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Azúcar de caña y (no)propósitos

Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

En el camino. Jack Kerouac.

He bajado al salón para ver amanecer el nuevo año. Sé que ese hecho no es más que una convención, que el día que nace es como cualquier otro y, sin embargo, no puedo evitar sentir que este es el mejor momento para plantearme cambios y retos. Pero intuyo que no es eso lo que debo hacer; le he dado muchas vueltas estas últimas semanas y he decidido que no quiero más cantos de sirena, que soy afortunada con lo que soy y con lo que tengo, que se acabó eso de lanzarse a la carrera en pos de un objetivo que ponga en riesgo mi bienestar o el de las personas que me acompañan –porque me quieren- en esta continua aventura que es la vida. Este año no.

Los últimos meses he vivido situaciones de esas en las que me he visto obligada a reflexionar sobre lo que vale o no la pena; mis días se llenaron de pronto de cosas que me importaban de verdad y, al volver la vista atrás y ver todo lo que antes creía que significaba algo, amontonado en el rincón de las cosas inútiles, pensé que había llegado el momento de hacer limpieza. Y limpié. Y me quedé con lo esencial.

Aún así, está a punto de salir el sol y creo que debo hacer algún propósito. O mejor, en contra de la moda de “siempre positivo” (que es una moda, os lo digo yo, que todavía me acuerdo de cuando le dio a medio mundo por decirle al otro medio que había que “aprender a decir que no”; otra moda), hoy haré algunos (no)propósitos.

La calefacción está programada para ponerse en marcha a las 6:00 y en la casa hace una temperatura agradable, pero al apoyar la frente contra el cristal de la ventana siento un escalofrío. Vamos allá.

En 2015 me propongo:

NO correr, ralentizar el ritmo, disfrutar del camino, tener tiempo de tocar, oler, saborear, escuchar, mirar… dejar que la vida me rodee. Bailar.

NO pasar demasiado tiempo conectada. Ir más allá de la pantalla. Charlar, ir al cine, compartir la risa o el llanto con el otro. Salir.

NO comprar tantos libros, pedirlos prestados. Pasear hasta la biblioteca del pueblo, rebuscar en sus estantes, hablar con la bibliotecaria, tomarme un té en el pequeño bar que hay junto a la entrada. Leer, mucho y bueno, a ser posible.

NO quejarme por los pequeños desastres cotidianos, que a veces tanto se agigantan. Y si siento la tentación de hacerlo, recordar que, por muy malo que sea el día, si me lo tomo demasiado en serio, será peor.

El sol se asoma a un cielo rojizo, veteado de noche. No se oye un solo ruido en la casa. Me he preparado un té verde y, recordando esos pequeños cambios que ya he empezado a hacer estos últimos días del año, le he añadido azúcar de caña.

Después de todo, tal vez ese gesto de volver al azúcar resuma todos mis deseos para 2015.

Quiero un año dulce y genuino, sin sucedáneos ni amargura. Pero, sobre todo, quiero un año que sea mío. Para hacer con él lo que me dé la gana.

¿Os apuntáis?

¡Feliz 2015, socios!

 

Nota: A poco que os fijéis en este espacio, veréis que he invitado a Enrique ha instalarse aquí y él, para mi suerte -y para la vuestra-, ha aceptado. Empiezo el año en compañía, también a este lado de la pantalla ¡mejor imposible!
La literatura es lo que tiene, que une gente.

 

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2 Comentarios

  1. Hola Francesca, me ha gustado mucho el listado de noes. Me quedo con el primero y el último. ¡Saludos!

    • ¡Me encanta lo de J-Light! Gracias por todo, también por dejar rastro en este espacio.
      ¡Un saludo!

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