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Algo es algo

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En cuanto a su madre, siempre había considerado que no bastaba con lavar la ropa y limpiar las casas de los otros, y Jacques se acordaba de haberla visto siempre planchar el único pantalón de su hermano y el suyo, hasta que él se marchó para entrar en el universo de las mujeres que no lavan ni planchan.

El primer hombre. Albert Camus.

A veces, de repente, me doy cuenta de lo afortunada que soy por haber encontrado en la vida gente con quien compartir, ya no lo bueno y lo malo –que casi siempre hay alguien dispuesto para disfrutar la risa o enjugar la lágrima- sino lo regular. Personas generosas dispuestas a aburrirse contigo no hay tantas y por más que busco la palabra para describirlas, no la encuentro. Todos atravesamos períodos en los que nos cuesta reunir la voluntad necesaria para empezar o acabar algo y dejamos que el tiempo discurra mientras mantenemos el motor vital al ralentí, entretenidos en cualquier futilidad, gastando energías inútilmente y a sabiendas. Pero cuando eso le pasa a un amigo, la tentación de alejarse de ese carnaval de banalidades es enorme. Sin embargo, como os decía, yo tengo siempre a alguien que me espabila con una dosis de realidad, regándome ya sea historia ejemplar o una –figurada- patada en el trasero. Y es de agradecer, porque esas cosas cuesta hacerlas.

Lo sé porque nada más empezar la semana, la -figurada- patada la tuve que dar yo y tras hacerlo noté que el dolor que casi me fastidió el verano, intentaba volver a apoderarse de mi espalda y pensé que era el momento de retomar alguna de las actividades manuales que todavía son capaces de abstraerme y me ayudan a salir de los pensamientos turbios. Después de darle muchas vueltas elegí volver a practicar la caligrafía que dejé hace mucho tiempo. Bueno pues, fue tomar la decisión y me ocurrieron dos cosas buenas: busqué, encontré, limpié y volví a poner en circulación mi vieja pluma –hace más de 20 años que la tengo y he descubierto que funciona mejor que el primer día- y me regalaron unas antiguas plumillas inglesas, todavía en su estuche original, con las que estoy deseando practicar a ver si de una puñetera vez llego a (casi) dominar la Copperplate.

Las letras son un buen refugio, aunque una lea a Camus y se desasosiegue pensando en lo joven que murió y lo mucho que le quedaba por enseñarnos. El borrador de su primer hombre, que acabó siendo el último, siento que me obliga a reflexionar sobre mi vida como si el texto hubiese sido escrito por alguien convencido de que pronto perdería la suya. Y, sin embargo, él no podía saber lo poco que le quedaba por vivir; “mi obra aún no ha empezado” le había dicho hacía poco a un amigo, bromeando sobre las indicaciones de su horóscopo. Maldito platanero.

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Los próximos dos meses no tendré ni largas conversaciones telefónicas -de esas que hay que acabar con un “te dejo que mañana madrugo”-, ni viernes de compras y pastelitos de pera. X. se va a perseguir la primavera a Estados Unidos y T. partirá hacia los colores y la luz que al parecer solo existen en India.

Esta vez me quedo en tierra, pero no me quedo sola. Y además, las cosas parece que están funcionando y tengo mucho trabajo por delante. Y mucha piel.

¡Algo es algo!

¡Feliz domingo, socios!

 

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Escribo. Leo. Horneo. Siembro.

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