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El ángel

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angel

 

…una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.
Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.
¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?

El ángel que nos mira. Thomas Wolfe.

Esta ha sido una semana que imaginaba llena de actividad y ha quedado reducida a pocas cosas, aunque una de ellas ha sido una lectura bellísima y otra la visión de una película sobre un viejo tema en el que, siempre que me toca discutir, me quedo sola: la importancia del editor de libros. Incluso el personaje que interpreta Colin Firth (aviso para navegantes: otro Óscar le está esperando), se plantea en la película si no estará desvirtuando el texto, si su celo no perjudicará la obra de los grandes escritores a los que ayuda a vender libros; es decir, él sabe que es bueno para el autor, pero no está tan seguro de serlo para las novelas.

Por cierto, es curioso lo que ha pasado con esa película, que pretendiendo ser una biografía de Thomas Wolfe -de ahí que en versión original se titule “Genius”-, ha acabado siendo una historia sobre Max Perkins, su editor -por eso, en esta ocasión y sin que sirva de precedente, el título que se le ha dado en español me parece más acertado que el original-. Otra cosa que me ha gustado de la película es cómo trata la figura de Francis Scott Fitzgerald, muy lejos del tópico de la borrachera perenne con la que siempre lo representan. Por ver a Fitzgerald, sobrio, sufriendo por lo mucho que cuesta imaginar palabras hermosas cuando la amargura llena toda tu vida, vale la pena pagar la entrada. Por ver a Wolfe envuelto en esa fiebre creadora, capaz de generar miles de páginas con la facilidad con la que otro redactaría una triste carta de agradecimiento, también. Pero la mejor escena, en mi opinión, es esa en la que el editor lee un texto precioso y le dice a Wolfe que debe recortarlo: esto es redundante, esto es un tópico, esto no tiene nada que ver con lo que le interesa resaltar… “¿No le gusta?” pregunta Wolfe, “Naturalmente que me gusta, usted sabe que no es eso” contesta Perkins. Recuerdo que pensé que aquel párrafo era inmejorable, que no le sobraba absolutamente nada, que Wolfe tenía razón cuando se retorcía defendiendo que permaneciese igual. La escena continua con Wolfe luchando por no saber qué eliminar y acaba con la lectura del nuevo párrafo que ha quedado reducido a unas pocas lineas y que, sorprendentemente, es mucho mejor que el primero. Todo buen escritor necesita de un editor al que respete lo suficiente como para permitir que le ayude a mejorar su obra. La mirada del otro, cuando es la de alguien que conoce lo que nos conviene, siempre nos hace mejores.

Ha sido una semana en la que el presente se ha impuesto como lo que es: la única ocasión real que tenemos de pensar, aprender y cambiar; lo ha hecho de un modo amable, pero decidido: con este llevo ya tres resfriados en lo que va de otoño. Lo que habían de ser días de vacaciones, han sido días de descanso y, una vez pasados, creo que cabe la posibilidad de que fuese justamente eso lo que yo necesitaba sin saberlo.

El resfriado, el ángel… vete tú a saber…

¡Feliz domingo, socios!

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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