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Canción dulce, Leila Slimani

«Entiéndame, caballero, ¿sabe lo que significa que uno no tenga ya un lugar adonde ir?» La pregunta que Marmeladov le había hecho la víspera le acudió de pronto a la mente. «Pues todo hombre debe tener un lugar adonde ir.»
Crimen y castigo. Fíodor Dostoievski.

Ni Leila Slimani ni Canción dulce pueden tener mejor carta de presentación: el Premio Goncourt no es cualquier premio. Cosas que lo hacen diferente: ser miembro del jurado es incompatible con recibir un salario de una editorial, el premiado recibe únicamente 10 euros en metálico, pero tiene asegurado el éxito de ventas, gracias al prestigio que tiene el galardón y que mantendrá siempre y cuando no baje el listón de la calidad exigida a las obras de ficción a las que se les otorga, creándose así un -en este caso, maravilloso- círculo vicioso. Y, por último, pero no por ello menos importante, para ganar el Premio Goncourt no hay que presentarse a él, la novela debe haber sido ya publicada y un mismo autor no puede recibirlo dos veces en su vida (es cierto que eso ocurrió un año, pero el autor lo ganó la segunda vez publicando la novela bajo un pseudónimo que no se desveló hasta su muerte, mucho después de serle concedido).

Como os contaba, ‘Canción dulce’ ganó el Premio Goncourt de 2016 y diréis que alabarla es ir sobre seguro, pero no, porque por más que te avisen, nadie está preparado para el aterrador primer capítulo, máxime cuando no se cataloga como novela negra, negrísima. Luego, si se supera la prueba de esas tremendas escenas con las que arranca la historia, no es que el relato se vuelva menos oscuro, es solo que el lector ya sabe que ha pasado lo peor que podía pasar o que eso, lo peor, es el inevitable destino de algunos de sus protagonistas. Ahí reside parte de su éxito. El lector se despreocupa por cómo acabará y se centra en los motivos, los indicios, la posibilidad de haberlo evitado…

‘Canción dulce’ es ante todo la historia de un fracaso personal, pero también social, por eso nos incita a seguir leyendo de forma casi hipnótica, aunque ya conozcamos el final y ese final nos horrorice. ¿Por qué no evitarnos ese mal trago, entonces? En mi caso –y creo que en el de la mayoría- necesitaba entender el porqué de tanta sinrazón ¿qué lleva a un ser humano hasta la orilla del peor de los abismos? Y lo más difícil de entender ¿por qué no huye? ¿por qué se abalanza sobre el precipicio? ¿qué espera encontrar en él?

Slimani no explica eso, claro está -¿quién puede hacerlo?- pero nos deja pistas aterradoras que, al menos a mí, me hicieron recapacitar sobre el hecho real de que nuestra sociedad consienta -cree el caldo de cultivo, no quiera saber, mire para otra parte…- el crecimiento y gestione luego el enfrentamiento con asesinos que, como Louise, no tienen un motivo para sus crímenes, excepto el de no saber amar. Ella, la protagonista de esta historia, lo dice en uno de sus pocos momentos de lucidez: “Se me castigará por no saber amar”. Louise, asfixiada por las deudas y la soledad, poseedora de un cuerpo fuerte y de una mente frágil, pasa desapercibida en un mundo que no presta atención a los perdedores, que ni los cuida ni teme el odio visceral que puede estar gestándose en ellos y que tiene más peligro en tanto en cuanto no va dirigido a lo que el otro hace, sino a lo que el otro representa.

‘Canción dulce’ es una obra sencilla en su estructura y eso le da un tono aséptico que permite centrarse en los hechos y favorece el relato al enfriarlo y dotarlo de una limpieza argumental que nos permite adentrarnos en la mente enferma de la cuidadora sin que la angustia nos paralice y nos impida leer hasta el final.

Slimani ha escrito una fantástica novela negra, en la estela de J.M. Cain y alguien debería decirlo y avisar a los que piensen que van a leer una historia que nada tiene ni de dulce ni de melodiosa.

Por eso os dejo aquí el enlace al primer capítulo http://m.elcultural.com/PDF/cancion-dulce-fragmento.pdf y un avance del las primeras frases.

‘El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias. […]. Pensó que los llevaría al tiovivo. Irían juntos a hacer la compra para la cena. Mila le pediría un juguete. Adam mordisquearía un trozo de pan en su cochecito.
Adam ha muerto. Mila va a sucumbir.’

Lo que os decía, aterrador. E imprescindible, si queremos entender que la maldad suele llegar a la vida de sus víctimas envuelta en un bonito envoltorio, que no permite precedirla .

“Canción dulce”, Leila Slimani.

Editorial Cabaret Voltaire, 2017.

Traducción: Marika Embarek López.

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