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El último refugio

ZornAl fondo de la calle las copas redondas de los naranjos flotaban entre la niebla como sombras encantadas. Esa es la impresión que me daban en invierno cuando caminaba de buena mañana pegado al muro antes de llegar a la pequeña plaza donde estaba la biblioteca. El hielo, a veces la nieve, cubría los arbustos alineados a lo lago de la verja de la biblioteca y a mí me daba la sensación de que allí, en ese rincón de la ciudad, el frío llegaba con menos fuerza, como si fuera solo parte de un decorado.

Al entrar me encontraba siempre con una mujer que estaba tan integrada en la biblioteca que parecía vivir allí mismo. Debía de tener unos sesenta años y era muy hermosa. Hablé con ella muchas veces, cuando hacíamos un descanso para tomar un café a media tarde, y su recuerdo permanece en mí muy vivo, como si yo fuera un personaje más de las historias que me contó. O quizá la recuerde tan bien porque los dos utilizábamos la biblioteca como un refugio. Lo que nos unió fue que ambos habíamos perdido algo: esa energía pura y natural que fluye como un manantial en nuestro interior y nos hace vivir cuando todavía la vida no nos ha decepcionado. Yo era mucho más joven y logré escapar de la biblioteca, en parte gracias a ella, espantado ante la contemplación de su belleza sin luz interior.

Ella, según me contó, era víctima de su propia felicidad. Había vivido un amor perfecto y nunca pudo sobreponerse a su pérdida. Ya no esperaba nada: solo dentro de la biblioteca encontraba algo parecido a la vida que añoraba. ¿Por qué el amor, que nos da la posibilidad de conocer lo más bello, acaba convirtiéndose en nuestro peor enemigo? Esa pregunta sin respuesta es lo que había aprendido de la vida. ¿Y qué le enseñan los libros?, le pregunté una tarde en el café. Con una mano borró el vaho de la ventana y su pelo gris captó reflejos de las luces navideñas. “Nos enseñan lo más difícil: a olvidar… y a perdonarnos a nosotros mismos”, contestó. Entonces sacó un libro del bolso, lo abrió y al inclinarse sobre él su rostro se iluminó levemente como si detrás de sus párpados cubiertos de pequeñas arrugas se librara una interminable batalla contra el olvido.

Imagen: Detalle de un retrato, de Anders Zorn (1860 – 1920)

Artículo publicado el 10 de diciembre de 2015 en el periódico La Opinión de Murcia.

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