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La mujer singular y la ciudad, de Vivian Gornick

La ciudad es, por supuesto, Nueva York, y este libro es un homenaje a ella y a una forma de estar en sus calles, entre su gente, en su tiempo, bajo el apremio de vivir. En el título original, a ‘The odd woman and the city’ se añade ‘a memoir’, una aclaración del tipo de textos que componen el libro: retazos de recuerdos, escenas cotidianas, conversaciones y reflexiones al hilo de las vivencias de su autora en su ciudad natal. Bajo una aparente levedad y con el ritmo suave de una comedia, se va construyendo una historia que adquiere peso y unidad por el empeño de la autora en dar voz a las personas con las que se encuentra, como una forma de reparar la soledad.

Una de las múltiples voces que pueblan la memoria de Gornick es la de una escritora ya caída en el olvido y sobre la que la narradora dice algo que podría aplicarse a su propia obra, como si en realidad estuviera hablando de su manera de entender la escritura:

“El lector está en la cabeza de una mujer que, en Nueva York, reflexiona, medita, recuerda, tratando de comprender su vida en una prosa que es un reflejo de su mundo interior: libre, intermitente, propensa a la ensoñación”.

Así pues, acompañamos a la narradora en sus paseos por la ciudad, en sus conversaciones de café, en sus encuentros fortuitos con viejos amigos o con desconocidos y en los recuerdos que sirven para hacer recapitulación de su ya larga vida, con severidad consigo misma, con humildad, sin ápice de arrogancia, desde la perplejidad de “ser tan vieja y tener tan poca información”.

La soledad está presente en toda la historia, pues es ella, como se dice, el gran conflicto de nuestro tiempo en la gran ciudad. Una soledad que provoca angustia y que, sin embargo, “inexplicablemente nos negamos a renunciar a ella”. Este matiz es importante porque es desde la elegida singularidad de donde surge la fuerza de la visión de Gornick y lo que a mí, como lector, me ha cautivado, sin entenderlo del todo, incluso en algunos momentos desde el rechazo.

Todas las historias tienen en el fondo ese enfrentamiento con la soledad. “Uno se siente solo por la ausencia del otro idealizado, pero en la soledad útil yo estoy aquí, haciéndome compañía imaginaria, insuflando vida en el silencio, llenando la habitación con pruebas de mi propio ser sensitivo”. Y a pesar de ese reconocimiento de lo poco que se llega a saber, ¡cuánta sabiduría hay en su motivación para seguir adelante sin desfallecer, sin dejar de estar expectante ante la vida, en el medio del camino, como “una inteligencia atrapada en dolor”!

Inteligencia y sensibilidad, por lo tanto, para ajustarse al ritmo de la ciudad pues es en él donde ella ha encontrado su vitalidad, su forma de estar en el mundo:

“La calle no para de moverse, y es imposible que no te guste el movimiento. Tienes que encontrar la composición del ritmo, escribir la historia a partir del movimiento, comprender y no lamentar que el poder del impulso narrativo sea frágil, aunque infinito”.

La escritura frágil e infinita, como la conversación, como la amistad, el gran tema de este libro desde su primer frase, cuando al narrar en presente su encuentro con su amigo Leonard está invitando al lector a compartir con ellos los “momentos del ser” de los que hablaba Virginia Woolf y que, para ella, más allá de la soledad y del desamor, se dan en la amistad.

Con esos encuentros asiduos se va construyendo el personaje de Leonard, que da pie a las situaciones más divertidas del libro, por su ingenio, las más melancólicas, por su escepticismo, y también a las reflexiones más serias porque, en su prolongada relación con él, la narradora descubre “la paradoja de la naturaleza” que significa la amistad, como si fuera un lugar vivo que se crea en medio del aislamiento, la soledad y el egoísmo. Como algo que naciera a pesar de sí mismo, tuviera vida propia, se alimentara por su cuenta y nosotros solo tuviéramos que reconocerlo o solo pudiéramos hacerlo cuando nos aventuramos hacia la frontera de nosotros mismos. Porque es de la soledad, a la que mitiga, de donde nace la amistad. “Lo que somos, de hecho, es un par de viajeros solitarios que avanzan con esfuerzo por el territorio de sus vidas, y que de vez en cuando se encuentran en el límite más alejado para intercambiar noticias sobre el estado de las fronteras”. Por eso es frágil e infinito. Por eso dice:

“La conversación siempre se volverá más profunda, incluso si la amistad no lo hace”.

SOBRE LA AUTORA

‘La mujer singular y la ciudad’ es la continuación de ‘Apegos feroces’, ambos publicados con treinta años de distancia, pues la primera parte es de los años 80, cuando Vivian Gornick (Nueva York, 1935) ya era una reconocida periodista, ensayista, crítica literaria y feminista. Sexto Piso es la editorial que ha rescatado a esta autora con estas dos obras traducidas por Raquel Vicedo y Daniel Ramos. Como escritora reivindica la ficción autobiográfica. Su literatura surge de su propia vida y ella, convertida en personaje, ocupa el centro de la trama. La 2 le hizo una entrevista en su programa Página Dos en la que, además de hablar del feminismo y de aclarar el significado de la expresión ‘mujer singular’, explica el sentido de la “narrativa personal” que ella practica, su relación con la intimidad y cómo el relato de la propia vida se convierte en literatura: “Lo importante es que tengo una idea de hacia dónde ir, esa idea me da confianza, me permite decir cualquier cosa, porque sé que está al servicio de algo más grande que una confesión; no siento que me esté confesando, o que me esté exponiendo o que sea demasiado íntimo, sé que estoy usando esas cosas para conseguir algo superior, siempre trato de encontrarles un sentido más amplio a las cosas de las que hablo, y eso me da el coraje necesario”. En su ensayo ‘Escribir narrativa personal‘ (Paidós, 2003), añade: “Todo texto narrativo debe extraer de la materia prima de la vida un relato que modele la experiencia, transforme la realidad y aporte un poco de sabiduría”.

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