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Júlia

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Amad el arte, entre todas las mentiras es la menos mentirosa.

Gustave Flaubert.

Todos tenemos zonas de sombra, enigmas que no deseamos que nadie descubra y que solo revelamos a unos pocos. A veces, guardamos nuestros secretos en lugares tan profundos que ni siquiera nosotros, si dejamos pasar demasiado tiempo, nos atrevemos a buscarlos. Para ayudarnos a hacerlo es para lo que está el arte.

Escribir, pintar, no tienen porqué ser contar, pueden también ser mantenerse en silencio, quedarse en la penumbra, dejar que los demás intuyan y a la vez impedir que alcancen la certeza de conocer toda la historia. El lector y el espectador imaginan lo que el otro no dice y, para que todo encaje, se inspiran en los recuerdos que guardan en esa sima a la que solo se atreven a acercarse de la mano de un desconocido.

El arte, como la vida, tampoco tiene porqué sorprender. Resultar, a los ojos de otro, brillante e inesperado es casi, casi, un milagro. Mantener la frescura y la gracia ante quien te ha visto tantas veces es un dificilísimo empeño de titanes. Y sin embargo, es a lo que aspiramos los que experimentamos de manera simultánea la madurez que nos permite –por fin- aceptarnos tal como somos y la melancolía de saber que esa forma sutil de felicidad solo la hallamos a medida que avanzamos por el camino que conduce hacia la muerte.

Esta semana, tras mirar a Júlia Peraire con los ojos de Ramón Casas, traspasé las puertas del Círculo del Liceo con la sensación de haber comprendido a un artista. Deben de ser muchos los que han sentido eso tras ver la exposición y todos creerán lo mismo, aunque posiblemente todos estemos, en mayor o menor medida, equivocados.

Mientras el guía insistía en explicarnos, no solo los misterios del proceso pictórico, sino la historia sentimental del artista y su musa, J. y yo nos deslizábamos entre casi una cincuentena de Julias que se exponían, burlonas, en el lugar que mejor representa la Barcelona que ella más despreció.

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¿Pero y Casas? La historia sigue explicando el dominio que ejerció Julia sobre su juicio, pero La Sargantain fue pintada para un concurso que incluía la compra del cuadro por el Círculo del Liceo y él, que conocía como nadie ese ambiente, plasmó en sus ojos la mirada cargada de superioridad moral con la que ella, en una magnífica pirueta, observa al observador. Porque en ese cuadro es la figura pintada la que lleva las riendas, por mucho que tú habites el mundo real y ella no sea más que una imagen atrapada en un lienzo, es Júlia la que manda. El guía la describe como cree que era, pero yo pienso que, aunque en lo que él dice haya parte de verdad, fue Casas quien decidió la postura displicente, quien pintó sus manos como amenazantes garras, quien al trazar el pliegue del vestido sobre su sexo, mostró sus poderes.

Contemplo a la bellísima adolescente de los primeros retratos y casi puedo ver la condescendencia con la que los liceístas debieron juzgarla. La inocencia es flor de un día, la ingenuidad no da miedo. El clasismo, como todas las discriminaciones, conlleva cierto grado de estupidez que acaba pasándole factura.

Más tarde acabaron temiendo a la Júlia adulta y odiando la facilidad con la que La Sargantain les ignora. Pero ¿y si la Júlia que todos creían conocer, fue solo una invención de Ramón Casas? después de todo, él decidió lo que íbamos a saber sobre ella, él la ocultó bajo otros nombres y solo en uno de los lienzos aparece como ella misma, en una escena cotidiana. No se le ve la cara, no está situada en el centro, no es más que una figura abrazando un perrito.

No sabía nada de Júlia Peraire antes de esta exposición que lleva su nombre y tengo la sensación de que, tras ella sigo sin saberlo. De quien creo que sé bastante más de lo que sabía, es de Ramón Casas.

¡Feliz domingo, socios!

Júlia, el desig.

Julia, el deseo de Ramón Casas.

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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