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Dulcedumbre

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Pou

“Cuando nos sentimos débiles le atribuimos significado a las cosas, por eso clavamos en el corcho del despacho un dibujo de nuestros hijos o ponemos sobre la mesa una fotografía de las vacaciones. No es por hacer que el espacio se vuelva hospitalario, sino por recordar que somos, también, personas fuertes (es decir, felices). No es lo mismo una flor comprada por mí que otra que, cuando la miro, me dice que alguien, aunque sólo fuese durante un instante, me quiso lo suficiente como para detenerse a contemplarla, a olerla, a comprarla o a robarla para mí… Cuanto más solo estás más necesitas que los objetos estén asociados a un recuerdo. En brazos de la persona amada se necesita poca cosa.”

De la carta a un amigo. FCO

Ayer por la tarde estuve ordenando unas cajas con fotografías antiguas y objetos que en su día guardé, pensando probablemente que podrían ayudarme en el futuro a recordar cosas que creí que no debía olvidar, o simplemente a sujetarme a la vida cuando me sintiese débil. Una de ellas era una libreta con las tapas de cartón rojizo, llena de frases escritas a mano, que acababa con esta (que escribí en una carta para un amigo, pero que ahora no recuerdo si también publiqué en el blog). En todo caso, pasó hace tiempo, cuando yo me pensaba que tocar los objetos de alguien era como tenerlo cerca. Ahora sé que puede ser todo lo contrario y esos objetos adquieren valor a medida que el recuerdo del otro se adelgaza y se diluye en el tiempo.

Nos pasamos la vida como Pulgarcito, dejando miguitas de pan por el camino para poder regresar al hogar cuando nos haga falta. Aquellas cajas estaban llenas de ellas y a veces creo que el objeto de mi vida es ese: llenar cajas con recuerdos que hagan del mundo un lugar seguro para los que vengan detrás de mí, incluido mi yo del futuro, la anciana de las manos marchitas, con el dorso plagado de pequeñas manchas de color café con leche y azulonas y prominentes venas. Esas manos (si es que me gano tenerlas) necesitarán tocar el primer zapatito de mi hijo, el que un día estuve a punto de convertir en escultura de bronce (pero desistí, por si la felpa que recubría el cuero por dentro era capaz de conservar, milagrosamente, su olor y su calor infantiles) o el botón de nácar de aquella blusa que me compré con mi primer sueldo en una tienda cuyos precios no podía permitirme, pero me permití, y que ahora me recuerda a una chica ingenua que creyó que la juventud duraría siempre o, al menos, duraría más.

Lo que guardamos dice más de nosotros que lo que desechamos. Por más que cuando alguien desea conocer los secretos de otro urge en su basura, son cajas como las que yo ordené ayer las que dan cuenta de con qué mimbres hemos decidido tejer nuestras vidas. Los míos deben estar hechos de palabras, porque había muchas escondidas entre las fotografías con esquinas gastadas y los objetos ajados por el tiempo.

“Fingiendo realidades
con sombra vana,
delante del Deseo
va la Esperanza.”

Esto estaba escrito con tinta verde en un trozo de papel arrancado de una libreta, que conservaba la marca de los orificios por donde una vez pasó una espiral metálica. Es de Gustavo Adolfo Bécquer, y por algún desconocido motivo, descarté escribir el final: “Y sus mentiras / como el Fénix / renacen de sus cenizas”

Las mentiras nunca me gustaron (excepto cuando van de la mano de la ficción), tal vez por eso no escribí esa parte del poema. Todos necesitamos escondernos en un lugar al que no puedan llegar los mentirosos. Un sitio donde nada sea trivial ni frívolo. Un refugio en el que todo lo que se diga sea secreto y cierto. Un hogar.

“Dulcedumbre”

Esta vez la palabra estaba mecanografiada en una etiqueta enganchada en una caja azul llena de regalos infantiles: un collar de macarrones, una flor de alambre, un post-it que decía “Mamá, te quiero mucho”, una bandejita de cerámica sin cocer con mi nombre grabado con un punzón…

Ayer me puse a hacer limpieza y me topé con las famosas cajas que me definen como persona, y no tiré nada, y las lágrimas cayeron como estrellas fugaces y me limpiaron el alma, que quedó reluciente, como los chorros del oro.

¡Feliz domingo, socios!

 

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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