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La muerte en Venecia

Venecia

Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado que aún soportamos. Y si lo admiramos es porque en su calma desdeña destruirnos.

Elegías de Duino. Rainer María Rilke.

Si la semana pasada la pasé en Nápoles, esta lo he hecho en Venecia. Las buenas novelas tienen un problema: casi todo lo que lees después parece peor de lo que en realidad es, por eso, tras la tetralogía de Ferrante, decidí no arriesgar y hacer algo que tenía en mente desde que ordené por última vez la biblioteca y me topé con un ejemplar: releer “La muerte en Venecia” de Thomas Mann. Sin duda, la decisión fue acertada.

“La muerte en Venecia” es una novela breve, con una trama lineal y, por tanto, debería ser sencilla de leer, pero Mann fue llenándola de los elementos simbólicos propios de las vanguardias literarias que empezaban a imponerse –él, que fue uno de los máximos exponentes del realismo literario- y la emparentó con la filosofía platónica hasta tal punto, que acabó convertida en un enigma del que cada persona, e incluso uno mismo, según el momento de su vida en el que la lea, hace distintas interpretaciones. Se trata sin duda de una obra fascinante y exquisita, que con cada nueva lectura nos depara una sorpresa, siempre agradable.

La novela, publicada en 1912, es una aproximación narrativa al ocaso de la vida del protagonista, un escritor llamado Gustav von Aschenbach, en el que el propio Mann confesó verse reflejado.

Yo la leí por primera vez demasiado joven y entonces reconozco que me pareció bella pero decadente en exceso y, sobre todo, triste. La releo ahora y todo eso sigue ahí, pero la concentración de la esencia es mucho más potente que entonces, la tristeza, la decadencia y especialmente la belleza, adquieren tanta intensidad, ahora que yo también estoy, si no en el ocaso, sí en el atardecer de mi vida, que duelen.

Nada en la historia se debe al azar, empezando por el nombre del protagonista, a quien Mann llamó Gustav en homenaje a Mahler (sin duda un gran acierto de la adaptación cinematográfica que hizo Visconti en 1971, fue escoger la música de Mahler para la banda sonora) y cuyo apellido en alemán significa literalmente “arroyo de ceniza”, es decir, lo que queda de nosotros tras la muerte, la ceniza con la que la religión católica invoca, en cuaresma, la penitencia que exculpará el pecado.

La trama carece de misterio y prácticamente se desvela en su título, pero el relato se vuelve tan denso a medida que avanza y está escrito de una forma tan magistral, que llega a parecer misterioso, en tanto en cuanto el misterio que envuelve a las personas, favorece su idealización y el relato, más que del amor, en mi opinión, trata sobre la idealización de la belleza.

En la novela hay prácticamente un único personaje, descrito hasta en sus aspectos más banales, al que acompañamos desde la Alemania en la que se siente un escritor importante –dónde solo él sabe que ha empezado su decadencia-, y una persona formalmente correcta, digna, sin las veleidades de la bohemia artística, hasta sus atardeceres languideciendo en una tumbona del Lido veneciano, herido de una muerte no solo física -de un mal invisible, que habita el aire del lugar-, sino también espiritual, corrompido por la decadencia que emana de la ciudad y sus visitantes. Pero sobre todo, la enfermedad de Gustav von Aschenbach está encarnada en la belleza inaprehensible que encarna el joven Tadzio, y que, una vez más, siguiendo la tradición de la ética cristiana, sitúa al protagonista en el camino que conduce al infierno.

“Gustav Aschenbach era el poeta de todos los que trabajan al borde de la extenuación, curvados bajo una excesiva carga, exhaustos, pero aún erguidos; de todos esos moralistas del esfuerzo que, endebles de constitución y escasos de medios, logran, al menos por un tiempo, producir una cierta impresión de grandeza a fuerza de administrarse sabiamente y someter su voluntad a una especie de éxtasis.”

Todavía hay autores que insisten en que la novela tiene mucho de autobiográfica, que es una mirada irónica que Mann hizo sobre sí mismo como personaje público que era. Yo no lo veo así. Es indiscutible que todo autor deja un rastro sobre sus personajes, pero un autor de ficción siempre hace eso: inventar. Inventa incluso cuando escribe su propia biografía, ¡cúanto más no lo hará cuando el relato, por más puntos de contacto con sus propias vivencias que tenga, no es manifiestamente autobiográfico! Además, Aschernbach no pretende ser otra cosa que un prototipo del artista burgués, consagrado y un tanto envanecido, de la época. Por supuesto que podemos ver en él a Mann, pero también a muchos de sus coetáneos.

Pero siguiendo con la novela, nuestro protagonista decide –debido a un incidente que ocurre curiosamente en un cementerio- darse un respiro y tomarse unas semanas de vacaciones, sin sobresaltos, nada de selvas exóticas, solo un hotel lujoso, un mar en calma, el disfrute del simple placer de abandonarse a los sentidos.

No quiero decir más, prefiero que cada uno saque sus propias conclusiones, pero evidentemente el viaje acaba siendo un paseo hacia el abismo y ese paseo lo realiza el protagonista, por supuesto, a través de un amor que primero justifica con su sensibilidad artística, y con ayuda de los filósofos griegos, pero que pronto lo sume en un tumulto de emociones que pasan por el descubrimiento de la propia identidad.

“Porque la Belleza, Fedro, tenlo muy presente, sólo la Belleza es a la vez visible y divina, y por ello también el camino de lo sensible es, mi pequeño Fedro, el camino del artista hacia el espíritu.”

Para algunos “La muerte en Venecia” será una novela sobre la pérdida de la juventud, para otros representará un análisis exhaustivo de la decadencia artística y cultural de la Europa de la época, algunos se sentirán golpeados por la lucha interior del protagonista y por su entrega total a la belleza… Las interpretaciones que pueden sacarse de su lectura son prácticamente infinitas, pero creo que hay algo en lo que todos estaremos de acuerdo: “La muerte en Venecia” es una obra maestra.

EL AUTOR

Thomas-MannPaul Thomas Mann nació el 6 de junio de 1875 en Lubeck (Alemania) en el seno de una acaudalada familia, dedicada al comercio. Hijo de padre alemán y madre brasileña, trabajó en una compañía de seguros antes de dedicarse por entero a la literatura, primero como crítico literario y luego publicando sus propios artículos y relatos cortos en diferentes revistas.

Casado con la hija de un matemático judío, emigró y fue despojado de su nacionalidad alemana, con el ascenso al poder de Hitler, obteniendo la nacionalidad estadounidense en 1944 y trasladándose posteriormente a Suiza, donde murió a los 80 años.

Algunas de sus novelas más importantes son “Los Buddenbrook” (1901), “Muerte En Venecia” (1912), “La Montaña Mágica” (1924), “Carlota En Weimar” (1939) y “Doctor Faustus” (1947).

En el año 1929 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.

 

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