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Cuatro mujeres en el paraíso

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Es algo maravilloso esto de progresar en el amor. Quizá tú sepas de alguna otra cosa en el mundo que haga milagros semejantes.

Cuatro mujeres londinenses viajan a Italia de vacaciones en un mes de abril. Cada una lo hace por motivos diferentes y ni siquiera se conocen entre ellas, pero les une la necesidad de huir de sus vidas en Inglaterra, donde se sienten deprimidas e insatisfechas. Dos de ellas huyen de sus maridos, otra de la soledad de la vejez y la cuarta, bella y rica, de sí misma.

Se hospedan en un pequeño castillo frente al mar rodeado de flores y bendecido por una hermosa primavera. Sin apenas moverse del lugar, puesto que todo lo que buscan es calmar su dolor, reflexionar sobre sus vidas y contemplar la belleza que queda en el mundo, se dejarán hechizar por el esplendor de la naturaleza, que les impedirá cerrarse sobre sí mismas.

Y lo que ocurre es un milagro. Cada una encontrará la verdad olvidada de sus vidas: un nuevo sentido del amor, la bondad, la belleza interior y la felicidad.

Escrita con un tono amable, recreándose en descripciones de los jardines del castillo y adentrándose con delicadeza y humor en las emociones de las protagonistas, las escenas avanzan con la ligereza de las mejores comedias, con chispeantes diálogos, enredos y sorpresas, hacia un desenlace que devolverá a las mujeres a un lugar reconocible en armonía con la naturaleza.

Pero detrás de su ligereza, hay en esta novela una profunda reflexión sobre el sentido de la vida o la relación entre el amor y la bondad. En las vidas de estas mujeres hay algún nudo que les impide avanzar y reconocerse a sí mismas en el rumbo que han tomado. No entienden cómo, intentando ser buenas y generosas, la bondad les ha alejado de la felicidad y llevado a sentirse atormentadas, ni cómo el amor sincero se ha contaminado de dolor y dudas.

La pureza del lugar opera una transformación en ellas a través de los sentidos. Al entrar en armonía con lo que las rodea, todo recupera el vigor perdido. Las cosas, a la vez que se hacen reales se llenan de sentido conectándose unas con otras. “Vayamos a mirar de cerca ese árbol. No me creo que pueda ser simplemente un árbol”, dice una de las protagonistas, transportada hacia un lugar en el que el aire es tan inmóvil que contiene la respiración, donde la luz es tan dorada que transfigura los objetos más corrientes. Hasta los sueños se vuelven “claros, diáfanos y rápidos”.

Comprenden entonces que en su vida anterior, la bondad solo se alcanzaba con sacrificio, al servicio de la justicia, “como si la justicia importara”, mientras que el amor dependía de su contrapartida, y ambos eran vistos como transacciones en condiciones de reciprocidad.

Aquí, desnudas, exultantes, desbordantes de amor, ante el “espectáculo asombroso y periódico que abril traía a los jardines”, no solo son buenas sino que parecen alcanzar la santidad. Y los santos no miden ni cuentan, sino que ven en lo invisible y se entregan sin miedo a las promesas de la felicidad. Finalmente, la paz y la libertad que se respira en el paraíso les regalan un nuevo poder desconocido para amar y alcanzar la verdadera felicidad, aquella “que no pide nada, que se limita a aceptar, a respirar, a ser”.

APUNTE SOBRE LA AUTORA
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Elizabeth von Arnim (1866-1941) escribió ‘Abril encantado’ en 1922 a los 56 años. Aunque es autora de una veintena de novelas, solo seis han sido traducidas al español. Fue muy popular en vida, a pesar de que gran parte de ella la pasó recluida en sus jardines debido a un matrimonio no muy feliz con un aristócrata alemán (“The garden is the place I go to for refuge and shelter…”). Su vida tiene algunos detalles literarios curiosos: era prima de Katherine Mansfield, su segundo marido era el hermano de Bertrand Russell, tuvo una aventura con H. G Wells, fue amiga de Hugh Walpole y uno de los instructores de sus hijas fue E. M. Forster. Pero lo más sorprendente de todo es que es una escritora que decidió llamarse como la protagonista de su propia novela, ‘Elizabeth y el jardín alemán’, la primera que escribió y con la que alcanzó tal éxito que desde entonces firmó sus siguientes obras como Elizabeth a secas o como ‘the author of Elizabeth and Her German Garden’. Al final de su vida publicó un libro de memorias, ‘Todos los perros de mi vida’. En los años 90 ‘Abril encantado’ fue llevada al cine por Mike Newell. En la imagen, la entrada de su jardín.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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