murió fulanito, pasado tantos que rompí con mengano… incluso lo que es inútilmente absurdo rememorar queremos que tenga un día especial para el recuerdo. Tal vez porque somos los únicos seres sobre la tierra que conocemos la inexorabilidad de nuestro destino, necesitamos marcarle a todo un principio y un final, como si deseásemos facilitarle el trabajo a un futuro e hipotético biógrafo.

Lo cierto es que cuando la noche se filtra entre las rendijas del día durante demasiado tiempo (qué tonterías digo ¡el tiempo siempre es demasiado en esos casos!), sopla un viento huracanado que nos zarandea, pero que arrastra consigo todo lo malo: lo antiguo y lo que acabamos de descubrir. No arrastra la pena, ni la soledad que deja incluso un mal amigo, eso sería pedirle demasiado, pero al menos se lleva el dolor de desamores y traiciones del futuro.

Cuando las horas son ceniza y el discurrir de la vida se asemeja a un reloj en el que la arena se precipita con la urgencia del que sabe que se aleja para siempre, solo quedan a nuestro lado, de los buenos, los mejores. Los que se merecen que, cuando el sol vuelva a brillar y la vida se torne de nuevo cálida y lenta, cuando la luz se filtre en nuestra alma e ilumine los más recónditos rincones, cuando la dolorosa hora de la despedida acabe y llegue la de los dulces recuerdos… les dediquemos todas y cada una de nuestras sonrisas.

¡Gracias, J.!

Y aquellos de vosotros que podáis permitíoslo, recordad…

¡Feliz domingo, socios!

Fotografía: Alex Makarenko para Shutterstock

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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