Pages Navigation Menu

El cuaderno

0 Flares Twitter 0 Facebook 0 Pin It Share 0 Google+ 0 Email -- 0 Flares ×

[…] Nos olvidamos muy pronto las cosas que pensamos que nunca podríamos olvidar.[…]

Los que sueñan el sueño dorado. Joan Didion.

Llevo en el bolso, siempre, pero siempre, siempre, un cuaderno de notas y una bolsita con, a saber, un portaminas del 0,7, un bolígrafo, una pluma, recambios para todos ellos y una de esas gomas que parecen un lápiz retráctil. Nunca salgo de casa sin el cuaderno y la bolsita y sin embargo pocas veces los utilizo. Pero en ocasiones sí anoto cosas que, al cabo de algún tiempo (que puede medirse en semanas, en meses o en años), me obligan a recordar un momento que en su día significó algo para mí.

Ayer hice limpieza en los cajones de mi escritorio y tropecé con una libreta pequeña con un mapa dibujado en la tapa. En las primeras páginas, con rotulador verde, había escrito “- Sí, eso ya me lo contaste ayer… ¿pero al final te llamó o qué?… ¿de verdad?… ¡no me lo puedo creer!” y luego, un poco más abajo, “el displicente y altivo rostro que ofrecía al mundo ocultaba algo; la mayor parte de las poses estudiadas ocultan algo.”

Y es que los cuadernos de notas acaban siendo un lío, se apuntan cosas que no tienen que ver unas con otras y que luego es casi imposible situar en el tiempo y en el espacio en el que sucedieron. ¿Qué podían tener en común un retazo de lo que parece una conversación telefónica entre adolescentes y la descripción que Nick Carraway hace de Jordan Baker? Seguí revolviendo entre las hojas del cuadernito y de él cayó un ticket de la cafetería y bastaron dos “thé” para que me viese a mí misma en el aeropuerto, regresando de París y luego en el avión, leyendo una edición, bastante mala si no me falla la memoria, de El Gran Gatsby.

Dicho esto, queda claro que llevar instrumentos de escritura en el bolso es un hábito que no tiene más utilidad que, por ejemplo, hacer sudokus, porque acaban siendo un batiburrillo de frases inconexas, carentes de sentido y que solo sirven -si es que sirven para algo- para entrenar la memoria. El hecho de sacar una de ellas y anotar algo no nos hace parecer ni siquiera “culturalmente interesantes” a los ojos de quien nos ve hacerlo y la prueba de que registrar la realidad está perdiendo prestigio es que ya no se ve a nadie sentado en la terraza de un bar o en una estación de metro garabateando frases en un papel. Y sin embargo, en contadas pero preciosas ocasiones, esas libretitas son el lugar de donde brotan las ideas. Aunque muchos no sean capaces de creerlo y aunque usarlas parezca una pose estudiada.

¡Feliz domingo, socios!

Quizás también te guste leer:

Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

  • facebook
  • twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *