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Filósofos

Máscaras

La voluntad es más bien una manera de ser con respecto a ella: decreta que la prosecución de esos fines será reflexiva y deliberada. La pasión puede poner los mismos fines. Puede, por ejemplo, ante una amenaza, huir a todo correr, por miedo de morir. Este hecho pasional no deja de poner implícitamente como fin supremo el valor de la vida. Otro comprenderá, al contrarío, que es preciso permanecer en el sitio, aun cuando la resistencia parezca al comienzo más peligrosa que la huida: “se hará fuerte”. Pero su objetivo, aunque mejor comprendido y explícitamente puesto, es el mismo que en el caso de la reacción emocional: simplemente, los medios para alcanzarlo están más claramente concebidos; unos de ellos se rechazan como dudosos o ineficaces, los otros son organizados con más solidez. La diferencia recae aquí sobre la elección de los medios y sobre el grado de reflexión y explicación, no sobre el fin. Empero, al fugitivo se le dice “pasional”, y reservamos el calificativo de “voluntario” para el hombre que resiste. Se trata, pues, de una diferencia de acritud subjetiva con relación a un fin trascendente. Pero, si no queremos caer en el error que denunciábamos antes, considerando esos fines trascendentes como prehumanos y como un límite a priori de nuestra trascendencia, nos vemos obligados a reconocer que son la proyección temporalizadora de nuestra libertad. La realidad humana no puede recibir sus fines, como hemos visto, ni de afuera ni de una pretendida “naturaleza” interior. Ella los elige, y, por esta elección misma, les confiere una existencia trascendente como límite externo de sus proyectos.

El ser y la nada. Jean Paul Sartre.

He vuelto a leer despacio, un sorbo de té, otro de palabras. Hacía mucho tiempo que no practicaba ese tipo de lectura con lápiz que tanto me gusta, donde la lentitud le da tiempo a la emoción de discutir con la verdad analítica. Leo pensando. Otra vez. Por fin.

Me abstraigo en el texto, pero el prodigio se da luego: dedico mi recuerdo más nítido no a lo que intuyo que el autor pretendía decirme, sino a lo que me dije a mí misma mientras leía.

Miro el libro, envejecido prematuramente por los viajes en el bolso descuidadamente repleto, por las esquinas apresuradamente dobladas al llegar al destino, por los subrayados compulsivos, por la torpeza con la que giré las páginas que releí las veces que hizo falta hasta entenderlas. Lo que veo ante mí, como deslumbrantes letreros de neón, son las preguntas que me hice, los quizás, los porqué no, las dudas; todo aquello que estaba dormido y el texto resucitó.

Desconozco la razón por la que lo ha hecho ahora, pero la lectura con conciencia ha regresado a mi vida. No es una visita cómoda, porque te obliga a enfrentarte a tus fantasmas, a quitarte las -íntimas, protectoras, calmantes…- máscaras, a ir un paso más allá de lo que creías poder sumergirte en tu propia profundidad.

En el peor momento, en una sociedad anestesiada por dogmas y consignas, cuando cuestionar se considera casi una traición, han vuelto a mi vida los filósofos ¡y me encanta!

¡Feliz domingo, socios!

Fotografía: E.A.

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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