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Algo que acariciar

Te conocí, porque al mirar la huella
de tu pie en el sendero,
me dolió el corazón que me pisaste.
Corrí loco; busqué por todo el día;
como un perro sin amo.
… ¡Te habías ido ya! Y tu pie pisaba
mi corazón, en un huir sin término,
cual si él fuera el camino
que te llevaba para siempre…

Juan Ramón Jiménez

♫ Someone Like You

 

Esta mañana, al despertarme tras un sueño regresivo, donde pasado y presente se mezclaban y me descubrían el motivo de una afinidad reciente que yo no entendía y ahora comprendo (porque en mi sueño el nuevo alguien se parecía al pasado de otro alguien, que si merece ser querido), he pensado que la primavera y yo, este año, hemos dado un paso atrás para recuperar lo que quedó pendiente. Ella el desapacible tiempo invernal, yo el entusiasmo de la primera juventud. Aunque en mi caso tal vez solo sea esa especie de ataque de energía inusitada, que dicen padecemos las mujeres al acercarnos al fin de la edad fértil, y que hace que nos volvamos furiosas pintoras de paredes o, como en mi caso, mentes sobreexcitadas capaces de saltar de un tema a otro, de proyectar castillos aéreos y terrestres, desgastando unas neuronas que tal vez un día echaremos en falta.

Solo ante el espejo noto el paso del tiempo, porque en mi interior soy un ser sin edad, ¿no os pasa a vosotros lo mismo? Envejezco por fuera y ahora supongo que también por dentro, pero allí donde quiera que esté el alma, el tiempo está casi detenido, como si nada hubiese sucedido y la pureza y la ternura permanecieran intactas, ajenas a la desconfianza y al recelo. Así de ingenua me he visto a mi misma esta mañana, tras esa onírica vuelta al pasado. Yo me daba cuenta de que me había confundido, de que esa persona no era quien parecía ser y me marchaba sin decir nada, porque nadie tiene la culpa de que le tomen por otro, solo porque sus gestos, o su voz, o su pelo rizado y oscuro, se parezca al de alguien a quien ni siquiera ha conocido. Al cabo del tiempo notaba el frío del pavimento, miraba mis pies y veía que iba descalza y desprotegida y me ponía nerviosa, porque había dejado los zapatos en un lugar al que no quería volver, para enfrentarme a una realidad que ahora ya sabía que era distinta y, sobre todo, ajena. Pensaba en seguir hacia delante cuando, de pronto, he despertado. Tranquila y lúcida en esta mañana de domingo casi otoñal.

He achacado el sueño a que, justo antes de acostarme, había acabado una novela que me había hecho sentir, como nunca antes, la impudicia de visitar a hurtadillas la vida de otro. Aunque sea ese otro quien la muestra libremente y yo sepa que no todo lo que allí se dice es cierto, no me ha gustado conocer ese vivir arrastrando un pasado doloroso, de alguien a quien siempre supuse feliz . Yo me aferro al olvido y maldigo en ocasiones mi mucha memoria, que me impide desembarazarme definitivamente, de aquello que solo puede alimentar el rencor y la melancolía.

 


 

Ayer recibí un correo de alguien que parece notar cuándo necesito un acicate para escribir. Hablaba de Sant Jordi y se quejaba (le gusta quejarse porque sí, siempre sin motivo) de que no le haya obsequiado con una buena novela para festejar el día.

Hace años que no regalo libros en esa fecha, todavía conservo esa necesidad casi atávica de salir a recorrer las calles de Barcelona, cubiertas de papel impreso y de rosas rojas, pero el martes  pasado, no llevábamos ni media hora de paseo cuando ya estaba harta de paradas idénticas entre sí, de gente andando sin más deseo que el de estar donde hay que estar, de pretendidos lectores que no hojean los libros, solo miran su portada, como si fuesen un objeto de decoración y no la puerta a un mundo de maravillas. Nada de lo allí expuesto me atraía, hasta que tropecé sorprendentemente con un libro que debía estarme esperando, porque no volví a verlo en ningún otro tenderete (debían ser libreros ingenuos, a los que mi solitaria compra contribuyó a confundir), “El juego serio” se llama la novela y me la recomendó alguien que conoce mis gustos lectores.

Pero, como os estaba diciendo, en Sant Jordi ya no regalo libros. Prefiero hacerlo cualquier otro día, cuando el destinatario menos se lo espera; intento siempre sorprender a una persona amiga con un libro desconocido, con un volumen que, al abrirlo, arañe su corazón produciéndole una herida mínima, justo para dejar escapar una gota de sangre dulce, a la vez que de sus ojos brota una lágrima salada. Quiero que sea una historia que le deje una pequeña y eterna marca. Una tierna cicatriz. Algo que acariciar cuando se sienta solo.

 

¡Feliz domingo, socios!

 

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4 Comentarios

  1. Debemos ser dos, yo ya ni me acerco a la feria de St. Jordi, aunque últimamente leo poco. He perdido hasta el espíritu de sorpresa, aunque tu última parte me ha recordado lo maravilloso que es que alguien sin esperarlo te regale un libro que al leer te sorprenda y conquiste; creo que debo lectura a una amiga:-). Ese último párrafo con tu permiso me lo llevo al G+ para degustarlo.

    Feliz último domingo de abril:-)

    • Hola Begoña, que quieras degustar un párrafo mío es un honor.
      La lectura y Sant Jordi cada vez tienen menos que ver, pero yo siempre compro libros la semana antes, que suelen hacer el mismo descuento y puedo escoger tranquilamente en la librería los que más me gustan. También está bien porque hacen alguna reedición esperando vender más aquel día, lo que pasa es que, últimamente, es solo para escritores mediáticos y en los tenderetes tienen los libros de los autores que firmarán ese día y poco más.
      Pero, si por mí fuera, todo volvería a ser como antes, porque no puedo evitar que, en el fondo de mi corazón, esa sea mi fiesta. Y me duele, porque siento como si me la hubiesen usurpado…
      ¡Feliz semana!

  2. Suelo pasar con cierta frecuencia por la “Cuesta de Moyano” (la calle de las librerias al aire libre) a veces, es como si un libro me “gritase” … me lo compro y lo leo … si más … la sensación es que fuese una medicina que “necesito” con urgencia …

    ¡Feliz domingo!

    • Hola Juana, a mí más que gritarme se me plantan delante, o me los tropiezo. Me pasa también con algunas películas, que llego tarde a la que quiero ver y entro a la única que me da tiempo de ver empezar… ¡y resulta que me encanta!
      Como dijo no sé ahora quién “no es el azar, es el azahar…” 🙂
      ¡Buena semana!

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