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Antes que anochezca

p2034208Escribía descalzo, encerrado bajo candado en su cuchitril, los vaqueros cortados a la altura de los muslos, los rizos cayendo por su frente al inclinarse sobre el rollo de papel, y con la radio a todo volumen para evitar que los delatores escucharan el teclear de su vieja y enorme Underwood. Reinaldo Arenas tuvo que reescribir tres veces una de sus novelas porque otras tantas se la confiscó la policía. Escribía por las noches y los policías se llevaban por las mañanas lo que había escrito. Y vuelta a empezar con un empeño incansable, a pesar de que sabía que no retrasaba su condena.

Lo cuenta en su autobiografía, ‘Antes que anochezca’, terminada en Nueva York cuando consiguió huir de la isla. He prestado tantas veces ese libro que al final lo he perdido. Pero recuerdo muy bien la impresión que me causó. Qué loco estaba, con qué ansia de libertad vivía y, sobre todo, con qué “voluntad de vivir manifestándose”. Escribía con el ritmo de las olas. Él mismo lo dijo: “Los párrafos se sucedían unos a otros como el oleaje del mar; unas veces más intensos y otras menos; otras veces como ondas gigantescas que cubrían páginas y páginas…” Así lo leí también y así lo recuerdo. Libre como el mar, la única libertad que quedaba en Cuba.

Detenido por conducta impropia, como un Oscar Wilde del proletariado, y acusado después de contrarrevolucionario, pasó dos años en la Prisión del Morro, La Habana, donde fue sometido a torturas y trabajos forzados. “Ahora me comen / Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas / Oigo su roer llegarme hasta los testículos”. Es un poema escrito en su celda en 1975. Después de describir la humillación: me sepultan, me entierran… el último verso, después de un espacio que suena como el instante previo al romper de las olas, dice, sin furia, “Este es mi momento”.

Entonces, en ese espacio en blanco, que era la oscuridad entre tanto azul, Reinaldo canta, dichosamente traidor, como lo hizo siempre, y su voz suena tan verdadera hoy como falsos resultan los obituarios justificadores, refractarios al desencanto, sobre el hombre (el mito, dicen) que convirtió su patria en un eterno ‘leprosorio’ de almas vigiladas que se pudren. No esperó a que le dieran permiso. Su momento era la línea en blanco adonde no podían llegar las consignas ni los fusiles de la utopía. Sobre ella escribió sus versos de adolescente natural y breve. Sus versos de amor y libertad.

Imagen: La Habana (E.A. 2013).

Artículo publicado el 1 de diciembre de 2016 en el periódico La Opinión de Murcia.

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Pensé que aquí habría un baúl y, dentro, un mapa.

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