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Aquí

El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Solo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
El libro de los amores ridículos. Milán Kundera.

“¿Dónde estabas? ¡Llevo horas esperándote!” fue la frase que subtituló este blog durante bastantes años. Luego, por un olvido y por no pedir un favor de más, tras los muchos ya pedidos, desapareció como por encanto. O eso pensé yo el día que comprendí que echaba de menos el coqueteo con el lector que ese texto, mitad reproche, mitad requiebro, llevaba implícito: he escrito todo este tiempo para que tú me leyeses y hoy, por fin, ha llegado el día y eso me hace muy feliz, porque quería que vinieses y porque la espera ha sido larga.

Menuda frasecita, ahora que lo pienso… “¿Dónde estabas? ¡Llevo horas esperándote!”. En fin… el mejor pescador necesita un anzuelo y eso al parecer han sabido, desde el inicio de los tiempos, todos los escritores, menos yo, claro está, que ni siquiera sospechaba que así despertaría la curiosidad de mi lector imaginario (mi yo-lector, como lo definió Wharton en Escribir ficción), ni que ese lector se manifestaría al cabo de casi cuatro años, ni que nos cartearíamos, ni que escribiríamos juntos un par de cuentos, ni, por supuesto, se me pasó por la cabeza que acabaríamos publicando una novela que presentaremos en sociedad el próximo viernes en Murcia. Porque mi yo-lector, mi alter ego, la persona con la que comparto gustos literarios y posee una escritura capaz de entremezclarse con la mía hasta no poder distinguir lo que en origen perteneció a uno y lo que ideó por primera vez el otro, es, quién lo iba a decir, un señor de Murcia (eso, claro está, no me convierte a mí en ninguna Ninette, en realidad ni siquiera es de Murcia el señor en cuestión, pero me gusta recordar a Miguel Mihura, ese genio del humor inverosímil que expió sus pecados juveniles dirigiendo La Codorniz y colaborando en el guión de Bienvenido Mister Marshall).

Lo primero que vio al abrir los ojos fue el color verde manzana de las paredes. Tardó apenas un instante en recordar dónde estaba y se incorporó como impulsada por un resorte. En un acto reflejo giró la cabeza hacia la otra almohada. Estaba sola.
Después del diluvio. Francesca Cañas/Enrique Arroyas.

Y allá que me voy el jueves. Tengo listos los billetes de un largo y lento trayecto, ya realicé la reserva de un hotel que imagino decadente y ayer bajé la maleta al salón para empezar a llenarla. No por miedo a olvidar nada –que no voy a un desierto en domingo- sino porque me hace ilusión este viaje, que será el primero que hago como autora y quiero disfrutarlo como si fuese el último, porque tal vez lo sea, pero sobre todo porque es la materialización de lo que he deseado siempre. Ningunos estudios ni ningún trabajo han logrado ensombrecer mi primigenia vocación de escritora. Para ninguna otra cosa la he tenido, aunque siempre me haya esforzado por hacerlo todo lo mejor posible y eso haya evitado que se notase demasiado. Escribir es mi vocación y aunque la vocación no sea garantía de excelencia, sí lo es de placer en el “durante”… ¡casi nada, tal y cómo está el patio!

De manera que hasta que suba al tren el día 1 no pensaré en otra cosa más que en las palabras que debo pronunciar ¿cómo condensar tanto en tan poco? Porque es mucho lo que esta novela representa, porque hay mucha verdad en ella, a pesar o gracias a que está envuelta en muchísimas mentiras, como debe ser en toda ficción. Ocurren tantas cosas cada día que resultarían increíbles si se hubiesen escrito en un libro. La vida insiste en regalarnos tonterías, paparruchadas, humor paródico y absurdo, tragedias evitables, malentendidos… Mientras tanto, la literatura sigue su camino imaginario y mentiroso y me lleva a Murcia el 2 de febrero a presentar una novela, Después del diluvio, y cuando pienso en los lectores que tendrá –alguno ha de tener- no puedo sino acordarme de la frase que subtituló este blog durante mucho tiempo.

¿Dónde estabas? ¡llevo horas esperándote!… Parece mentira, pues dónde iba a estar ¡AQUÍ!

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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