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Cuando el silencio se vuelve importante

Silencio

En realidad todo lo que se cuenta, todo aquello a lo que no se asiste, es solo rumor, por mucho que venga envuelto en juramentos de decir la verdad. Y no podemos pasarnos la vida prestándole atención, todavía menos obrando de acuerdo a su vaivén. Cuando uno renuncia a eso, cuando uno renuncia a saber lo que no se puede saber, quizá entonces, parafraseando a Shakespeare, quizá entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás.

Así empieza lo malo. Javier Marías.

Una sabe que está viviendo un momento decisivo de su vida cuando los silencios importan tanto como la palabra dicha. El miedo, como el amor, vuelve nuestra voz esquiva, evitamos decir algo que convierta nuestro temor en verdadero o que ahuyente al enamorado, como si nada existiese hasta que no se lo nombra. El silencio dilata la espera, nos concede un tiempo de felicidad prestada que intentamos desesperadamente alargar. O al revés, supone una pausa temblorosa: no hay amor hasta que se rubrica con un comprometedor “te quiero” y en su espera caben todas las emociones posibles.

Las palabras no son frágiles, ni livianas. Tampoco los silencios, que a veces se tornan densos y oscuros, como esas nubes preñadas de tormenta que vemos avanzar en el horizonte mientras soñamos con que un buen viento las aparte de su rumbo, que es el nuestro. El silencio pesa cuando va cargado de palabras que no queremos oír.

Pero la dicha también nos enmudece. Cuando el corazón palpita tan fuerte que necesita toda nuestra atención para no desbocarse. Entonces sentimos como si las palabras se licuasen y formasen el llanto emocionado que resbala por nuestras mejillas. El nacimiento de un hijo, un reencuentro, un logro largamente soñado, tienen el poder de convertir las letras en lágrimas de alegría.

Y aún así, cuando el silencio adquiere importancia, cuando los días parecen prestados y creemos vivir una tregua que solo quebrarán las palabras, las tememos y añoramos los tiempos en que solíamos disfrutar de su levedad.

Nada protege más que la desesperanza, pero hace tanto frío en ese territorio…

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Hoy es uno de esos días en los que no sé muy bien qué contar. Supongo que sufro esta especie de niebla mental porque mañana me toca retornar al trabajo. Han sido unas largas vacaciones, en los que los días (18) buenos (muchos) y menos buenos (pocos, pero siempre demasiados) se han ido alterando hasta estirar las horas más de lo que imaginaba cuando proyecté el parón navideño. Pero se acabó, esta tarde volveré a activar las alarmas del móvil -esas que tengo para los días laborables- a sabiendas de que, como siempre, haré aquello que me han de recordar antes de que me lo recuerden; sin embargo no me atrevo a desconectarlas, olvido fácilmente las pequeñas rutinas cotidianas.

Regreso al trabajo, que no será el mismo que dejé, porque las cosas cambian cuando no estamos presentes, pero será parecido, es decir bueno. No me quejo (cómo quejarse, con la de gente que no tiene donde volver queriendo hacerlo), pero reconozco que sin él no me aburriría. He vuelto a enredarme en un proyecto bonito, que me ha obligado a priorizar y otras cosas deberán aplazarse para que esta avance; el tiempo es finito.

Antes, es decir, en cuanto acabe esta entrada, quiero empezar “Sapphira y la joven esclava” un préstamo de ma soeur Thérèse, que además me ha puesto la novela por las nubes. Confío en el buen hacer de Willa Cather, porque después del maravilloso “Así empieza lo malo” de Javier Marías no valdrá cualquier cosa.

Con Marías me pasa algo extraño, me enamoró “Corazón tan blanco” y todo lo que vino después, aún gustándome, no me sorprendió; hasta sus dos últimas novelas. “Los enamoramientos” me recordó lo que sentí con la primera, pero es en este último texto en el que da un paso hacia delante y se supera. Ya no será aquella mi preferida de entre las suyas y adquiere más fuerza mi convicción de que es el mejor escritor español de su tiempo y uno de los mejores del tiempo de los otros.

¿Qué de qué va la historia? Del poder destructor de la palabra y del silencio que nos redime. Así de sencillo. Así de importante.

¡Feliz domingo, socios!

 

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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1 comentario

  1. Me parece q. abre puertas

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