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Gretel en el columpio

The new novel (detail) Su hermana le enseñó a confiar en las cosas que imaginaba. Consideraba que ciertos momentos del día o lugares eran propicios a la aparición de lo invisible. Él adoptó la costumbre de salir a caminar cuando la ciudad estaba todavía dormida. El sábado muy temprano era uno de esos días.

Tras enfilar por un sendero que lleva a la zona principal del parque ha visto a un niña sentada en los columpios de madera. Está cabizbaja y no se columpia, solo mueve un poco las cadenas que sujetan el asiento para trazar dibujos en la tierra con la punta del pie. Lleva falda y calcetines hasta la rodilla, y junto a una de las patas del columpio ha dejado su cartera, como si se hubiera perdido al salir de clase. Él no ve a nadie más en el parque. El pez de la fuente mira hacia el cielo con la boca abierta, pero sin expulsar agua, como si lo que saliera por su boca fuera un grito de silencio que enmudeciera el parque.

Cada vez que pasa por allí recuerda cuánto le gustaba a su hermana ir a pescar. Aunque él era demasiado pequeño para manejar la caña, ella hacía que la acompañara para tener así con quien hablar. Tardaban mucho en llegar a la balsa cargados como iban, y a veces se les hacía de noche a la vuelta. En una de aquellas ocasiones se perdieron, aunque él no llegó a darse cuenta. Su hermana le decía que mientras escucharan el rumor del agua no se desorientaría y sabría cómo volver a casa. Nunca le dijo que en realidad lo que oían era el viento que atravesaba los árboles.

Desde ese día, sobre todo desde que perdió a su hermana, cada vez que se sentía desorientado, como esa mañana fría de sábado, salía en busca de un parque o de una fuente. El agua o el viento le devolvían su voz y lo que decían tenía el poder de hacerle ver las cosas con la misma confianza de aquellas excursiones al río. Ahora, en el silencio del sábado, el pez le mira, sin embargo, con expresión burlona, instantes antes de arrojar por la boca una cristalina bocanada de agua. Entonces, la niña salta del columpio, recoge su cartera y corre sendero abajo.

Imagen: Winslow Homer (1836-1910). The New Novel (detalle), 1877.

Artículo publicado el 30 de abril de 2015 en el periódico La Opinión de Murcia.

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