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Apegos feroces, de Vivian Gornick

 

“Viví en aquel bloque de pisos entre los seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres. Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero solo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre. Nunca hablaban como si supiesen quiénes eran, como si comprendieran el trato que habían hecho con la vida, pero a menudo actuaban como si lo supiesen.”
Apegos feroces. Vivian Gornick.
Traducción de Daniel Ramos Sánchez.
Editorial Sexto Piso, 2017.

Cada libro tiene su camino y a algunos de los mejores llegas por puro desconocimiento, como me ha pasado a mí con “Apegos feroces”, del que había leído muy buenas críticas y di por sentado que era una novela, pero no, o al menos no para los críticos literarios. Se trata de la autobiografía de una autora que ha escrito magníficos ensayos, aunque jamás ha escrito ficción. Pero de eso, de que no era una novela, me enteré cuando ya había leído más de la mitad y había caído en la red que Gornick teje siguiendo un método arácnido: una vez has pisado la invisible y pegajosa trampa ya no puedes dejar que leer.

Yo detesto las autobiografías porque son un género imposible, una especie de oxímoron literario ¿quién pretender ser objetivo respecto a su propia vida si resulta casi imposible serlo cuando se trata de contar la de otra persona? ¿quién se limitaría a decir lo que ocurrió, sustrayéndose de explicar los motivos que le llevaron a hacer tal o cual cosa y que, a su entender, justifican el dolor que provocó? Es más ¿quién domesticaría su memoria para que no olvidase lo malo, habiendo sido la memoria creada precisamente para salvarnos de los recuerdos que más nos hieren y que tienen invariablemente que ver con nuestra peor versión? Todos queremos pensar que somos mejores de lo que realmente somos y, sobre todo, necesitamos que así nos vean los que nos aprecian. Por eso creo que Apegos feroces no es una autobiografía (por cierto, limitada casi en exclusiva a la relación de la autora con su madre y a las repercusiones que tiene en su relación con los demás) sino que es autoficción, que no es lo mismo, aunque lo parezca.

La autoficción no implica que la impresión que el lector saca de los hechos relatados sea falsa, sino que a esa impresión el autor le conduce a base de novelar el texto hasta convertirlo en un relato de su vida más que en una reproducción exacta de la misma. Es evidente que Gornick no lo cuenta todo, pero mi sensación al leer “Apegos feroces” ha sido la de que se esfuerza por no esconder lo malo, a la vez que nos muestra momentos de ternura que únicamente puede ver un corazón entrenado, debilidades escondidas a duras penas entre la coraza protectora de ambas protagonistas. Madre e hija mantienen una relación basada en  un amor feroz, que las obliga a distanciarse para tomar aliento y volver a acercarse. Necesitan ser fuertes para soportar el amor de la otra, como tantas veces pasa en las relaciones familiares. Alguien dijo que nos gustamos por nuestras virtudes y nos queremos por nuestros defectos y tal vez sea eso lo que les pasa a ellas. Se dicen “te odio” y tú entiendes “te quiero”, no creo que haya nada más difícil cuando uno escribe que conseguir que el lector comprenda no lo que dices, si no lo que quieres decir pero callas, porque a veces ni siquiera eres consciente de ello. No sé si Vivian Gornick supo siempre que comprendía a su madre, que llegó a admirarla o que se le parecía en muchas cosas, creo que no, pero intuyo que mientras escribía este libro lo descubrió.

Ocurre además que la escritura de Vivian Gornick es como un rayo cegador y preciso, no como el trueno que la sigue -puro ruido inútil-, sino como esa luz repentina que rasga el cielo, ese resplandor peligroso e hipnótico, por eso no puedo dejar de recomendar que leáis esta novela que la gente insiste, vete tú a saber por qué, en decir que no lo es.

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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