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El lucero del alba

Luna

Años más tarde comprendí que lo que había cautivado mi mirada no había sido su figura, sino sus posturas y sus movimientos. Durante un tiempo, cada vez que tenía novia le pedía que se pusiera medias, pero no me apetecía explicar el motivo de mi ruego, revelar el enigma de aquel encuentro entre la cocina y el pasillo. Así, todas entendieron mi ruego como un capricho, una afición a la ropa interior picante, una extravagancia erótica, y cuando complacían mi deseo, se deshacían en poses coquetas. Y no era eso lo que había cautivado mi mirada. Ella no posaba, no coqueteaba. Tampoco recuerdo que lo hiciera ninguna otra vez. Recuerdo que su cuerpo, sus posturas y sus movimientos me parecían a veces torpes. No es que fuera torpe. Más bien parecía que se recogiera en el interior de su cuerpo, que lo abandonara a sí mismo y a su propio ritmo pausado, indiferente a los mandatos de la cabeza, y olvidara el mundo exterior. Fue ese mismo olvido del mundo lo que vi en sus posturas y movimientos al ponerse las medias. Pero entonces no era torpe, sino fluida, graciosa, seductora; una seducción que no emanaba de los pechos, las piernas y las nalgas, sino que era una invitación a olvidar el mundo dentro del cuerpo.

El lector. Bernhard Schlink.

Hay veces en las que la vida parece una carrera de obstáculos que uno supera como buenamente puede: esquivando los que se dejan, cogiendo carrerilla y saltando los de apariencia más pequeña, intentando superar a base de corazón aquellos en los que la razón se estrella o renunciando a los que prometen un logro seguro, pero acarrean un coste emocional que no estamos dispuestos a pagar.

Esta semana alguien me envió una nota que me recordó un pasado en el que abundaron estos últimos y me avergüenza decir que no a todos fui capaz de renunciar. El coste que tuve que pagar lo conozco ahora, que ya lo he dejado atrás (aunque de todo hubo y aprendí lo indecible, porque uno siempre se esfuerza más en analizar las pequeñas derrotas cotidianas, las otras, las derrotas apoteósicas, las que pueden aniquilarnos, están reservadas para los ganadores natos). Lejos queda ya el deslumbrante mundo de las suplantaciones, de las muchas apariencias imaginarias del yo que convivieron unas con otras, separadas por una línea tan delgada que llegó a hacerse permeable a la luz de manera que se intuían y se asombraban o se asustaban entre ellas. Nada quedó de aquello salvo la necesidad de reencontrarme con quien era antes de tanto trompeteo vano.

Y por fin esta semana me he dado cuenta de que las cosas estaban cambiando. He vuelto a saborear placeres antiguos: encerrarme en el estudio a escribir, leer en compañía, encender velas de colores, cocinar al atardecer, empezar una labor de punto, ver películas en familia, tapados con la misma enorme y vieja manta, mientras nos pasamos el bol de palomitas; contar y escuchar historias mil veces contadas y escuchadas… Y, lo que me da más esperanza, subir a las almenas poco antes de la madrugada para, a pesar de todo, si hay suerte, ver el lucero del alba… o intentarlo, que a veces, con eso es suficiente.

Desconozco si queda algo que valga la pena salvar de aquel pasado que ahora me parece brumoso. He estado a punto de descifrar el enigma esta semana, pero no ha habido suerte y tendré que esperar. De un modo u otro, pronto lo sabré, aunque me da que va a ser que sí.

Ya os contaré…

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El fragmento de hoy es especial. Intento que os entren ganas de leer esa gran novela sobre la vida, el amor, el perdón y la redención, que muchos ya no leen porque han visto la película y creen, ingenuos, saberlo todo. No es verdad que una imagen valga más que mil palabras, al menos no lo es en este caso. Esta semana he iniciado una nueva lista en mi libreta de listas, se titula “Relecturas” y “El lector” la encabeza.

¡Feliz domingo, socios!

 

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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